Hoy los colectivos avanzan por Juan B. Justo, el Metrobús atraviesa Palermo a toda velocidad y miles de automóviles cruzan la ciudad sin sospecharlo. Debajo de sus ruedas corre un río. No es una metáfora. A varios metros bajo el asfalto sigue fluyendo el arroyo Maldonado, uno de los cursos de agua más importantes de Buenos Aires y, probablemente, el río más famoso que nadie puede ver.
Su historia comienza mucho antes de la fundación definitiva de la ciudad. Nacido en los humedales de La Matanza, el Maldonado recorría más de veinte kilómetros hasta desembocar en el Río de la Plata. Durante siglos fue un arroyo de aguas relativamente limpias, rodeado de pajonales, bañados y montes bajos. Cuando Buenos Aires todavía era apenas una ciudad portuaria rodeada de quintas y estancias, el Maldonado marcaba una frontera natural entre mundos distintos: la ciudad consolidada y la inmensa campaña bonaerense.
Los viajeros que cruzaban el arroyo durante el siglo XIX encontraban un paisaje muy diferente al actual. Allí donde hoy se levantan edificios, concesionarias, bares y estaciones de servicio, existían caminos de tierra, carretas y pequeños puentes de madera. En épocas de sequía podía atravesarse a caballo o incluso caminando. Pero cuando llegaban las lluvias fuertes el panorama cambiaba radicalmente. El arroyo se transformaba en un torrente impredecible capaz de cortar caminos durante días enteros.
Las viejas crónicas porteñas cuentan que cruzar el Maldonado de noche era toda una aventura. En algunos sectores actuaban patrullas policiales de frontera porque hasta fines del siglo XIX el arroyo funcionaba como límite entre la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. El viajero que llegaba desde el oeste sabía perfectamente cuándo ingresaba a la ciudad: debía atravesar el Maldonado y sus puentes.
El arroyo también tuvo una vida social inesperada. Durante los veranos de fines del siglo XIX muchas familias humildes se acercaban a sus orillas para refrescarse. Los chicos jugaban en el agua y algunos sectores funcionaban como improvisados balnearios populares. Las fotografías conservadas muestran una Buenos Aires que parece irreconocible: hombres bañándose donde hoy está la intersección de Santa Fe y Juan B. Justo, carros detenidos junto al cauce y extensiones de campo abierto donde actualmente existen avenidas congestionadas.
Pero el crecimiento de la ciudad cambió todo. A medida que Buenos Aires se expandió hacia el oeste, el arroyo comenzó a recibir residuos domésticos, desechos industriales y basura de todo tipo. Lo que había sido un curso de agua relativamente limpio empezó a convertirse en una cloaca a cielo abierto. Los vecinos se quejaban de los olores, de los mosquitos y de las enfermedades que aparecían en los barrios cercanos. Para comienzos del siglo XX el Maldonado ya era visto más como un problema sanitario que como un elemento natural del paisaje.
Sin embargo, el peor problema eran las inundaciones. Cada tormenta fuerte provocaba desbordes espectaculares. Las aguas invadían viviendas, talleres y comercios. Los carros quedaban atrapados en el barro y en ocasiones se registraban víctimas fatales. El historiador Arnaldo Cunietti Ferrando describió crecidas que arrastraban animales, destruían construcciones precarias y dejaban a barrios enteros aislados. El Maldonado podía pasar de ser un hilo de agua a convertirse en un verdadero río en cuestión de horas.
A principios del siglo XX aparecieron distintas propuestas para resolver el problema. Algunos ingenieros soñaban con canalizarlo y convertirlo en una vía navegable. Otros proponían abrir grandes parques inundables. Finalmente se impuso la solución más radical: enterrarlo. La ciudad decidió que el Maldonado debía desaparecer de la vista pública para siempre. La decisión fue tomada en 1924 y las obras comenzaron pocos años después.
El entubamiento fue una de las mayores obras de ingeniería de la Argentina de aquella época. Miles de obreros trabajaron durante años excavando enormes zanjas, construyendo columnas, bóvedas y túneles de hormigón. Se utilizaron cantidades gigantescas de materiales y maquinaria para encerrar al arroyo dentro de un conducto subterráneo. La obra avanzó entre 1929 y 1939 y transformó para siempre la geografía porteña.
Cuando el arroyo desapareció bajo tierra ocurrió algo curioso. La nueva avenida construida sobre su techo heredó exactamente las curvas del antiguo cauce. Por eso Juan B. Justo tiene un trazado extraño para una ciudad diseñada con cuadras rectangulares. Sus ondulaciones siguen los meandros que durante miles de años fue dibujando el agua. Quien recorre la avenida está siguiendo, sin saberlo, el camino original del río.

Pero la naturaleza no se dejó domesticar tan fácilmente. Aunque el arroyo estaba encerrado en hormigón, las inundaciones continuaron durante décadas. Los vecinos de Palermo, Villa Crespo, Caballito y Floresta aprendieron a temer cada tormenta intensa. Las imágenes de autos flotando en Juan B. Justo se volvieron una postal repetida de Buenos Aires. Muchos comerciantes recuerdan noches enteras sacando agua de sus locales mientras el viejo Maldonado reclamaba el espacio que alguna vez había sido suyo.

Entre 1985 y 2010 las estadísticas muestran decenas de episodios graves de inundación. Según datos difundidos por organismos internacionales, el arroyo llegó a convertirse en un río desbordado en 37 oportunidades durante apenas 27 años. Cada lluvia extraordinaria demostraba que el problema seguía vivo bajo la ciudad.

La situación alcanzó momentos dramáticos durante los grandes temporales de comienzos del siglo XXI. Las inundaciones de 2010 y especialmente las de 2013 dejaron imágenes impactantes en Buenos Aires. Calles transformadas en canales, comercios destruidos y vecinos evacuados. Aquellos episodios aceleraron obras hidráulicas gigantescas destinadas a aumentar la capacidad del sistema de drenaje.
Entre 2009 y 2012 fueron construidos dos enormes túneles aliviadores ubicados a casi treinta metros de profundidad. Son verdaderas autopistas subterráneas para el agua. El túnel largo supera los nueve kilómetros de extensión y desvía gran parte del caudal durante las tormentas más severas. Gracias a estas obras el comportamiento hidráulico de la cuenca cambió radicalmente y las inundaciones disminuyeron de manera significativa.
Aun así, el Maldonado sigue recordando su presencia. Cada ciertos años es necesario ingresar al túnel para retirar toneladas de sedimentos, ramas, residuos y objetos arrastrados por las lluvias. Los operarios encuentran bicicletas, colchones, neumáticos, muebles y todo tipo de basura urbana. El río invisible continúa trabajando silenciosamente bajo la ciudad, llevando hacia el Río de la Plata todo aquello que Buenos Aires arroja sobre sus calles.
Quizás la mayor paradoja del Maldonado sea que fue eliminado del paisaje precisamente cuando Buenos Aires comenzó a olvidar que estaba construida sobre una red de arroyos. Bajo las avenidas, plazas y edificios todavía sobreviven cursos de agua que alguna vez definieron la geografía porteña. El Maldonado es el más grande, el más famoso y el más rebelde de todos ellos.

Cada vez que un vecino camina por Palermo Hollywood, cruza Santa Fe y Juan B. Justo o espera el colectivo frente al puente Pacífico, está parado sobre una historia de agua. Debajo de esa ciudad de cemento todavía corre el viejo arroyo que vio pasar carretas, tranvías, inmigrantes, inundaciones, obreros, puentes desaparecidos y generaciones enteras de porteños. Un río oculto, pero nunca vencido.


Cronología histórica del arroyo Maldonado
Antes de 1536
Mucho antes de la llegada de los españoles, el arroyo Maldonado formaba parte del sistema natural de cursos de agua de la llanura pampeana. Sus orillas eran transitadas por pueblos originarios querandíes, que utilizaban la zona para la caza y la recolección.
1536
La tradición ubica en esta época la leyenda de «La Maldonado», una mujer de la expedición de Pedro de Mendoza que habría dado origen al nombre del arroyo. Aunque los historiadores discuten la veracidad del relato, la historia quedó incorporada al imaginario fundacional de Buenos Aires.
Siglos XVII y XVIII
El arroyo se convierte en una referencia geográfica importante para viajeros, carretas y productores rurales que ingresaban a Buenos Aires desde el oeste. Sus crecidas dificultaban frecuentemente el tránsito.
1820-1880
La expansión de Buenos Aires comienza a acercarse a las orillas del Maldonado. Se construyen puentes de madera y luego de mampostería para conectar los distintos caminos que más tarde serían avenidas fundamentales de la ciudad.
1887
La federalización de Buenos Aires convierte al Maldonado en uno de los límites naturales entre la Capital Federal y la Provincia de Buenos Aires. Muchos controles policiales y aduaneros funcionan cerca de sus cruces.
Finales del siglo XIX
Las primeras fotografías muestran vecinos bañándose en el arroyo durante el verano. En algunos sectores funcionaban improvisados balnearios populares donde los chicos jugaban y las familias buscaban alivio durante los días de calor.
1900-1920
El crecimiento urbano transforma al Maldonado en una cloaca a cielo abierto. Las industrias, talleres y viviendas vuelcan residuos al curso de agua. Las inundaciones comienzan a convertirse en una preocupación permanente para las autoridades.
1911
Se presentan algunos de los primeros proyectos serios para canalizar o entubar el arroyo. Los ingenieros de la época advierten que las crecidas ya representan un riesgo para una ciudad que crece aceleradamente.
1924
El Concejo Deliberante aprueba las obras de rectificación y entubamiento. La decisión cambiará para siempre la geografía de Buenos Aires.
1929
Comienzan oficialmente las obras de entubamiento. Miles de obreros participan en una de las intervenciones hidráulicas más ambiciosas de la historia argentina.
1933
Se habilitan los primeros tramos cubiertos. Sobre el conducto comienza a tomar forma la futura avenida Juan B. Justo.
1939
La mayor parte del recorrido urbano del arroyo ya se encuentra bajo tierra. El Maldonado desaparece visualmente del paisaje porteño.
Década de 1940
Se completan las obras complementarias. La avenida Juan B. Justo queda consolidada como uno de los principales ejes de circulación de la ciudad.
31 de mayo de 1985
Una de las inundaciones más recordadas afecta Palermo, Villa Crespo y Caballito. El sistema demuestra que ya no alcanza para absorber lluvias extraordinarias.
26 de enero de 2001
Una tormenta histórica vuelve a inundar gran parte de la cuenca. Los vecinos reclaman soluciones estructurales.
15 de febrero de 2010
Una lluvia extraordinaria provoca una de las peores inundaciones de la historia reciente. Automóviles flotan en Juan B. Justo y decenas de comercios sufren pérdidas millonarias.
2010-2012
Se construyen los túneles aliviadores del Maldonado. Las tuneladoras «Eva» y «Elisa» perforan la ciudad a más de treinta metros de profundidad para crear una segunda vía de evacuación de las aguas.
2 de abril de 2013
La tragedia hídrica de La Plata vuelve a poner en discusión los sistemas de drenaje metropolitanos. Las obras del Maldonado pasan a ser consideradas estratégicas para Buenos Aires.
2015
Los túneles aliviadores comienzan a operar a plena capacidad. Las inundaciones en la cuenca disminuyen significativamente.
2020-2026
El Maldonado continúa siendo monitoreado permanentemente. Equipos técnicos ingresan periódicamente al conducto para retirar sedimentos, neumáticos, bicicletas, muebles y residuos arrastrados por las tormentas.
Hoy
Aunque permanece oculto bajo la avenida Juan B. Justo, el Maldonado sigue recorriendo Palermo, Villa Crespo, Caballito, Floresta, Vélez Sarsfield y Liniers antes de desembocar en el Río de la Plata. Es uno de los ríos más importantes de Buenos Aires y, paradójicamente, uno de los menos visibles.



Historias del arroyo Maldonado que todavía sobreviven bajo Juan B. Justo
Cuando los porteños se bañaban en el Maldonado
Resulta difícil imaginarlo hoy. Donde actualmente circulan colectivos articulados, automóviles, motocicletas y miles de personas por día, hace poco más de cien años algunos vecinos iban a refrescarse durante el verano. El Maldonado todavía conservaba sectores relativamente limpios en sus tramos más alejados del centro urbano y funcionaba como un espacio recreativo para trabajadores e inmigrantes que no tenían acceso a clubes ni quintas de descanso.
Las fotografías de fines del siglo XIX y principios del XX muestran grupos de muchachos posando junto al agua, carros detenidos sobre la orilla y familias enteras pasando la tarde cerca del arroyo. La zona de Palermo era entonces muy distinta. Había hornos de ladrillos, tambos, chacras, eucaliptos y grandes extensiones de campo abierto. El Maldonado formaba parte de la vida cotidiana de los vecinos.
Los chicos pescaban mojarras y pequeños peces en algunos sectores. También se cazaban ranas y aves acuáticas en los bañados cercanos. El arroyo era considerado un accidente geográfico más del paisaje, como hoy podría ser un parque o una plaza. Nadie imaginaba que algunas décadas después desaparecería completamente bajo toneladas de hormigón.
Con el crecimiento de Buenos Aires la situación cambió rápidamente. Las fábricas comenzaron a descargar residuos, los asentamientos crecieron sobre las orillas y la contaminación aumentó año tras año. Lo que había sido un espacio recreativo terminó convertido en un problema sanitario. Para las autoridades de la época, el Maldonado dejó de ser un arroyo para transformarse en una amenaza.
La inundación que convenció a todos
Los porteños siempre convivieron con las inundaciones. Sin embargo, algunas tormentas quedaron grabadas en la memoria colectiva porque demostraron que la ciudad estaba perdiendo la batalla contra sus propios arroyos.
Durante las primeras décadas del siglo XX las crecidas del Maldonado se volvieron cada vez más destructivas. Las lluvias intensas provocaban escenas que hoy parecerían propias de una película. Puentes arrancados por la corriente, animales muertos flotando aguas abajo, carros atrapados en el barro y viviendas anegadas formaban parte de un paisaje repetido.
Las crónicas periodísticas describían cómo el arroyo podía aumentar varios metros de nivel en apenas unas horas. Muchos vecinos de Palermo, Villa Crespo y Caballito despertaban durante la madrugada con el agua entrando por las puertas. Los comercios perdían mercadería y los talleres debían interrumpir su actividad durante días enteros.
Una de las grandes paradojas fue que incluso durante las obras de entubamiento continuaron produciéndose inundaciones importantes. Aquellas crecidas terminaron fortaleciendo la idea de que el arroyo debía desaparecer definitivamente de la superficie. La opinión pública comenzó a respaldar masivamente el proyecto porque cada tormenta parecía confirmar que el viejo Maldonado ya no tenía lugar dentro de una ciudad moderna.
Cuando finalmente quedó cubierto, muchos porteños sintieron que se había ganado una batalla histórica. Sin embargo, el tiempo demostraría que el arroyo simplemente había cambiado de forma. Seguía vivo bajo tierra y continuaría recordando su existencia cada vez que una tormenta extraordinaria golpeara Buenos Aires.
Eva y Elisa: las mujeres que perforaron Palermo
A comienzos del siglo XXI el Maldonado volvió a convertirse en noticia. El problema ya no era el arroyo a cielo abierto, sino la insuficiente capacidad del conducto construido durante la década de 1930. La ciudad había crecido demasiado. Había más cemento, menos espacios absorbentes y lluvias cada vez más intensas.
Entonces aparecieron dos protagonistas inesperadas: Eva y Elisa. No eran vecinas de Palermo ni ingenieras hidráulicas. Eran gigantescas tuneladoras de origen alemán, verdaderos monstruos mecánicos de más de cien metros de longitud y miles de toneladas de peso.
Eva comenzó a excavar a casi treinta metros de profundidad bajo las calles porteñas. Detrás de ella avanzaba Elisa. Las máquinas trabajaban día y noche atravesando barrios enteros sin alterar la vida cotidiana de la superficie. Mientras los vecinos tomaban café en Palermo, viajaban en colectivo o caminaban por Juan B. Justo, debajo de sus pies avanzaban estas enormes perforadoras construyendo una nueva red para contener las crecidas del Maldonado.
La obra fue considerada una de las más importantes de la ingeniería argentina contemporánea. Los nuevos túneles permitieron multiplicar la capacidad de evacuación de las aguas y redujeron significativamente el riesgo de inundaciones en gran parte de la ciudad.
Hoy los dos conductos aliviadores permanecen ocultos, igual que el propio arroyo. Son parte de una Buenos Aires subterránea que casi nadie ve. Allí abajo corre el Maldonado original, acompañado por una infraestructura gigantesca construida para domesticarlo.
El río fantasma de Buenos Aires
Pocas ciudades del mundo tienen una relación tan extraña con sus cursos de agua como Buenos Aires. Mientras otras capitales construyen paseos costeros, puentes turísticos y parques ribereños, los porteños enterraron buena parte de sus arroyos.
El Maldonado es quizás el caso más emblemático. Durante siglos fue un paisaje natural. Después se convirtió en un problema urbano. Más tarde desapareció bajo tierra. Finalmente terminó transformándose en una pieza clave de la ingeniería hidráulica moderna.
Pero debajo de Juan B. Justo sigue corriendo la misma agua que atravesaba los bañados coloniales, la misma que vieron los primeros inmigrantes, la misma que inundó las calles de Palermo y la misma que obligó a construir una de las mayores obras públicas de la historia porteña.
Por eso algunos historiadores suelen decir que Juan B. Justo no es solamente una avenida. Es el recuerdo visible de un río invisible. Un río que Buenos Aires intentó ocultar, pero que todavía sigue escribiendo su historia debajo del asfalto.



