En Palermo, donde conviven escuelas históricas, colegios privados, institutos terciarios y una población que exige calidad educativa, el Día del Maestro vuelve a exhibir una contradicción brutal: se habla mucho de excelencia, innovación y futuro, pero quienes enseñan siguen cobrando salarios que no están a la altura de su responsabilidad ni del costo de vivir en la Ciudad.
Un docente porteño no se ocupa solamente de dar una clase. Entra a un aula con grupos numerosos, contiene situaciones familiares complejas, prepara material fuera de horario, corrige, planifica, conversa con padres y muchas veces termina cubriendo con dinero propio aquello que el Estado no garantiza. Útiles, impresiones, recursos didácticos y hasta elementos básicos aparecen, demasiadas veces, por el compromiso personal de quien enseña.
La política económica de Javier Milei agravó el deterioro general de los ingresos: cada aumento de servicios, alquileres, alimentos y transporte le come un pedazo más al salario docente. Pero Jorge Macri no puede esconderse detrás de la Casa Rosada. La Ciudad administra sus escuelas, negocia sus paritarias y decide qué prioridad tiene la educación pública dentro de un presupuesto enorme.
Mientras se anuncian obras, marketing urbano y una Ciudad pensada para el consumo, los docentes de Palermo y del resto de los barrios siguen reclamando algo elemental: poder vivir de su trabajo. No es un privilegio ni una consigna extravagante. Es la condición mínima para que un maestro pueda enseñar con estabilidad, tiempo y energía, sin tener que multiplicar cargos para sobrevivir.
Después llegan las evaluaciones, los diagnósticos y los discursos preocupados por el bajo rendimiento. Pero no hay misterio. No existe una educación de calidad construida sobre salarios debilitados, aulas sobrecargadas y docentes exhaustos. Pedir mejores resultados sin mejorar las condiciones de quienes enseñan es exigir una cosecha después de abandonar el campo.
El Día del Maestro debería ser una fecha de reconocimiento concreto, no de frases de ocasión. Palermo necesita escuelas fuertes, con recursos, equipos suficientes y maestros respetados en los hechos. Milei ajusta desde la Nación; Jorge Macri administra una Ciudad que tiene herramientas para amortiguar ese golpe y elige no hacerlo con la fuerza necesaria.
Sin docentes bien pagos no hay educación que resista. Y sin educación pública cuidada, lo que se achica no es sólo el presupuesto: se achica el futuro de toda la Ciudad.