Costanera Norte
Carritos de la Costanera: Contacto directo con el Río
Ubicación: Av. Costanera 4100, (también llamada Avenida Rafael Obligado)
A continuación otro de los mayores atractivos de la zona, son la presencia de los más clásicos y renombrados restaurantes porteños que ofrecen gran variedad gastronómica como parrillas, comidas internacionales, restaurantes de jerarquía, comida española y comidas al paso.

Estos restaurantes son habitúe de muchos famosos que gustan encontrarse en esta zona ribereña.
Aunque en contraste existen también los famosos carritos de vendedores ambulantes que ofrecen típica comida Argentina. Una experiencia distinta, que vale la pena probar. Para los turistas o viajeros, los carritos semejan a los «foodtracks» de Nueva York pero en su versión porteña, con el río más ancho del mundo de fondo y la más típica comida argentina: choripanes y sándwich de bondiola o asado acompañados de riquísimas salsas caseras que cada carrito sirve para sus clientes.
La Avenida Costanera Norte es una arteria vial de la ciudad de Buenos Aires, que comienza en el barrio de Recoleta, atraviesa el barrio de Palermo hasta llegar a la Ciudad Universitaria.
Es una extensa avenida arbolada de anchas veredas peatonales, bordeando el Río de la Plata, en la cual se puede pescar, pasear y contemplar una bella vista de la ciudad, con sus torres construidas en las barrancas. Es la única avenida de la ciudad que da directamente a la costa ya que fue construida sobre terrenos ganados al río mediante el relleno artificial a partir del año 1923.

Se puede disfrutar de un paseo al aire libre a lo largo del cual se puede tener contacto directo con el Río, la vista panorámica de la costa y sus barcos que navegan a diario.

Esta fila de restaurantes con sabor a nostalgia se encuentra en la zona de la Costanera, una franja de tierra que bordea el Río de la Plata y que es cruzada por una avenida. Precisamente sobre esta arteria se encuentran un puñado de locales de grandes dimensiones y amplia capacidad que han sido buenos cómplices de muchas historias de familias y amigos, de parejas y amantes.

Se preguntarán porque si se trata de un conjunto de restaurantes se los llama «carritos«. Lo cierto es que esta historia comenzó cuando hace muchos años el paseo de la Costanera comenzó a mutar y entonces se instalaron algunos carritos con ruedas que invitaban a saborear delicias locales, en especial el famoso asado argentino.

Estos puestos fueron creciendo y pronto dejaron sus ruedas para transformarse en importantes restaurantes que transformaron el lugar en un importante foco gastronómico de la ciudad.
Muchos de estos lugares llevan años en pie y sus nombres se han vuelto famosos. Incluso han instalado algunas costumbres muy propias, como Los Platitos, que invita a saborear deliciosos cortes de carne desde su mítica barra metálica. Este es quizá uno de los restaurantes más visitados debido a la calidad de sus productos y al entrenado personal que se ocupa de servir las mesas.

Esa magia se ha ido perdiendo de la mano del crecimiento de otros focos gastronómicos como la zona de Palermo Viejo o Las Cañitas y si bien hoy los carritos no son la explosión de sabores y encuentros que fueron en los años `60 y `70 aún conservan algo de la magia de siempre.
Carritos de la Costanera
La avenida recorre la costa norte del Río de la Plata dentro de la ciudad de Buenos Aires. Es la única avenida de la ciudad que da directamente a la costa, y fue construida sobre terrenos ganados al río mediante el relleno artificial a partir de 19231 y a lo largo de la década de 1930, usando tierra sacada, por ejemplo, de la excavación del túnel de la línea B de subterráneo. En la colocación de la “piedra fundamental”, el 14 de abril de 1926, estuvieron presentes el Presidente Marcelo T. de Alvear y el Intendente Municipal, Carlos Noel.
Es el paso obligado para los pasajeros que quieran abordar los aviones del Aeroparque Jorge Newbery, y a lo largo de su amplia vereda que da a la ribera, es común que practiquen los pescadores. Varios metros adentradas en el Río de la Plata se encuentran las tomas de agua que abastecen Buenos Aires.
Recibe el nombre de Rafael Obligado (1851 – 1920), quien fuera un escritor argentino, fundador de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
En este sector se realizaron obras durante los años 2013 y 2014 para el desplazamiento de la Avenida hacia el este, rellenando la costa.5 Más adelante se encuentra el Espigón Puerto Argentino.
El nuevo tramo de la Rafael Obligado fue construido al este de la avenida actual, sobre 40 metros ganados al río con rellenos.
Tiene 1,2 kilómetro y cuenta con seis carriles de circulación. En ese tramo se hicieron veredas más amplias, se instalaron luminarias y se construyeron nuevas barandas hacia el río y una nueva defensa costera. La obra costó 33.2 millones de pesos.
El Parque Costanera Norte fue inaugurado en 2013 con la intención de concentrar la práctica de deportes como skate, longboard, bowl skate, flatland, inline slalom, mountain, bicipolo y palestra.
El sitio está equipado con bancos y reposeras para permitir el descanso y favorecer la contemplación en un ámbito costero, provisto de vegetación nativas de árboles.
Actualmente se encuentra en construcción el nuevo Parque Costanera Norte Punta Carrasco, un espacio de más de 15.000 m², continuando la traza de la Nueva Costanera.
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Al caer la tarde, cuando el viento empieza a peinar el río y el ruido de la ciudad se apaga un poco, la Costanera vuelve a ser lo que siempre fue: un refugio sencillo, honesto y profundamente porteño para el que necesita bajar un cambio.
En los cafés, entre pocillos gastados, mesas de metal que ya vieron mil historias y medialunas que sobreviven a cualquier moda gastronómica, los vecinos hablan de todo y de nada como si el tiempo ahí tuviera otra lógica, más lenta, más humana y menos apurada.
“Acá venís a pensar mejor”, dice uno, mirando el agua marrón que parece quieta pero nunca lo está, como si el río también estuviera pensando algo que nadie termina de descifrar del todo.
Otros prefieren la caña en la mano, clavados frente al río como si esperaran algo más que un pez, como si en realidad buscaran una excusa válida para quedarse un rato más lejos del quilombo cotidiano que los persigue.
Hay algo casi ritual en esa escena: la silla plegable, el mate que va y viene, el silencio compartido con desconocidos que, sin hablar demasiado, se entienden como si fueran parte de una misma cofradía urbana.
La Costanera no es lujo ni tendencia, no responde a algoritmos ni a modas pasajeras, es tradición pura, una postal viva que resiste mientras todo alrededor cambia demasiado rápido y sin pedir permiso.
Algunos recuerdan épocas donde esto explotaba de gente, de autos y de noches interminables, otros simplemente disfrutan lo que queda, que no es poco: aire, horizonte, río y cierta sensación de libertad difícil de encontrar en otro lado.
Porque ver el río, aunque sea un rato, aunque sea de pasada o con el tiempo justo, ordena la cabeza de una forma que ni el descanso ni el celular logran hoy en día.
Te pone en eje sin pedirte esfuerzo, te baja del ruido mental que te come durante la semana y te recuerda que hay algo más allá de la rutina que te encierra.
Y eso, en este contexto donde todo es velocidad, ansiedad y consumo, vale más que cualquier experiencia premium con nombre en inglés y luces de neón.
Los pibes sacan fotos buscando capturar algo que todavía no terminan de entender, los grandes miran en silencio y los viejos recuerdan en voz baja lo que ya no está.
Y en ese cruce de generaciones, donde nadie tiene del todo la razón pero todos tienen algo para decir, la Costanera sigue viva como un punto de encuentro que no necesita marketing.
No por lo que fue, que fue mucho, sino por lo que todavía logra: juntar gente sin pedir nada a cambio, sin filtros, sin reservas y sin condiciones.
Un choripán con grasa que cae, una charla sin apuro, una línea al agua esperando algo que tal vez nunca llegue pero igual vale la pena.
No hace falta mucho más cuando el contexto acompaña y el río hace lo suyo con esa presencia silenciosa que siempre estuvo ahí.
Quizás por eso, cada vez que alguien vuelve, aunque haya pasado años sin pisarla, dice lo mismo con una mezcla de sorpresa y certeza: “Esto no lo tiene ningún otro lugar”.
Y no es nostalgia barata ni romanticismo exagerado, es algo más profundo, más difícil de explicar con palabras simples.
Es identidad, es pertenencia, es una forma de habitar la ciudad sin que la ciudad te devore por completo.
Es Buenos Aires mirando al río, como siempre debió hacerlo, aunque muchas veces haya decidido darle la espalda sin entender lo que estaba perdiendo.









