Los mateos para brindar paseos por los alrededores de los bosques de Palermo.

El “mateo” resulta especial para conocer Palermo. Desde hace décadas, los tradicionales carros, caballos y dueños parten desde Plaza Italia, frente al zoológico, para internarse en los bosques y lagos de Palermo. Amén de seguir cumpliendo los sueños de chicos de todas las edades, como lo han hecho siempre.




El Mateo es un medio de transporte pintoresco, clásico turístico, atractivo para la familia argentina que concurre de a miles a la puerta del ahora Ecoparque del Barrio de Palermo, antes Zoo de Buenos Aires, está compuesto por un carruaje pintado con el estilo fileteado. Es traccionado por un caballo y actualmente sirven, para brindar paseos por los alrededores de los bosques de Palermo. Las primeras tres décadas del siglo XX en Buenos Aires se contaban por miles. El Mateo, recordemos, no era el cochero, sino el nombre del matungo flaco y desvencijado. Los mateos inspiraron varios tangos. Por ejemplo, “Mateo”, de Enrique Lomuto; “Viejo coche” , de Celedonio Flores, y “Viejo cochero”, de Horacio Sanguinetti. También se menciona uno en el estupendo vals peruano de Margarita Durán, “Amarraditos”. Sólo quedan ocho coches y están distribuidos en dos paradas de Palermo, frente al Jardín Zoológico. En 1910 llegó a haber casi 4700 mateos pero en el 2016 sólo quedaban ocho.

Los carruajes en Buenos Aires son de una época en que las familias patricias argentinas, con cochero incluido, los tenían como un símbolo de alta sociedad y poder económico.

Antiguamente se los llamaba placeros, por realizar sus paradas en las plazas, pero es el nombre del caballo de tiro de la obra de teatro Mateo (1923), de Armando Discépolo, de donde tomaron el nombre actual.

La expansión de la Ciudad también los fue dejando fuera de juego, como les pasó a aquellos ómnibus con techo de lona que se usaban para llevar gente a los loteos de tierras en barrios alejados del Centro o para disfrutar alguna excursión. Muchos también salían desde la zona de Plaza Italia. Por el diseño de su carrocería el ingenio popular los había bautizado con un nombre más doméstico que callejero: les decían bañaderas.

Su función podía variar entre llevar desde una estación de trenes a un recién arribado a la Ciudad, hasta transportar a algún dandy porteño, tanto a la llegada como a la salida de una milonga en Palermo. Desde 1850, las “victorias”, tiradas por un solo caballo y a cargo de un cochero, estaban incorporadas al paisaje de Buenos Aires tanto como esa música popular que conocemos como tango.

Se los veía siempre en los alrededores de las plazas más importantes, como Constitución, Miserere, Congreso o de Mayo. Por eso algunos los denominaban “placeros”. Pero en 1923 la influencia de una obra de teatro les cambió el nombre para siempre.

La obra se estrenó en mayo de ese año en el Teatro Nacional. La había escrito Armando Discépolo (el hermano de Enrique Santos) y contaba algo de la dura vida de don Miguel, un inmigrante italiano que veía cómo la merma en su trabajo complicaba su existencia. Entonces el hombre volcaba sus penurias hablándole a Mateo, el viejo matungo de su carruaje. Fue tanto el impacto popular que tuvo que desde entonces a los carros se los llama mateos.

La mayoría de esos mateos llegaron desde Francia, aunque a mediados del siglo XIX eran muy importantes en las principales capitales de Europa como Londres, Berlín o Viena. Y aquello se vería reflejado también en Buenos Aires. Tanto que ya en 1866 aparecía una ordenanza para reglamentar su actividad. Entre otras cuestiones, se establecía que, para circular de noche, debían llevar faroles encendidos cuando no hubiera luna llena. Aquellas luces funcionaban con carbono.

Equipados con mullidos asientos forrados en cuero, negras capotas que protegían del rocío y con elásticos de buen hierro debajo de la carrocería, para amortiguar el traqueteo sobre el adoquinado porteño, los mateos empezaron a entrar en la historia cuando el servicio de tranvías llenó la Ciudad y los “autos de alquiler con reloj taxímetro” (como se denominaba a los taxis) coparon la parada del transporte urbano, previo auge de los colectivos.

La prohibición de la tracción a sangre en la Ciudad (sancionada en 1960) también influyó. Sin embargo, hoy todavía hay algunos que se luc en en las dos paradas que mantienen como bastiones de aquel tiempo: frente a la entrada principal del zoológico (en las avenidas Las Heras y Sarmiento) y frente al gran Monumento de los Españoles (avenidas Del Libertador y Sarmiento). Desde allí, frecuentados en forma mayoritaria por los turistas, siguen al trotecito lento por la zona del Rosedal en un paseo con mucha nostalgia para los mayores y mucho asombro para los más chicos, acostumbrados a las velocidades del siglo XXI. Eso sí: en todos los mateos están incluidos los dibujos de los históricos filetes porteños, un arte popular que en su origen tuvo alguna influencia europea pero que es tan argentino como el dulce de leche.

En 1866 se dictó la ordenanza municipal que regulaba la actividad. El paso del tiempo tornó exóticos sus artículos. El 6° exigía “llevar faroles encendidos en las noches que no fueran de luna llena o en las que ésta no alumbrase”. Y el 12°, “el pasajero queda obligado a pagar el precio convenido (…), a menos que el carruaje ofreciera peligro por sus características o por la inhabilidad del conductor”.

Por disposición municipal, los mateos tienen sólo dos paradas: Sarmiento, en su cruce con Avenida del Libertador y con Las Heras, frente al Jardín Zoológico. Hoy apenas quedan unos pocos. Está todos los días en Avenida del Libertador y Sarmiento, de 11 a 19, salvo cuando llueve y queda “guardado” en el único corralón de la ciudad, en Castillo 1471, Palermo, que le pertenece. Cuando era chico, recuerda, un corralón de una manzana en Constitución alojaba hasta 100 carruajes y otros tantos caballos.

El zoológico, la Rural, el rosedal…

Mirarlos resulta atractivo de entrada. Estos carruajes se encuentran fileteados y almacenan en su interior decenas de recuerdos; muchos de ellos, dejados por los chicos una vez terminado el paseo. Mamaderas, chupetes, muñequitos, payasos, remeras, dibujos, entre tantos otros más, pasaron con el tiempo a formar parte de los pergaminos propios que tiene cada carruaje. “Carruaje de Plaza”, nos aclara Rodolfo.

Una vez que decidimos subirnos al “mateo”, y luego de acomodarnos en el sillón de cuero blanco, nuestro guía puso en marcha a “la Rubia de Palermo”, que lentamente comenzó a trotar con dirección a la avenida Del Libertador y a sus fuentes, al otro extremo del zoológico porteño.

Mientras esto ocurría, Rodolfo nos iba explicando en detalle cada uno de los puntos importantes que íbamos dejando a nuestro paso.

“Allí enfrente es La Rural. Este sitio es visitado por miles de gauchos una vez al año. Esto ocurre cuando el campo argentino se traslada a la ciudad” avisó casi de memoria, aún sabiendo que no éramos turistas. Lo importante era mostrarnos cómo es un viaje típico.

Y así, la Rubia fue dejando, siempre con su sostenido trote, la entrada del botánico, el zoológico, el Jardín Japonés, el misterioso y plateado Planetario, para llegar finalmente a los lagos y bosques del hermoso Rosedal de Palermo. Para cada lugar hubo una explicación pertinente.

A casi una hora de la partida, la Rubia se detuvo junto a una hermosa fuente para beber agua. Lo hacía de una manera tan natural que nos hizo pensar que para ella resultaba rutina.

Y bien merecido lo tenía. Con su trote firme y paso a paso logró hacernos conocer junto a Rodolfo un Palermo totalmente distinto al que pensábamos saber de memoria. Caballo y dueño nos enseñaron que viajar al pasado es algo que puede lograrse aún hoy en la gran ciudad de Buenos Aires. Sólo hay que hacer un alto, subirse y dar rienda suelta a los sueños de pibe.