El Parque Las Heras

El Parque Las Heras, una plaza con historia para el esparcimiento y el deporte.

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El parque Las Heras es un parque público ubicado en el barrio de Palermo en sus lindes con Barrio Norte y Recoleta, todos de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Este parque relativamente reciente, con un área de casi 12 ha, está delimitado por las avenidas General Las Heras y Coronel Díaz, y las calles Jerónimo Salguero y Juncal.

Aparte de ser un muy lindo espacio verde, el cual vale la pena disfrutar haciendo un pic-nic por la tarde, para los corredores que buscan un poco más de exigencia es ideal ya que al estar ubicado sobre una suerte de lomada, tiene subidas y bajadas, lo que la hace salir un poco de lo «normal». El parque cuenta con un un perímetro de 1.250 mts.  

El nombre del Parque procede de la avenida que lo ladea por el este y el nombre de esta avenida homenajea al militar patriota argentino Juan Gualberto Gregorio de las Heras, partícipe en las Guerras de la Independencia.

Como curiosidad: se considera que las altas y añejas palmeras existentes eran las que había dentro de la cárcel penitenciaria. En 2007 fue declarado sitio histórico de la ciudad de Buenos Aires por la Legislatura porteña.




El Parque Las Heras, una plaza con historia para el esparcimiento y el deporte.

En el terreno donde se ubica, funcionó hasta 1962 la Penitenciaría Nacional. Tal terreno es topográficamente una relativamente suave barranca que (pasando la Avenida las Heras que le dio nombre al parque) antes -de ser urbanizada la zona- se explayaba en «un bajo» hasta el Río de la Plata teniendo en su costado sur (cerca de la Avenida Coronel Díaz) uno de los pequeños ramales del «delta» que formaba el -entubado desde 1900- arroyo Manso.

El Parque Las Heras, una plaza con historia para el esparcimiento y el deporte.

Por ser asiento desde fines del siglo XIX, y hasta inicios de los 1960, de la Penitenciaría Nacional, la zona fue llamada «La Tierra del Fuego» ya que el aspecto del edificio recordaba al del Penal de Ushuaia.

El Parque Las Heras, una plaza con historia para el esparcimiento y el deporte. Los Macristas siempre lo quisieron hacer plata

La «Tierra del Fuego» en torno a lo que hoy es el Parque Las Heras porteño se trataba de una barriada donde residía una población de «avería» (ex convictos, y marginales varios). En la década de 1960, la zona comenzó a ser urbanizada, para una población de clase media alta (ABC1) residente en edificios de apartamentos, muchos de ellos de más de 20 pisos.

La escuela Las Heras frente a la Plaza

Al oeste de la Penitenciaría, en un terreno más elevado, con fachada a la Av. Coronel Díaz, se ubicaba la gran sede central de la Cervecería Palermo, que poseía un bello edificio de arquitectura industrial decimonónica, con techos cubiertos por tejas, de forma escamada de zinc y pendientes de aires goticistas y un gran reloj. Tal edificio fue demolido entre la segunda mitad de los 1970 y los 1990, y fue en gran medida sustituido por un centro comercial llamado «Alto Palermo».

En cuanto al predio del actual Parque Las Heras porteño, una vez demolida la penitenciaría porteña en los 1960 se mantuvo con el nombre popular de «La Peni» como un gran terreno baldío que era usado por los jóvenes para practicar fútbol. Esto duró hasta los 80s, década en la que gradualmente se comenzó la parquización al ser edificada en el ángulo de las calles Salguero y Juncal (esquina noroeste del actual parque) la Escuela de Lenguas Vivas (iniciada su construcción en 1972) y en el costado sur (mirando a la av. Coronel Díaz) una especie de improvisado parque de diversiones con calesitas, pistas de karting etc.

El predio se mantuvo en una situación indecisa legalmente hasta pasado 1983, pese a que ya en 1972 se había proyectado edificar en el mismo un gigantesco y ultramoderno Auditorio que se concursó, eligiéndose el proyecto de los arquitectos Baudizzone-Díaz-Erbin-Lestard-Varas. Tal magnífico edificio jamás fue concretado, por los cambios políticos constantes en la siguiente década.

Tras 1983 la valiosa zona fue oficialmente declarada parque urbano y efectuándose recién entonces obras oficiales de parquización (plantado de árboles, juegos, diseño de senderos etc.).

En el ángulo suroeste (casi esquina Juncal y Av. Cnel. Díaz) existe desde entonces un relativamente modesto edificio que corresponde a la iglesia católica: la parroquia Nuestra Señora de Loreto, obra de arquitectura funcional moderna.

Posteriormente en los 1990 sobre la zona sur dando a la calle Juncal se edificó la escuela primaria común N  16 Wenceslao Posse.

En la esquina noroeste (dando a la calle Salguero) se edificó la escuela N º26 Distrito Escolar 1 Van Gelderen.

El centro de la antigua penitenciaría ha sido ocupado por la Escuela de fútbol Claudio Marangoni, y hacia el costado norte existe una calesita.

Como curiosidad: se considera que las altas y añejas palmeras existentes eran las que había dentro de la cárcel penitenciaria.

Si hay que elegir algún barrio para graficar el aumento exponencial que sufrió la Ciudad en cuanto a las construcciones inmobiliarias en los últimos años, ese es, sin dudas, Palermo.

En 2007 fue declarado sitio histórico de la ciudad de Buenos Aires por la Legislatura porteña.

El nombre del parque procede de la avenida que lo ladea por el este y el nombre de esta avenida homenajea al militar patriota argentino Juan Gualberto Gregorio de las Heras, partícipe en las Guerras de la Independencia.

Cronología de la Penitenciaría Nacional

Penitenciaría Nacional

Vista aérea de la Penitenciaría hacia 1939. Notar la planta de tipo panóptico.

Antecedentes: Con el antecedente de El Cabildo, como la primera cárcel legal Argentina. El edificio de gobierno de la época, el Cabildo del Virreinato del Río de la Plata, cumplió las funciones de cárcel de la colonia en Santa María de los Buenos Ayres. Y no fue por poco tiempo. Recién transfirió sus presos a la desaparecida Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, cuando fue inaugurada en 1877.

Luego el general José de San Martín modificó conceptos de las cárceles: Juan Carlos García Basalo afirma en su libro “San Martín y la reforma carcelaria” (1954- Ediciones Arayú), que “a la luz de nuestros conocimientos históricos actuales, por las realizaciones carcelarias y penológicas expuestas, San Martín tiene que ser considerado el iniciador y el propulsor de la reforma carcelaria en la Argentina y de la humanización del sistema punitivo –hasta donde las circunstancias de la época lo permitieron– y del régimen penitenciario en el Perú”.

A la espera de la organización institucional: período Inorgánico: La época que siguió a la colonia transitó con muchas dificultades, políticas y presupuestarias, el período de la organización nacional que ocupó la segunda mitad del siglo XIX. La cuestión carcelaria se mantuvo en la anarquía reglamentaria y de procedimiento que permanecería ciento cincuenta años, desde la habilitación del Cabildo como cárcel hasta 1933 al promulgarse la ley Nº 11.833 “De Organización Carcelaria y Régimen de la Pena”.

EL primer director

Enrique O’Gorman, fue un destacado funcionario argentino con actuación en las últimas décadas del siglo XIX, especialmente en la organización y conducción de la policía y penitenciaría del estado, que obtuvo público reconocimiento por su actuación durante la epidemia que asoló la ciudad de Buenos Aires en 1871.

Directores

Tres Directores de la Penitenciaría tenían vínculos familiares con personajes conocidos de la historia argentina. El primero, Enrique O’Gorman, era hermano de Camila, ejecutada durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, por su relación amorosa con el cura Gutiérrez. Reynaldo Parravicini, Director entre 1887 y 1890, fue el padre del artista Florencio Parravicini y a fines de los 40,  fue Director Roberto Petinatto, padre del músico y presentador que lleva el mismo nombre´

El 19 de enero de 1877 fue nombrado por el gobernador Carlos Casares con acuerdo del Senado como primer gobernador de la Penitenciaría Nacional. Fue el encargado de dictar los primeros reglamentos y organizar la institución. Si por un lado se negó a la provisión de presos para empresarios particulares, por otro implementó talleres en la penitenciaría, restringiéndolos a la fabricación de productos de uso y consumo del estado para reducir la resistencia de los gremios. Permaneció en su puesto hasta octubre de 1887, cuando se jubiló con goce del sueldo íntegro asignado a ese empleo.

El lugar

El terreno utilizado medía 112.000 metros cuadrados y se hallaba en la llamada barranca de Juan Gregorio de la Heras, que ocupaba, según la nomenclatura moderna, el predio limitado por las avenidas y calles Las Heras, Coronel Díaz, Juncal y Jerónimo Salguero, En los planos del Departamento Topográfico de 1867, se determina que estas tierras eran quintas de las familias Medina, Cranwell, Sapello, Chapeaurouge y Arana.

Las palmeras de Coronel Díaz y Las Heras que aún se pueden ver de 1871, cuando se empezó a construir lo que sería la cárcel más moderna del país. En aquellos años, tan lejos estaba el penal de lo que se consideraba el “centro de la ciudad” Plaza de Mayo o San Telmo, que los familiares de los presos se quejaban porque no podían visitarlos seguido, debido a la larga distancia.

1869: por Decreto se llama a concurso para «Planos y Presupuestos de construcción de una Cárcel Modelo», con los estándares penales de la época; el intento era cumplir los preceptos emanados del artículo 18 ° de la Constitución de 1853 (si bien los mismos fueron históricamente considerados como «letra muerta», en tanto y en cuanto funcionaba para la época la denominada «Cárcel del Cabildo» se encontraba en un estado lamentable, con presos hacinados y sin normas uniformes.
1872: se construye con los planos del arquitecto Bunge, quien utilizó como modelo de la planta interna el diseño del panóptico (es decir: todos los pabellones con la gente encarcelada eran radiales hacia un centro de vigilancia).
1876: se entrega la obra terminada. Se adopta un régimen penitenciario de organización y funcionamiento basado en el trabajo de los presos, en procura del aprendizaje de oficios, obligatorio, regular y retribuido. Fue «Gobernador de la Penitenciaria», con independencia del Poder Judicial, el Sr. Enrique O Gorman.
28 de mayo de 1877: se inaugura con una disimulada apertura la Penitenciaría Nacional, con el traslado de 300 presos que saturaban el Penal del Cabildo. Sus muros eran de gran porte con torres y garitas de vigilancia con disciplina militar. Estaba en una suave barranca y protegida con una reja de hierro de circunvalación.
6 de septiembre de 1961: comenzó la demolición manual.
5 de enero de 1962 empezaron las explosiones con trotyl, que derrumbaron los muros de siete metros de alto, y cuatro metros de ancho en la base. La monumental cárcel pasó al olvido, relegada por el cambio de geografía en la ciudad de Buenos Aires, y reemplazada por el Parque Las Heras

JULIO 2017

La Ciudad, a través del Ministerio de Ambiente y Espacio Público, comenzó la puesta en valor del Parque Las Heras, ubicado en el corazón del barrio de Palermo. Los trabajos incluyen el aumento de la superficie absorbente, el reediseño de la traza de caminos existentes, el recambio de solados por semi-absorbentes y se sumará un nuevo sistema de canalización de aguas de lluvia. Además se planea la ejecución de canil, un circuito aeróbico y postas aeróbicas.

También se va a reparar el muro perimetral sobre la Avenida Las Heras, se sumarán arbustos, herbáceas y se repondrán más de 100 ejemplares de arboles nuevos. Habrá mejoras en el mobiliario urbano y renovación en las luminarias.

Los trabajos que se van a emprender se plantearon teniendo en cuenta los reclamos y sugerencias de los vecinos por problemas que se destacan en el parque desde hace años. A saber:

Necesidad de conservación e incremento de áreas verdes, arboleda y vegetación.
Mejora de drenajes y escurrimientos para evitar erosionado del suelo.
Evitar transformaciones estructurales que modifiquen demasiado al parque.
Posibilidad de excavaciones arqueológicas sobre los vestigios de la cárcel.
Seguridad, más iluminación y funcionamiento de cámaras.
Control de vehículos y motos, intrusión de sectores, presencia de guarda parques.
Enrejados y cierres perimetrales.
Deterioro de senderos.
Falta de circuito aeróbico para caminar y correr.
Readecuar del playón de patinaje.
Incorporación de Aros de básquet y cancha de vóleibol.
Mejora de patio de juegos, colocación de juegos inclusivos y piso antigolpes.
Completar la estación de ecobicis.
Mejora de mobiliario urbano mesas, bancos, cestos y colocación de más bebederos.
Bicisendas.
Uso de materiales ecológicos: ni hormigón ni pavimentos con hidrocarburos.
Caniles más informales de área libre.
Mejora general de accesos y adecuación para movilidad reducida.
Baños públicos.

Detalle de las obras

Aumento de superficie absorbente, reduciendo superficies «duras» (caminos pavimentados). Reemplazo de 4.265 m2.
Rediseño de la traza de caminos existentes en función de su uso y requerimientos actuales.
Recambio total de solados por semi-absorbentes y nuevo sistema de canalización de aguas de lluvia.
Ejecución de canil según Manual Caniles 2016.
Ejecución de circuito aeróbico.
Ejecución de postas aeróbicas.
Incorporación de nuevas áreas de estar.
Reacondicionamiento de patios de juegos.
Revalorización y adecuación de accesos según normativa.
Reparación de muro perimetral de contención sobre Av. Las Heras.
Incorporación de arbustos y herbáceas. Incorporación aproximada de 1000 m2.
Tratamiento fitosanitario.
Poda de despeje, de seguridad y de aclareo.
Trasplante de ejemplares con crecimiento defectuoso.
Retiro de ejemplares en mal estado (70 especies inadecuadas o en mal estado según plan de arbolado).
Reposición de 100 ejemplares nuevos.
Recambio de bancos y mesas.
Recambio de cestos con recolección diferenciada.
Incorporación de nuevas luminarias.

El parque Las Heras. La carcel.

La función social de la pena

Si se pensara en la Penitenciaría Nacional, entre 1907 y 1914, como una gran clínica de rehabilitación no sería un desacierto, sino más bien la descripción objetiva del establecimiento. La doctrina aplicada entonces respondía a los ideales de la nueva ciencia criminológica: la pedagogía correccional u «ortopedia moral», que pretendía la transformación de la conciencia criminosa del delincuente para la readaptación a la vida social: «La penalidad inspirada en el solo propósito de castigar, ha hecho ya su época; hoy se impone como un deber de alto humanitarismo y porque la ciencia así lo aconseja, emprender una obra de regeneración moral, en su sentido más extenso. La sociedad se perjudica cuando en vez de mejorar al delincuente se limita a castigarlo». La evolución del castigo del cuerpo al castigo de las conductas, extensamente estudiada por M. Foucault , obedece a las nociones de la «medicina psiquiátrica» como higiene pública: individualizar a los sujetos «peligrosos» de la sociedad para protegerla -de ahí la creación de enormes sistemas penitenciarios- y aplicar una terapéutica que reformará a estos sujetos.

Esta figuración del delito como un desfasaje de la actitud media de la sociedad, desconoce los parámetros indicadores de la pobreza: la sociedad argentina de entonces, si bien mantuvo una población inmigratoria pobre, manifestó los signos de benevolencia económica del modelo agroexportador: eran los años del Centenario en los que el país fue visto como una de las potencias del mundo, y los conflictos sociales que surgirían con la llegada de las clases obreras y subalternas a la escena política aún no habían tomado la magnitud que tendrían años más tarde. Entonces, el problema del delito no es analizado a través de una lente que demuestre la estructura marginal de la sociedad capitalista (o bien de un capitalismo en ciernes, para el caso argentino), sino como una simple desviación a la causa de la moralidad. La pena encuentra su justificación como una manera de defender la sociedad y debe ser reducida «a un tratamiento psíquico, inspirado en el propósito de colocar al recluido en condiciones tales, que pueda prescindir de los medios de excitación de los goces, formándose un hábito de moralidad en ese sentido; de acrecentar su capacidad productiva; de obligarlo a adaptarse a las condiciones de la vida social; en una palabra, de operar en su fisonomía moral una transformación que haga posible el ideal noble de reconciliarlo con la sociedad a la cual injurió con su crimen».

A partir de este diagnóstico del delito, se adoptó un sistema penitenciario que procuró la «recuperación» de los delincuentes. Los métodos para llevar a cabo esta instancia fueron dictados en base a estudios científicos, psicológicos y criminológicos debidos, en su mayor parte, a José Ingenieros, fundador del Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional (1906), la primera institución de estas características que -con carácter oficial- ha funcionado en todo el mundo.

El instituto se dedicó al análisis científico del delito y sus causas, del delincuente y sus modalidades con un marcado carácter positivista y a través de distintas áreas. En base a estas se montó la burocrática organización de la Penitenciaría Nacional entre 1906 y 1914.

La primera de las disposiciones que se requerían al ingresar un condenado en la Penitenciaría era la confección de un expediente realizado por el Director del penal. En las cárceles anteriores solamente se exigía el envío de la sentencia condenatoria del penado; el nuevo método fijó toda una serie de requisitos indispensables a confeccionar: antecedentes y datos del prontuario criminal (el delito por el que estaba condenado y todas las actuaciones delictuosas, si las hubiera: arrestos, procesos, reincidencias, etc.), datos personales (nombres, filiación, alias, nacionalidad, estado civil, profesión, grado de instrucción, etc.), datos físicos (descripciones, señas particulares y otros) y hasta seis fotografías. Todo este conjunto de información servía para trazar un perfil de la «fisonomía moral del delincuente», que permitía individualizar al condenado tanto como fuera posible y, a partir de ello, establecer una clasificación psicopatológica.

El ritmo de vida en la Penitenciaría obedecía a una rutina hábilmente diseñada. La mayor cantidad del tiempo de los presos era dedicada al trabajo, visto como un agente de «terapéutica moral». En lo fundamental se esgrimían dos razones para atribuir esta acción «curativa»: primero, porque el trabajo brinda los rigores de la disciplina -base de la obediencia y primer principio de adaptación- que conlleva a su adopción; segundo, porque se presenta como la herramienta con que contará el penado una vez que se encuentre rehabilitado para su reinserción social.

El aspecto laboral tenía también una contrapartida pecuniaria para el recluido: «el trabajo en las prisiones tiene (…) por principal propósito la enmienda del detenido, y para lograr ese resultado, es necesario que sea llevado a cabo con amor, lo que es imposible, si al trabajador no se le otorga la recompensa respectiva, si no se excita su celo con la esperanza de aquella recompensa».

El penado recibía en contraprestación por su trabajo una parte de su salario, destinándose el resto a satisfacer las responsabilidades civiles inherentes al delito -si las hubiera- y a costear su manutención en la cárcel. Salvadas las primeras, el salario era remitido en 2/3 a la familia del condenado, y el resto pasaba a integrar un fondo que se entregaba el día que su condena se extinguía. De no tener familia el condenado, el salario se dividía en partes iguales entre el Estado -las reparaciones de la condena, de haberlas, y los gastos carcelarios- y el fondo antes mencionado.

La Penitenciaría Nacional contaba con una variada oferta laboral que cubría la demanda del penal así como también encargos especiales. El establecimiento llegó a contar con talleres de zapatería, colchonería, talabartería, sastrería, carpintería, herrería, electricidad, mecánica, fundición, hojalatería, plomería, albañilería, escobería, panadería, fidelería y peluquería. Mención especial merecen los talleres de litografía, fotograbado, fotografía, encuadernación e imprenta que con su producción llegaron a cubrir importantes sectores de demanda del Estado Nacional: «El cuidado con que se confeccionó cada volante, folleto o boletín produjo artículos cuya calidad cubrió los estándares más exigentes del mercado. Esta particular excelencia acreditó al sector como proveedor de la mayor parte de los diplomas entregados por los organismos oficiales. Tanto la Cámara de Diputados y la de Senadores, como las universidades y la Cancillería optaron por los papeles impresos dentro de la Penitenciaría». Incluso, debido al reconocimiento del trabajo de edición y a la calidad de las publicaciones producidas, en 1878 la Imprenta de la Penitenciaría contó con un stand en la Exposición Internacional y Universal de París, en donde se expusieron sus publicaciones.

El rendimiento del trabajo en los talleres penitenciarios alcanzaba para costear el presupuesto de la cárcel. Durante el año 1913, las obras ejecutadas en los talleres ascendieron a la suma de 1.422.261 pesos moneda nacional, dejando para el Estado un beneficio de 605.262 pesos, aproximadamente el 42,5 % de la producción.

Otro aspecto desarrollado para lograr la reinserción de los presos en la vida social era el de la educación: «La instrucción es el segundo elemento de la acción penitenciaria reformadora. Instrucción educativa, se entiende, y desarrollada de acuerdo con la especial condición de los educandos». Para llevar a cabo la re-educación de los penados la Penitenciaría contaba con una Escuela que funcionaba todos los días hábiles del año, con excepción del mes de enero, de seis de la tarde a ocho de la noche. El programa de estudio, vigente desde el 1 de marzo de 1906, se desarrollaba en cuatro grados y comprendía las siguientes materias: primer grupo: lectura y escritura, idioma nacional, moral e historia; segundo grupo: aritmética, geografía, ciencias físicas y naturales; tercer grupo: caligrafía, dibujo artístico e industrial, jardinería u horticultura y escritura de máquina. Incluso la escuela de la Penitenciaría supo adquirir «nuevas tecnologías» para su servicio educacional: «Un factor educativo, empleado con positivas ventajas, es el cinematógrafo, con cintas apropiadas a la condición de los espectadores. Los efectos benéficos, inmediatos y mediatos, de este gran recurso educativo -dice el Director de la Escuela- son evidentes y se notan ellos en los presos, en todas las dependencias del establecimiento». La Penitenciaría también contó, como complemento de la Escuela, con una Biblioteca formada por 2980 volúmenes, una Escuela de Jardinería y Horticultura y la Banda de Música, creada a partir de la consideración del «gran poder educador del arte musical y dando a éste la importancia que dentro del conjunto de los recursos de regeneración tiene», que ejecutaba conciertos durante las tardes de los días festivos.

El trabajo y la instrucción buscaban infundir en los presos no solo conocimientos sino también disciplina. Para observar y complementar esta acción, se formó un Tribunal de Conducta que otorgaba ciertas ventajas, o privaciones, que los reglamentos de la Penitenciaría permitían, como mantener encendida la luz en la celda durante una hora más, el uso del bigote y hasta «la sensible disminución de tiempo de la condena, que el Poder Ejecutivo, en uso de facultades constitucionales, puede hacer». El Tribunal estaba constituido por el Subdirector de la Cárcel, que lo presidía, el Director de la Escuela y el Jefe de la Sección Penal, como vocales, y se reunía cada tres meses para hacer el seguimiento de la conducta y el progreso o retroceso del penado en las áreas del taller, pabellón y escuela. En base a las evaluaciones se clasificaba la conducta, que era anotada en una libreta personal que llevaba cada recluido.

También funcionó en la Penitenciaría Nacional un «Patronato de Presos», encargado de gestionar trabajo para los reclusos cuya liberación estaba próxima, de acuerdo con los conocimientos adquiridos en los Talleres y en las Escuelas. Independientemente de esta sección, la Dirección del penal se encargaba de hacer las diligencias necesarias para encontrarles trabajo a los condenados que lo solicitasen. Según estadísticas, de los 113 penados que egresaron de la Penitenciaría en 1913, 60 fueron colocados por el Patronato, 29 no requirieron sus servicios y 24 salieron de la Capital Federal.

Este modelo carcelario fue efectivo durante los años descriptos ya que entonces los niveles de conflictividad social podían ser controlados por las clases dirigentes, siendo canalizados a través del sistema penitenciario. Pero con el avance de nuevas formas políticas asociadas a los movimientos anarquistas, sindicalistas y comunistas, y a los partidos radical y socialista, surgidas al calor del tenue desarrollo industrial capitalista de aquellos años, traerán a la escena política las cruentas luchas de los sectores subalternos y con ello las viejas instancias de represión del delito y la protesta social que conoce la historia del hombre: el palo y el garrote.

Palermo Hollywood el Barrio de Buenos Aires.

Jardín Japonés de Buenos Aires.