Fue pensado como un regalo para los festejos de 1910, pero su inauguración llegó diecisiete años después. En el camino murieron sus primeros escultores, se interrumpieron los trabajos y un naufragio hundió parte de las esculturas frente a Brasil. La historia del Monumento de los Españoles guarda una aventura que une los talleres europeos, una catástrofe marítima y la obstinación por terminar una obra que parecía condenada.
En Palermo hay un monumento que muchos vecinos reconocen desde chicos, aunque pocos conocen todo lo que ocurrió antes de que adquiriera su forma definitiva. Está en el cruce de las avenidas del Libertador y Sarmiento, donde la ciudad acelera, los colectivos siguen su recorrido y el mármol aparece entre árboles, parabrisas y semáforos. Su presencia resulta tan familiar que cuesta imaginarlo como un proyecto inconcluso, repartido entre talleres, depósitos y cargamentos. Mucho menos imaginar que una parte de su historia quedó en el fondo del Atlántico.
Su nombre formal es Monumento a la Carta Magna y las cuatro regiones argentinas, pero Buenos Aires lo incorporó a su vocabulario como Monumento de los Españoles. Esa denominación recuerda a la colectividad que lo impulsó y lo donó con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo. Detrás del conjunto hay una historia de inmigración, reconocimiento y voluntad de dejar una huella duradera en el país donde tantos españoles habían reconstruido su vida.
Lo que debía ser una celebración terminó convertido en una larga sucesión de pérdidas y contratiempos. Para comprender su desventura conviene detenerse en un detalle fundamental: el monumento completo nunca estuvo dentro de un barco. Las piezas se realizaron y trasladaron por etapas; fueron parte de las esculturas destinadas a completarlo las que naufragaron. Esa diferencia permite contar lo sucedido sin agregarle una leyenda innecesaria a una historia que ya tiene suficiente dramatismo.
Un regalo para una ciudad que quería mostrarse al mundo
En julio de 1908, una reunión en el Club Español dio impulso a la decisión de financiar un gran monumento para homenajear a la Argentina. Buenos Aires se preparaba para los festejos de 1910 y las colectividades buscaban participar de aquella puesta en escena de una nación que celebraba sus primeros cien años desde la Revolución de Mayo. La comunidad española eligió una obra de enorme ambición artística, destinada a ocupar un lugar destacado en el paisaje porteño.
El gesto tenía una complejidad particular. Los descendientes y compatriotas de la antigua potencia colonial querían homenajear al país cuya revolución había iniciado el camino de separación de España. La solución fue poner el acento en la Nación Argentina, sus instituciones y su territorio. Así, la Constitución y las regiones del país ofrecieron un lenguaje de encuentro para una relación que había atravesado guerras, rupturas y, más tarde, una intensa corriente migratoria.
Visto desde el barrio, el monumento también puede leerse como una declaración de pertenencia. Quienes habían cruzado el océano querían dejar algo que permaneciera después de ellos. La piedra y el bronce prometían esa duración: una manera de decir que la vida construida en la Argentina merecía quedar escrita en el espacio público.
Agustín Querol, el autor que no llegó a verlo
El proyecto fue confiado al escultor catalán Agustín Querol y Subirats, nacido en Tortosa en 1860. Su propuesta reunió figuras, relieves y alegorías en una composición ascendente, con la ambición de convertir ideas abstractas en cuerpos y movimiento. Querol murió en Madrid en 1909, antes de poder concluir el encargo porteño.
La muerte del creador obligó a continuar el proyecto mediante otros artistas y responsables de taller. Cipriano Folgueras asumió la continuidad de los trabajos, pero también murió, en 1911. Dos pérdidas sucesivas habían golpeado la realización cuando todavía faltaba un largo camino para levantar el conjunto terminado en Buenos Aires.
Cuando se pregunta quién hizo el Monumento de los Españoles, el nombre de Querol sigue siendo la respuesta central por la autoría del proyecto. Su ejecución, sin embargo, exigió una tarea colectiva que sobrevivió a su creador. La obra que hoy vemos contiene esa continuidad: manos que retomaron modelos, interpretaron instrucciones y sostuvieron una empresa que ya había perdido a sus primeros responsables.
La primera piedra y una promesa todavía abierta
El 26 de mayo de 1910 se colocó la piedra fundamental con la presencia del presidente José Figueroa Alcorta y de la infanta Isabel de Borbón. Hubo autoridades, público y una ceremonia que expresó los vínculos entre ambos países. El monumento participó así del Centenario mediante un acto fundacional, mientras su realización seguía pendiente.
Aquella escena permite entender la distancia entre la promesa y el resultado. Una primera piedra tiene algo de compromiso público: señala un lugar y anuncia que allí habrá una obra. En este caso, la ciudad tuvo que esperar mucho más de lo previsto para ver cumplido ese anuncio.
Mármoles detenidos y una estatua herida por la tormenta
La continuidad del trabajo quedó en manos de colaboradores vinculados al taller de Querol, entre ellos Cerveto y el italiano Domenico Boni. La producción requería coordinar tareas entre distintos lugares de Europa y resolver, en Buenos Aires, la recepción y el montaje de piezas de gran tamaño. El traslado de los materiales era parte de la construcción misma: cada envío tenía que llegar para que el conjunto pudiera avanzar.
En 1913, una huelga en Carrara interrumpió el envío de mármol. Al año siguiente, en septiembre de 1914, una tormenta derribó el brazo izquierdo de la figura principal y lo rompió en varios fragmentos. La obra acumulaba demoras y daños antes del episodio que terminaría marcando su historia.
Es fácil hablar de un monumento “maldito” cuando los problemas se apilan de esa manera. Sin embargo, detrás de cada contratiempo había circunstancias materiales: trabajadores, canteras, talleres, embalajes y estructuras expuestas al clima. La grandeza del proyecto dependía de una cadena de tareas vulnerables. Bastaba que una se interrumpiera para que la promesa de Palermo volviera a alejarse.
El último viaje del Príncipe de Asturias
En febrero de 1916, las figuras de bronce destinadas al monumento fueron embarcadas en Barcelona a bordo del Príncipe de Asturias. Después de años de dificultades, el traslado parecía acercar la posibilidad de completar la obra. El océano separaba todavía las esculturas de su destino porteño.
El buque pertenecía a la naviera Pinillos. Había sido construido en Port Glasgow y botado en 1914; era uno de los grandes transatlánticos de la compañía. Su servicio formaba parte del sistema de comunicaciones y transporte que enlazaba Europa con América, llevando pasajeros, correspondencia y mercancías.
En esa convivencia de personas y cargamentos estaba también el monumento. Las esculturas viajaban dentro de una travesía compartida con gente que tenía otros destinos y preocupaciones. Para Palermo, aquel envío significaba una obra pública que se acercaba. Para quienes iban a bordo, el barco era parte de sus propias vidas.
La madrugada en que el mar se quedó con las esculturas
El naufragio ocurrió el 5 de marzo de 1916, frente a Ilhabela, en el litoral del estado brasileño de San Pablo. El Príncipe de Asturias se dirigía hacia el puerto de Santos cuando, durante la madrugada, con lluvia intensa y visibilidad muy reducida, chocó contra una formación rocosa sumergida en la zona de Ponta da Pirabura. Poco después quedó bajo el agua.
La explicación del hundimiento está en ese choque y en la rápida pérdida del buque. Las esculturas se fueron al fondo porque viajaban como carga en el transatlántico que naufragó. La historia documentada permite comprender la catástrofe sin recurrir a supuestos misterios sobre el peso de los bronces o una condena que persiguiera al monumento.
La Marina de Brasil consigna 445 muertos y 143 sobrevivientes como balance oficial. También menciona la posibilidad de que hubiera pasajeros clandestinos, lo que introduce incertidumbre sobre la cantidad total de personas a bordo. La cifra documentada alcanza para dimensionar la tragedia: cientos de vidas perdidas en una travesía que debía continuar hacia el sur.
Ese es el centro humano del episodio. Las esculturas perdidas hicieron que el naufragio quedara unido a un monumento porteño, pero la catástrofe fue mucho más allá de su cargamento artístico. Antes de convertirse en una anécdota sorprendente de Palermo, fue una madrugada de muerte para pasajeros y tripulantes.
Hubo que volver a hacer las piezas
La pérdida obligó a rehacer las esculturas hundidas. La investigación del historiador del arte Rodrigo Gutiérrez Viñuales identifica a Montserrat como responsable de modelar nuevas estatuas y registra la llegada de los bronces de reemplazo a Buenos Aires en 1918. El proyecto debió resolver otra vez una parte de su producción después de haberla dado por terminada y embarcada.
La imagen resulta difícil de olvidar: mientras las piezas originales permanecían sumergidas frente a Brasil, otras figuras comenzaban a ocupar su lugar en el futuro monumento. La obra de Palermo pudo continuar porque hubo que aceptar la pérdida y volver al taller.
Por eso conviene mirar sus bronces con otra atención. Su presencia forma parte de una reconstrucción. Detrás de las figuras que llegaron a incorporarse al conjunto existe una ausencia que no se ve desde la avenida: la de aquellas esculturas cuyo viaje terminó antes de alcanzar Buenos Aires.
Cuando llegar a puerto tampoco era llegar a destino
La historia de las demoras incluyó trámites aduaneros, piezas deterioradas y trabajos que seguían pendientes. Incluso en 1926, cuando parecía posible realizar la entrega el 12 de octubre, la falta de terminación de las veredas y los problemas en las instalaciones de agua y luces volvieron a frustrar la fecha prevista.
Hay algo reconocible para cualquier porteño en esa última parte de la aventura. Después del océano y del naufragio, quedaban expedientes, conexiones y obras alrededor del monumento. La épica de los grandes homenajes también depende de que alguien termine una vereda y consiga que el agua circule donde corresponde.
Finalmente, la inauguración se realizó el 25 de mayo de 1927, durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear. Habían pasado diecisiete años desde el Centenario para el cual se había concebido el regalo.
Qué cuenta el monumento cuando se lo mira despacio
El conjunto está coronado por la figura de la República. En su composición aparecen grupos y alegorías vinculados con el trabajo, la paz, la justicia y la agricultura; el basamento incorpora un fragmento del Preámbulo de la Constitución. La ficha patrimonial nacional reconoce, además, influencias del art nouveau en la obra.
Las cuatro regiones que dan nombre al monumento son Los Andes, El Plata, La Pampa y El Chaco. Son representaciones simbólicas del territorio argentino, integradas a un homenaje que buscaba reunir la idea de República con una imagen de sus paisajes y recursos.
Para recorrerlo desde la mirada de Palermo Tour Ciudad, vale la pena dedicarle más tiempo del que concede una fotografía rápida. Observar la figura superior, bajar hacia los relieves y seguir las diferencias entre el mármol y el bronce permite descubrir cómo está construida la narración. Las esculturas parecen pertenecer a un mismo instante, pero su realización estuvo repartida entre años, países y sucesivos responsables.
Una figura logró salir del fondo del mar
La historia tuvo todavía otro capítulo: en 1991 fue recuperada una de las esculturas originales hundidas, una figura descrita como una ninfa de aproximadamente dos metros. El rescate demostró que aquel cargamento perdido podía volver a ofrecer una presencia material, mucho después de que sus reemplazos hubieran sido incorporados al monumento.
La ficha publicada por el Estado argentino registra a la pieza rescatada bajo custodia en la Base Naval de Ilha das Cobras, en Río de Janeiro, a la espera de concretarse su donación. Ese registro conserva un vínculo entre la obra porteña y la escultura que no consiguió llegar durante su viaje original.
Una figura que sale del mar también cambia la manera de contar el pasado. El naufragio deja de ser solamente una fecha y un nombre de barco: adquiere volumen, superficie y marcas. Algo que fue modelado para ser visto en Buenos Aires reaparece como testimonio de la travesía interrumpida.
Palermo también se recorre con sus ausencias
El Monumento de los Españoles permite practicar un turismo que empieza por mirar otra vez lo conocido. Para el vecino que pasa habitualmente por Libertador y Sarmiento, conocer esta historia modifica el paisaje. La próxima vez, entre el tránsito y los árboles, ese conjunto tendrá también un barco, una costa brasileña y unos talleres europeos detrás.
Su permanencia puede leerse como el resultado de una obstinación colectiva. El proyecto sobrevivió a sus primeros escultores, a los daños, al naufragio y a las sucesivas demoras. Cada etapa exigió que alguien retomara una tarea pendiente, hasta que el homenaje consiguió encontrar su forma en Palermo.
La ciudad conserva monumentos que parecen inmóviles, aunque sus historias estén llenas de viajes. Este es uno de ellos: una obra que guarda, junto a lo que llegó, el recuerdo de lo que se perdió. Cuando volvamos a pasar por esa esquina, ¿miraremos solamente el mármol que se eleva sobre la avenida? ¿O podremos imaginar también a quienes hicieron, transportaron y reconstruyeron las figuras, y a las personas cuyo último viaje quedó unido para siempre a esta historia de Palermo?