Asturianos en un pueblito de Córdoba. Por Tuche Riesco.

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Iba a cumplir cuatro años cuando la larga enfermedad de mamá cambió nuestra rutinaria vida. Todo comenzó con la pérdida de su embarazo. La atendieron en Río Cuarto pero hubo complicaciones y durante muchos meses se sucedieron tratamientos infructuosos y periódicas internaciones. Papá encontró una gran ayuda en nuestra vecina, doña Antonia Carpera, que cuidó de Mariana y de mí. Pasaron los meses, finalmente dieron un diagnóstico: “fiebre de Malta”, Fue uno de los primeros casos de brucelosis registrados en la zona; con la atención adecuada se recuperó y a principios de 1940 regresó a casa.
En este infortunio las muestras de solidaridad abundaron, la de Antonia se destacó. Mamá encontró una segunda madre, mi hermana y yo una abuela; sus hijos fueron los “tíos postizos” que nos mimaron e hicieron llevadera la obligada separación.
Era como las abuelas de los libros de cuentos. Bajita, peinada con rodete, vestida de negro. Vivía cerca, junto al camino, frente a un espeso cañaveral que detenía el avance del médano. Entre las cañas se veía una cruz de hierro que siempre tenía flores frescas. Curiosa, pregunté si eso era un cementerio. Por el tono y la escueta respuesta —“Ahí murió uno de los hijos de Antonia”— entendí que no habría otras aclaraciones.
No tenía título de enfermera pero podía brindar primeros auxilios o atender partos cuando la comadrona del pueblo estaba atareada. Era una de las “expertas” en la cura del “empacho” —dolencia común entre los niños— y de vez en cuando comparecíamos ante la “abuela”, aunque simultáneamente mamá nos sometiera a varios días de dieta rigurosa. Unos suaves masajes en el estómago, unos leves pellizcos en la espalda, unos rezos y a los tres días estábamos bien.
Papá sostenía que el milagro lo producía la dieta estricta. Mi madre replicaba con un refrán de su tierra: “Dios podía mover el carro, pero pedía que lo tiraran”.
Años después, cuando nacieron mis hermanos, Antonia ya no estaba cerca y tuvo que aceptar otro método, el de la señora de Meneses. Apoyaba sobre el estómago del “paciente” una cinta de color violeta —bendita porque había tocado la imagen del Cristo— y, mientras rezaba, “medía” tres veces la distancia entre el codo y la punta de los dedos. El primer día no alcanzaba; al tercero —como por arte de magia—la contenía exactamente y el paciente estaba curado.
Esta familia tenía un palomar y, mientras “curaban” a mis hermanos, me acercaba y observaba las palomas. Iban y venían y, mi fantasía las convertía en palomas mensajeras que regresaban y partían llevando noticias. La realidad era diferente: “Las crían para preparar polenta con pajaritos —explicaba mamá—. Son muy sabrosas”. Me enojaba. Verdad o mentira, eso me parecía muy cruel.

Mi madre volvió a casa a principios de 1940 y poco a poco mejoró completamente. Su nueva ayudante, Vicenta Oviedo, colaboró con su cariño y su alegría.
Mis padres reanudaron las visitas a los vecinos, en general eran ceremoniosas. Sin embargo, con los más cercanos se prescindía de tanta formalidad y menudearon los encuentros con doña Antonia Carpera y sus hijos o con los “rusos”, dos matrimonios de colonos polacos. Bautizaron a la hijita de Mateo y Margarita Pergomet, mis padres fueron los padrinos y el festejo reunió a las cuatro familias en un almuerzo. A partir de entonces las celebraciones nos congregaron en torno a un buen asado.
Así era la sociedad de mi pueblito. Inmigrantes y argentinos de variadas generaciones confraternizaban en torno a la mesa —asado bien “criollo” y con “achuras”—. Por un rato olvidaban las rutinas y reinaba la alegría aunque de vez en cuando la nostalgia rozara a los que habían dejado atrás sus raíces.
Nuestras reuniones no eran diferentes. Llegaban los invitados, las mujeres en la cocina aprestaban fiambres y postres; los hombres, junto a la parrilla charlaban con el asador o jugaban a las bochas y cuando el aire se impregnaba con el delicioso olor de la carne asada se tendía la mesa bajo los árboles.
Terminado el almuerzo, los más jóvenes organizaban la diversión mientras los más formales como papá, Mateo Pergomet o Francisco —el hijo mayor de Antonia— tomaban mate y jugaban al truco. Eduardo Carpera traía su “victrola” y yo lo observaba arrobada. ¡Qué maravilloso aparato! Funciona a cuerda como los relojes —pensaba—, ¡con cuánta delicadeza apoya el disco de pasta en la bandeja, coloca el brazo con su brillante púa y… listo! La música brotaba y yo soñaba hasta que mi hermana, que no podía estarse quieta, me obligaba a bailar con ella.
La diversión continuaba hasta la media tarde, cuando el impostergable trabajo rural reclamaba la presencia de los mayores.

Pasó el tiempo, los lotes que ocupaban Antonia y los “rusos” se vendieron y el nuevo propietario les avisó que no les renovaría los contratos. Las tres familias comenzaron a preparar la “mudanza”. Se fueron después de recoger la cosecha y, como mudos testigos de su paso, quedaron las paredes de adobe, derruidas lentamente por el viento y la lluvia mientras la maleza invadía jardines y huertas.
En el pueblo también eran muchos los que partían hacia las grandes ciudades. Primero se iban los jóvenes y a los pocos meses el resto de la familia los seguía. El éxodo hacia los nacientes centros industriales indicaba que el país comenzaba a cambiar.
Los “rusos” volvieron a Venado Tuerto, donde vivían sus parientes. Los hijos de Antonia se quedaron en Reducción donde estaban sus hermanos Luis y Domingo; Antonia fue a vivir con una hija casada y sólo la veíamos cuando venía al pueblo.
La partida de los “rusos” me enseñó que el alejamiento y la distancia conspiran contra la amistad. Al principio hubo intercambio de correspondencia, después la vida y sus vicisitudes se impusieron, las cartas se espaciaron, finalmente cesaron y sólo quedó el recuerdo del tiempo compartido. Comenzaba a entender que alegrías y tristezas se dan la mano, que todo es perecedero y que lo único perdurable es la memoria.

Junio de 2014
Tuche Riesco