Plaza Italia
Entre adoquines, tranvías y monumentos, Plaza Italia se yergue como uno de los escenarios más emblemáticos de Buenos Aires. En su historia conviven la modernidad de un nodo urbano con el eco de los sueños inmigrantes.
Ubicada donde la avenida Santa Fe se cruza con la avenida Sarmiento, Plaza Italia es mucho más que un punto neurálgico del barrio de Palermo. Es una cápsula viva del pasado porteño, un rincón donde la historia, la inmigración y la arquitectura se abrazan bajo la sombra de plátanos centenarios. Y en el centro de ese abrazo se alza, desafiante y eterno, el monumento a Giuseppe Garibaldi, símbolo de la hermandad ítalo-argentina.
Un nombre que honra la fraternidad
Fue la primera plaza argentina en llevar el nombre de una nación extranjera que no fuera España. Luego vendrían otras: Plaza Británica, Plaza Francia, Plaza Irlanda, en honor a las potencias europeas que participaron de los fastos del Centenario de 1910. Pero Plaza Italia se adelantó en el calendario y en el espíritu: nació con la instalación del monumento a Garibaldi en 1904, donde antes se conocía al espacio como la Plaza de los Portones, por los enormes portales de hierro que daban entrada al Parque 3 de Febrero.
Garibaldi, entre la leyenda y la controversia
El monumento ecuestre de Giuseppe Garibaldi, obra del escultor italiano Eugenio Maccagnani, es una réplica exacta del original que adorna la ciudad de Brescia. Financiada con aportes de la comunidad italiana local, la obra fue fundida en bronce en talleres de Berlín y enviada por barco hasta Buenos Aires. Su inauguración fue multitudinaria y cargada de simbolismo: hablaron Alfredo Palacios y Belisario Roldán, dos gigantes de la tribuna nacional.
En ese mismo año de 1904, mientras la Argentina recibía más de 125.000 inmigrantes, se celebraban con igual fervor los 80 años de Bartolomé Mitre, en lo que sería una verdadera fiesta patria. La estatua de Garibaldi fue, entonces, parte de ese momento de gloria cívica y multicultural.
¿Quién fue Garibaldi para los italianos?
Giuseppe Garibaldi fue el alma romántica del Risorgimento, el movimiento que unificó Italia en el siglo XIX. Para los italianos, fue mucho más que un general: fue el “héroe de dos mundos”, por sus luchas en América del Sur y Europa. Representó el ideal de libertad, justicia y unidad frente a las monarquías fragmentadas. Fue un revolucionario con causa, un soldado con pueblo, un estratega que se jugó la vida por una patria que aún no existía. Encarnó la esperanza de los humildes y el orgullo de una Italia naciente. Su figura fue adoptada como símbolo nacional sin pasar por los palacios: fue amado desde abajo. A caballo, con su capa roja, cruzó fronteras y corazones. Hasta hoy, su nombre está en calles, plazas y escuelas. Garibaldi es, para los italianos, el mito que camina.
De tranvías y zoológicos
En las postales antiguas de la zona, lo que hoy parece un caos urbano era una elegante intersección de tranvías eléctricos, carruajes y paseantes. La compañía Eléctricos de Buenos Aires —absorbida luego por la Anglo Argentina— cruzaba la plaza en una red de rieles que se entrelazaban como telaraña. Algunos coches incluso llevaban acoplados para obreros.
A un costado, la arcada del Zoológico de Buenos Aires servía como portal de fantasía a un mundo de jirafas, cebras y osos polares. Esa misma arcada sigue en pie, como vestigio romántico de una Buenos Aires que ya no existe, pero que se resiste al olvido.
Del descampado al pulmón cultural
Antes de que llegara la ornamentación y el paisajismo, la plaza apenas tenía una fuente antigua traída desde Plaza de Mayo, algo de césped y algunos árboles. Todo fue cobrando forma con el tiempo. La plaza fue testigo de la Exposición de la Sociedad Rural Argentina en 1878, de la apertura del Jardín Zoológico en 1890 y del Jardín Botánico en 1892. Es decir, no solo es el centro de Palermo: es el corazón mismo del desarrollo urbano y cultural del barrio.
En 1917 desaparecieron finalmente los míticos Portones de Palermo, pero para entonces Plaza Italia ya era sinónimo de modernidad, cultura y movimiento.
Entre pasado y presente
Hoy, el viajero moderno que baja del subte D o cruza en colectivo rumbo al Rosedal no imagina que bajo sus pies pisa un lugar que alguna vez fue silencio y campo. Que ese Garibaldi de bronce, espada al aire, alguna vez fue símbolo de una colectividad que soñaba con una patria doble, entre el Vesubio y el Plata. Que donde ahora hay tráfico y turistas, hubo tranvías para obreros y discursos para multitudes.
Plaza Italia es un viaje. Un espejo. Un resumen de lo que fue la Argentina a principios del siglo XX: acogedora, orgullosa, en ebullición.
¿Qué significa el Monumento a Garibaldi en Plaza Italia?
Una lista con alma de bronce y memoria de pueblo
- Símbolo de hermandad ítalo-argentina:
Fue un gesto concreto de la comunidad italiana hacia su patria de adopción. Un puente entre dos mundos que se abrazaban en los adoquines porteños. - Homenaje al héroe de la libertad:
Garibaldi no solo fue protagonista de la unificación italiana. Su figura representa la lucha contra la injusticia en cualquier tierra. Su divisa —“Toda injusticia me mueve a la acción”— se convirtió en bandera moral. - Recuerdo del espíritu inmigrante:
El monumento fue costeado por colecta popular entre italianos que llegaron con una mano atrás y otra adelante. Es testimonio del deseo de dejar huella y agradecer a la Argentina por recibirlos. - Ancla histórica del barrio de Palermo:
Fue instalado cuando la plaza todavía se llamaba “de los Portones”. A partir de su presencia, ese lugar pasó a ser Plaza Italia. Es decir: le dio nombre, carácter y destino. - Obra de arte internacional:
La estatua es una réplica exacta de la que está en Brescia, fundida en Berlín por encargo del escultor Eugenio Maccagnani. Une tres naciones en un solo gesto de bronce. - Posta del civismo y la política:
En su inauguración hablaron Alfredo Palacios y Belisario Roldán, dos íconos del pensamiento y la palabra en la Argentina de principios del siglo XX. Fue más que un acto cívico: fue una declaración de principios. - Monumento ecuestre con sentido urbano:
Su orientación —mirando hacia la avenida Sarmiento— no es casual. Marca el rumbo del progreso, la conexión con el parque, con el saber (el Zoológico y el Botánico) y con el pueblo que circula. - Vestigio vivo de una ciudad que cambia:
Es lo único que aún se conserva en su lugar original desde aquellos años dorados de inmigración y construcción nacional. Todo cambió alrededor, menos él. - Objeto de disputa ideológica:
El revisionismo lo tildó de villano oportunista. Pero su monumento sobrevive a las polémicas, mostrando que los íconos populares no siempre piden permiso a los libros de historia. - Un faro para el viajero moderno:
Hoy, entre colectivos y bocinazos, el Garibaldi de Plaza Italia sigue mirando al sur. Espera —como entonces— que alguien alce la vista, se detenga un segundo y entienda que una plaza es un espejo del alma de un país.
¿Te diste una vuelta por Plaza Italia últimamente? ¿Conocías su historia? ¿Qué otros monumentos de Buenos Aires creés que merecen una nota como esta?