El 25 de mayo de 1900, Buenos Aires inauguró en Palermo un monumento a Sarmiento realizado por Auguste Rodin y se encontró con una figura que incomodó a buena parte del público. El parecido del rostro, la fuerza del cuerpo y la libertad del escultor desataron una polémica que llegó a los diarios y obligó a custodiar la obra. Sobre los terrenos donde había vivido Rosas, el homenaje al vencedor de la memoria oficial terminó convertido en una batalla por el arte.
Hay una parada de Palermo que merece bastante más que una fotografía desde la vereda. En la plaza Sicilia, junto al cruce de las avenidas del Libertador y Sarmiento, un hombre de bronce parece avanzar con una determinación que todavía consigue hacerse sentir entre árboles, colectivos y bocinazos. Es Domingo Faustino Sarmiento, interpretado por Auguste Rodin, el mismo escultor francés de El pensador. La obra se inauguró el 25 de mayo de 1900 y su aparición pública abrió una discusión feroz: parte de la sociedad porteña esperaba reconocer al prócer y se encontró con una imagen que le resultaba extraña, excesiva y hasta desagradable.
El lugar agrega una segunda historia, tan intensa como la primera. En ese sector estuvo la residencia de Juan Manuel de Rosas, enemigo político de Sarmiento. A pocos pasos se levanta hoy el Monumento de los Españoles y, en diagonal dentro de este escenario de memorias enfrentadas, aparece el monumento ecuestre a Rosas. Para quien recorre Palermo con algo de curiosidad, el cruce funciona como una discusión argentina que quedó distribuida entre pedestales: basta caminar unos metros para cambiar de protagonista y de versión del pasado.
Un 25 de mayo que terminó en controversia
La ceremonia formó parte de los festejos patrios de 1900. Después del tradicional tedeum en la Catedral Metropolitana, la inauguración trasladó la atención hacia los jardines de Palermo. Participó el presidente Julio Argentino Roca y hubo un importante despliegue cívico y militar. El Estado homenajeaba a un expresidente y, al mismo tiempo, exhibía una obra encargada a uno de los grandes nombres de la escultura europea. Estaban dadas las condiciones para una celebración solemne, de esas en las que parece que todo viene resuelto antes de que empiecen los discursos.
Pero el bronce trajo un problema que ningún protocolo podía ordenar. El Sarmiento de Rodin se apartaba de la imagen reconocible y tranquilizadora que muchos esperaban encontrar sobre el pedestal. La controversia se concentró especialmente en la cabeza: los rasgos no parecían reproducir con fidelidad el rostro conocido del sanjuanino. Aquello que debía confirmar una imagen compartida del prócer terminó provocando preguntas, rechazo y críticas que pronto ocuparon las páginas de los diarios. La inauguración había presentado una escultura; Buenos Aires empezó a discutir qué derecho tenía el artista a interpretar a un personaje nacional.
Conviene detenerse en ese punto porque ahí está el nervio de la historia. Una parte del público juzgaba el monumento como si la semejanza física fuera la principal prueba de su calidad. Si no se parecía lo suficiente, el homenaje fallaba. La defensa de Rodin, en cambio, abría otra posibilidad: que una escultura transmitiera carácter, energía y presencia sin funcionar como una fotografía pasada al bronce. El choque atravesó a personas del propio ambiente cultural, donde tampoco existía una opinión única sobre lo que acababa de instalarse en Palermo.
Los defensores del prócer también podían enojarse
La polémica desarma una lectura demasiado cómoda: estar a favor de homenajear a Sarmiento no significaba aceptar cualquier representación suya. Incluso quienes admiraban al personaje podían sentirse defraudados frente a la obra. Miguel Cané, uno de los impulsores del homenaje, le escribió a Rodin apenas dos días después de la inauguración. En esa carta reconocía que seguía abierta una batalla de opiniones y expresaba su propia decepción inicial al ver la estatua. La controversia, por lo tanto, también se metía dentro del grupo que había promovido el monumento.
Entre quienes defendieron la obra estuvo Eduardo Schiaffino, fundador y primer director del Museo Nacional de Bellas Artes. Del otro lado intervino Paul Groussac, director de la Biblioteca Nacional. La discusión tenía nombres, argumentos y espacios de publicación; iba bastante más allá de una reacción pasajera de los asistentes al acto. El prestigio internacional de Rodin tampoco alcanzaba para cerrar el asunto. Buenos Aires podía admirar a Francia y, llegado el momento, indignarse porque un francés había modelado a Sarmiento con una libertad que no esperaba concederle.
Llamar “gorilas” a quienes protestaron puede servir hoy como ironía porteña, pero trasladar esa categoría política a 1900 confundiría épocas y protagonistas. Lo que sí aparece con claridad es una resistencia a aceptar una imagen del prócer que rompía con las expectativas. Había sectores dispuestos a celebrar el homenaje mientras el homenaje respetara el rostro que ya llevaban en la cabeza. El artista les había cambiado el libreto y el disgusto fue considerable.
Una obra de arte con custodia policial
La intensidad del conflicto puede medirse con un dato concreto: durante los ocho días posteriores a la inauguración, la escultura tuvo custodia policial. Así lo registra el Museo Nacional de Bellas Artes en su publicación dedicada a Rodin. La discusión estética había alcanzado un grado de hostilidad suficiente como para que se protegiera el monumento ante posibles agresiones. En Palermo acababan de colocar una obra de uno de los grandes escultores de su tiempo y hubo que cuidarla de las reacciones que despertaba.
Ese episodio cambia la manera de mirar el bronce. Hoy podemos pasar frente a él con la tranquilidad de quien reconoce un elemento antiguo del paisaje, casi una pieza natural del parque. Sin embargo, su llegada fue conflictiva. La ciudad tuvo que acostumbrarse a esa presencia, discutirla y convivir con ella. La permanencia terminó haciendo su trabajo: aquello que había parecido inadmisible pasó a integrar el patrimonio porteño, aunque muchos vecinos desconozcan el escándalo que acompañó su nacimiento.
Sarmiento sobre el territorio de Rosas
El pedestal tampoco estaba colocado en un terreno políticamente inocente. La quinta de Palermo de San Benito había sido residencia de Rosas y sede del gobierno bonaerense. Después de su derrota en Caseros, el 3 de febrero de 1852, sus propiedades fueron declaradas de pertenencia pública. Con los años, aquel territorio se transformó en el gran paseo que conocemos. El nombre Parque Tres de Febrero conserva, precisamente, la fecha de la batalla que puso fin a su poder. Hasta el nombre del parque participa de la disputa.
La casona fue demolida en 1899 y, al año siguiente, se inauguró el monumento a Sarmiento en ese sector. La sucesión tuvo una potencia simbólica evidente: desaparecía la residencia de Rosas y se levantaba la figura de uno de sus adversarios más encarnizados. Esa operación permite hablar de una imposición de Sarmiento sobre Rosas en el paisaje público, entendida como una decisión sobre qué recordar, qué borrar y a quién concederle un lugar visible dentro del relato nacional.
Para el visitante, esa historia vuelve insuficiente una descripción que se limite a señalar autor, fecha y materiales. Debajo de la belleza del parque hay decisiones de poder. Hubo edificios que dejaron de existir y figuras que fueron elevadas para ocupar su lugar en la memoria. El monumento a Sarmiento puede contemplarse como una obra de Rodin y, al mismo tiempo, como parte de esa transformación política del territorio.
El otro combate que aparece en la base
Al acercarse conviene bajar la mirada. La figura de Sarmiento está realizada en bronce, sobre una base de piedra y mármol de Carrara, y en el frente del pedestal aparece un relieve de Apolo. La descripción patrimonial de la Ciudad lo presenta como símbolo de la luz y de la ciencia, avanzando mientras la serpiente Pitón, asociada con la ignorancia, se retuerce y desaparece en la oscuridad. En la parte posterior se encuentra una interpretación del escudo nacional.
Esa escena amplía el mensaje del conjunto. El homenaje vincula a Sarmiento con la educación y con una idea de progreso que se representa como victoria de la luz sobre las tinieblas. Dentro del antiguo territorio de Rosas, semejante alegoría adquiere una carga política particular. Es una lectura del pasado puesta en mármol: la historia nacional organizada como una lucha en la que el monumento ya ha decidido quién ocupa el lugar luminoso.
También ahí está el interés de detenerse. El pedestal suele quedar relegado frente al rostro que provocó la polémica, pero ayuda a entender qué pretendía comunicar el homenaje. Mientras los porteños discutían si el bronce se parecía al sanjuanino, la base sostenía una afirmación mucho más amplia sobre el conocimiento, el poder y la manera de narrar la Argentina.
Rosas volvió a tener su lugar
La distribución actual de los monumentos demuestra que esas disputas tampoco quedaron cerradas para siempre. En 1999 se inauguró el monumento a Rosas, frente al sector de su antigua residencia. Casi un siglo después de la llegada del Sarmiento de Rodin, el antiguo gobernador obtuvo una presencia monumental propia en ese mismo cruce de Palermo. La memoria urbana había vuelto a cambiar y el paisaje incorporaba al personaje que durante décadas había quedado desplazado del homenaje oficial.
Por eso, decir que Sarmiento se impuso sobre Rosas describe una etapa de esta historia, pero el paseo de hoy permite ver las capas posteriores. Allí están ambos, separados por avenidas y por proyectos de país que siguen dando conversación. Entre uno y otro, los vecinos pasean perros, esperan para cruzar o siguen hacia los bosques. La vida cotidiana pasa por el medio de una discusión monumental sin necesidad de pedir permiso.
Una parada para mirar Palermo de otra manera
Para conocer este rincón, la propuesta es sencilla: acercarse a la plaza Sicilia, observar el Sarmiento de frente y de perfil, recorrer visualmente el pedestal y después mirar el conjunto del cruce. El Monumento de los Españoles sirve como referencia inmediata; el de Rosas permite completar la lectura histórica desde la otra vereda. Conviene hacer el recorrido por las sendas peatonales y tomarse unos minutos, porque el tránsito de la zona empuja a pasar de largo justo donde más vale la pena quedarse.
La pregunta que estalló en mayo de 1900 todavía funciona frente al bronce: ¿qué esperamos de un monumento cuando homenajea a alguien que creemos conocer? Rodin dejó en Palermo una figura que obligó a discutir esa expectativa, y la ciudad respondió con críticas, defensas y hasta policías alrededor del pedestal. Más de un siglo después, la obra sigue ahí, sobre un suelo donde antes se gobernó y después se peleó por la memoria. ¿Cuántas veces pasamos junto a ella sin mirarla? ¿Y cuántas historias del barrio empiezan, precisamente, cuando dejamos de dar por conocido lo que tenemos delante?