En los ahora Bosques de Palermo se encontraba el Pabellón de los Lagos Una obra del arquitecto Roland Le Vacher. Se lo llamaba El Pabellón de los Lagos y estaba ubicado a un lado del Rosedal, hoy en ese lugar está el patio Andaluz.
Construido en 1901. Dicen que fue armada con un remanente de lo que había sido la Exposición Industrial del Centenario. Ese espacio era un bar, lugar de reunión de familias conocidas y también era elegido como sede de importantes eventos y banquetes diplomáticos.
El edificio tenía un sector de confitería y otro donde funcionaba un restaurante. El gran salón era punto de reunión de tradicionales familias porteñas y allí solían realizarse eventos sociales y hasta banquetes, muchos con fines solidarios, que organizaban las Damas de Beneficencia. El lugar también fue utilizado muchas veces para agasajos a diplomáticos y visitantes extranjeros.
El Pabellón de los Lagos fue demolido en 1929. En el año anterior allí había funcionado una colonia de vacaciones para chicos con problemas mentales y un dispensario municipal para atender enfermedades venéreas. Pero ese terreno se necesitaba para instalar el Jardín Español o Patio Andaluz que aún existe. Esa «Glorieta Andaluza» fue donada por el Ayuntamiento de Sevilla a la gloriosa y opulenta Ciudad de Buenos Aires, como expresaron los españoles.
Cuando cierra la confitería del El Pabellón de los Lagos se aloja allí una colonia para niños débiles. Luego de algunos años se solicitaba el trazado de la colonia a un lugar más apropiado. Cerca de allí se encontraba el embarcadero de las góndolas. El patio andaluz que hoy está en su lugar otra verdadera joya arquitectónica pero esa curiosa construcción que un día fue testigo de un Buenos Aires antiguo ya no está.
Los bosques que rodean al Rosedal, en Palermo. El Pabellón de los Lagos lo inauguraron en 1901 y en 1929 lo demolieron. Se lo conocía como el Pabellón de los Lagos y su imagen lo mostraba con cierto aire oriental, aunque lo había proyectado un arquitecto italiano. En la entrada tenía dos mástiles con la media luna típica del Islam que se suele colocar en los minaretes de las mezquitas. Eso solía llamar la atención de los visitantes porque la construcción no tenía ninguna connotación religiosa.
El proyecto del Pabellón de los Lagos lo realizó y desarrol
ló el arquitecto Roland Le Vacher (también conocido como Roland o Raúl Lavacher) quien, a pesar del sonido francés de su apellido, había nacido en la ciudad de Parma, en la región italiana de Emilia-Romagna. Lo construyeron con una importante estructura de hierro y grandes ventanales de vidrio. Tenía forma de herradura, lo que permitía enmarcar a una espectacular terraza donde, en los días de buen clima, se colocaban mesas y sillas.
El edificio tenía un sector de confitería y otro donde funcionaba un restaurante. El gran salón era punto de reunión de tradicionales familias porteñas y allí solían realizarse eventos sociales y hasta banquetes, muchos con fines solidarios, que organizaban las Damas de Beneficencia. El lugar también fue utilizado muchas veces para agasajos a diplomáticos y visitantes extranjeros. Uno de los que más se recuerda es el de junio de 1902, cuando llegó a Buenos Aires el crucero Atlanta, «un buque moderno de la escuadra norteamericana en el que se admira, sobre todo, la acertada disposición de su poderosa artillería», según las crónicas de la época.
Esa nave militar estaba al mando del almirante G. W. Summer, quien fue agasajado con distintos actos. Como se le quería mostrar lo mejor de la Ciudad, se organizó una caravana de siete autos en la que hasta participó Julio Argentino Roca, quien estaba desarrollando su segundo mandato presidencial. El recorrido incluyó la visita a zonas de Belgrano y Palermo. Y el almuerzo fue en el salón del Pabellón de los Lagos. Al año siguiente, otra visita de una delegación extranjera también tuvo el mismo lugar como escenario de camaradería. Esa vez fue con un grupo de militares chilenos, delegación que presidía el vicealmirante Jorge Montt, ex presidente de su país y, en ese momento, director general de la Armada.
Aquella visita realizada en mayo de 1903 tenía un motivo especial. El año anterior, la Argentina y Chile habían firmado lo que se conoció como los Pactos de Mayo, que pusieron fin a un período de gran tensión entre ambos países y que, en 1901, los puso al borde una guerra. Inclusive, aquella tensión fue la que generó la sanción de la ley de Servicio Militar Obligatorio en nuestro país y la compra de muchas naves militares. Esa visita, que culminó con el almuerzo en el Pabellón, tuvo una recorrida por los barrios de Balvanera, Caballito, Flores y Belgrano, para terminar en Palermo.
El Pabellón de los Lagos fue demolido en 1929. En el año anterior allí había funcionado una colonia de vacaciones para chicos con problemas mentales y un dispensario municipal para atender enfermedades venéreas. Pero ese terreno se necesitaba para instalar el Jardín Español o Patio Andaluz que aún existe.
Esa «Glorieta Andaluza» fue donada por el Ayuntamiento de Sevilla #a la gloriosa y opulenta Ciudad de Buenos Aires#, como expresaron los españoles. Igual, en torno al Pabellón quedaron mitos. Algunos afirman que, en 1914, allí actuó el estadounidense Oliver Hardy, el famoso gordo del dúo que luego formaría con Stan Laurel, quien en 1915 también anduvo por aquí. Sin embargo «El Gordo#, quien todavía no conocía a «El Flaco#, actuó en el Pabellón de las Rosas, otra construcción que estaba en Tagle y Avenida del Libertador, también demolida en 1929. Pero esa es otra historia.
El edificio parecía un decorado de exposición universal. Grandes ventanales, estructura metálica liviana, terrazas abiertas hacia el espejo de agua. Algunos historiadores señalaron su parentesco estético con el Royal Pavilion en Brighton, aunque en versión porteña y más sobria.
No tenía simbolismo religioso: las medias lunas eran puro exotismo ornamental. Buenos Aires jugaba a experimentar. Quería modernidad, pero también espectáculo.
El entorno estaba pensado como una escenografía viva. El Rosedal aún no tenía el actual Patio Andaluz. Lo que hoy es paseo turístico fue antes salón diplomático.
El centro social del Palermo elegante
El Pabellón no era solo lindo. Era estratégico. Funcionaba como confitería, restaurante y salón de eventos.
Allí se organizaron banquetes oficiales y recepciones diplomáticas. En 1902, cuando el crucero estadounidense Atlanta llegó en misión diplomática, su almirante fue agasajado en el Pabellón. Entre los asistentes estuvo el presidente Julio Argentino Roca.
En 1903, delegaciones chilenas también fueron recibidas allí. El mensaje era claro: esta era la Buenos Aires civilizada, moderna y hospitalaria que el país quería mostrar al mundo.
Palermo no era todavía el barrio gastronómico y turístico actual. Era parque aristocrático, paseo dominical, vitrina del Estado nacional.
El declive y la demolición
Pero la ciudad cambia, y cambia rápido.
Hacia fines de la década de 1920, el Pabellón ya no tenía el brillo original. Fue utilizado como colonia de vacaciones para niños con problemas de salud y como dispensario municipal. El glamour se diluía.
En 1929, el terreno fue destinado al Patio Andaluz, espacio donado por el Ayuntamiento de Sevilla. El Pabellón fue considerado prescindible y demolido.
En nombre de una nueva estética, desapareció otra.
Arqueología urbana: lo que quedó bajo el césped
No quedaron estructuras visibles. No hubo rescate patrimonial. Solo fotografías, crónicas y memoria.
Sin embargo, el episodio revela una constante de la historia porteña: la ciudad construye, exhibe, abandona y reemplaza. Palermo es un laboratorio de esa lógica.
Donde hubo pabellón oriental, hoy hay senderos turísticos. Donde hubo banquetes diplomáticos, hoy hay runners, influencers y parejas sacando fotos.
Palermo ayer y hoy
En 1901, Buenos Aires era una capital en expansión, optimista, europea en su aspiración.
En 2026, la ciudad enfrenta otros debates: preservación patrimonial, uso del espacio público, memoria urbana, turismo masivo, crisis económica, transformación inmobiliaria. Palermo sigue siendo escenario simbólico.
El pasado aristocrático convive con food trucks, festivales y ferias. La postal cambió, pero la tensión entre estética, poder y espacio público permanece.
Una joya perdida, una pregunta abierta
El Pabellón de los Lagos fue más que un edificio. Fue síntesis de una época en la que Buenos Aires quería mostrarse como potencia cultural emergente.
Su demolición también cuenta algo: la ciudad siempre sacrifica algo en nombre de lo nuevo.
La arqueología urbana no excava solo tierra. Excava decisiones políticas, prioridades estéticas y olvidos colectivos.
Y mientras los rosales florecen cada temporada, el eco de aquella estructura de hierro y vidrio parece susurrar una pregunta incómoda:
¿Cuántas otras joyas perdidas caminan invisibles bajo nuestros pies en Palermo?
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Buenos Aires se mostraba como una ciudad que quería codearse con las grandes capitales del mundo.
En aquellos primeros años del siglo XX, Buenos Aires se mostraba como una ciudad que quería codearse con las grandes capitales del mundo. El puerto bullía de barcos cargados de inmigrantes que traían sus sueños desde Italia y España, y las avenidas empezaban a ensancharse con la mirada puesta en París como modelo. Palermo, con sus bosques recién diseñados, era un espacio de modernidad y elegancia, pensado para el paseo dominguero y las reuniones de la alta sociedad porteña.
Mientras en el centro se levantaban edificios de estilo francés, en los barrios humildes crecían los conventillos, con el bullicio de lenguas mezcladas y el tango asomando tímidamente desde los patios. El tranvía eléctrico ya circulaba desde 1908, uniendo zonas que antes parecían distantes, y la ciudad respiraba una mezcla de lujo y precariedad, de salones fastuosos y arrabales polvorientos.
En ese clima de transformaciones, el Pabellón de los Lagos fue un símbolo de esa Buenos Aires que quería mostrarse refinada y cosmopolita, pero sin perder el espíritu festivo del río y de los parques. Allí se encontraban políticos, diplomáticos y familias tradicionales, mientras a pocas cuadras los organitos callejeros hacían bailar a los pibes de pantalones cortos.
La ciudad era un escenario de contrastes: la opulencia de los banquetes en Palermo convivía con las luchas obreras que ya se hacían sentir en Plaza Once o en Barracas. Y así, entre rosas, góndolas y confiterías, Buenos Aires iba moldeando su identidad de metrópoli moderna, con el Pabellón de los Lagos como una postal de aquel tiempo perdido, demolido en 1929 pero todavía vivo en la memoria de los bosques porteños.