Mate, bizcochitos, mantas y largas conversaciones frente al lago forman parte de una costumbre que vuelve con fuerza cuando se acerca la primavera. No hace falta viajar demasiado: miles de vecinos hacen turismo dentro de su propia ciudad y convierten los Bosques de Palermo en un enorme comedor al aire libre.
Hay una manera profundamente argentina de pasar la tarde que no necesita reservas, cubiertos de plata ni una cuenta imposible de pagar. Alcanza con una manta, un termo, un mate, un paquete de bizcochitos y algunos amigos dispuestos a conversar sin mirar demasiado el reloj. Esa sencilla ceremonia puede observarse alrededor del lago del Rosedal, donde distintos grupos ocupan el césped y, sin conocerse entre sí, parecen participar de una misma celebración.
Unos llegan con una manta preparada especialmente para la ocasión. Otros extienden una campera, acomodan las mochilas como respaldo y arman el campamento con lo que tienen. Aparecen las galletitas, los sándwiches, la fruta, una torta casera o aquello que sobrevivió al viaje en tren, colectivo o bicicleta. El mate pasa de mano en mano y la tarde encuentra su propio ritmo.
No hay un organizador ni una invitación general, pero todos hacen más o menos lo mismo. Cada grupo conserva su conversación y, al mismo tiempo, forma parte de una escena colectiva. Visto desde lejos, parece una especie de religión civil porteña: reunirse sobre el pasto, compartir comida y declarar, durante unas horas, que la vida también puede transcurrir sin comprar una entrada.
¿De dónde viene la palabra pícnic?
La palabra correcta en español es pícnic, con tilde. Según la Real Academia Española, llegó a nuestro idioma desde el inglés picnic, tomado a su vez del francés pique-nique. Su definición es directa: una excursión realizada para comer o merendar sentados en el campo, o la propia comida campestre.
El término francés comenzó a circular durante el siglo XVII. Su origen exacto no está completamente resuelto, aunque tradicionalmente se lo relaciona con piquer, en el sentido de picar o tomar pequeñas porciones, y nique, una cosa pequeña o de escasa importancia. En sus primeros usos no necesariamente describía una comida sobre el césped: podía referirse a un encuentro en el que cada participante aportaba comida, bebida o una parte del gasto.
Con el tiempo, aquella comida compartida salió de los salones y restaurantes para instalarse en jardines, parques y campos. Durante los siglos XVIII y XIX, el pícnic se convirtió en una forma de sociabilidad y esparcimiento. La canasta, el mantel y la comida fácil de transportar terminaron conformando la imagen clásica que luego viajó por el mundo.
Por lo tanto, el pícnic no tomó su nombre del Rosedal de Palermo. La palabra existía varios siglos antes de que se construyera el jardín porteño. Lo que sí hizo Buenos Aires fue apropiarse de la costumbre, adaptarla al mate y convertir los Bosques de Palermo en uno de sus escenarios más reconocibles.
El gran picnic porteño de la primavera
La relación entre el Rosedal, los estudiantes y la llegada de la primavera forma parte de la memoria de varias generaciones. Cada 21 de septiembre, los Bosques de Palermo se transformaron históricamente en uno de los principales lugares de encuentro de los jóvenes. Hubo épocas de multitudes compactas, recitales, juegos, radios portátiles y viandas preparadas desde temprano; otras temporadas resultaron más tranquilas, pero la tradición logró sobrevivir.
La celebración desborda los límites estrictos del jardín de rosas. Cuando los porteños dicen “vamos al Rosedal”, muchas veces se refieren a una zona más amplia de los Bosques de Palermo: las orillas de los lagos, Plaza Holanda y los grandes espacios verdes que rodean el paseo. Allí se reproduce cada año esa postal de mantas, mochilas, termos y grupos sentados en ronda. La asociación entre el Día de la Primavera y los Bosques de Palermo es una tradición porteña reconocida desde hace décadas.
El Rosedal fue diseñado por el ingeniero agrónomo Benito Carrasco e inaugurado en 1914 dentro del Parque Tres de Febrero. Su paisaje de rosales, pérgolas, puentes y agua ayudó a que el entorno se convirtiera en un sitio ideal para pasear, encontrarse y quedarse durante horas. Actualmente es uno de los lugares más visitados de los Bosques de Palermo y su acceso es gratuito.
Hacer turismo sin abandonar Buenos Aires
No todo turismo exige valijas, hoteles o aeropuertos. Un vecino puede tomar el tren desde otro barrio o desde el conurbano, bajarse cerca de Palermo y viajar durante una tarde hacia un paisaje diferente. El destino puede encontrarse a pocos kilómetros de su casa, pero el cambio de escenario, de sonidos y de ritmo produce igualmente la sensación de haber salido de la rutina.
Ese visitante local llega con sus amigos, busca un lugar frente al lago, extiende la manta y prepara el mate. Su excursión tiene un objetivo concreto: encontrarse. Tal vez no entre al jardín, no alquile un bote ni compre nada. Sin embargo, está haciendo turismo urbano porque recorre la ciudad, descubre un espacio público y dedica tiempo a contemplarlo.
En la escena también aparecen las bicicletas, los patines y quienes caminan alrededor del lago. A veces el tránsito recreativo se entusiasma demasiado: durante esta recorrida, dos ciclistas estuvieron cerca de chocar y una de ellas se bajó bastante enojada. El episodio duró unos segundos, pero dejó una recomendación evidente: en un parque lleno de peatones, chicos, perros y grupos distraídos, la bicicleta debe circular con prudencia. La tarde está para disfrutarla, no para convertir el paseo en una etapa del Tour de Francia.
Una pequeña patria hecha de mantas
Lo más curioso del picnic del Rosedal es su carácter colectivo. Los grupos no se conocen, pero comparten ciertas reglas silenciosas: elegir un pedazo de césped, sentarse en círculo, abrir lo que cada uno trajo y dejar que la conversación haga el resto. Algunos festejan un cumpleaños; otros se reencuentran después de meses; muchos simplemente necesitaban salir de su casa.
Quizás por eso el picnic continúa vigente aunque cambien las generaciones, las modas y las formas de comunicarse. En una época gobernada por las pantallas y la velocidad, obliga a recuperar una costumbre antigua: sentarse cara a cara, convidar algo y permanecer juntos sin una finalidad productiva.
Ya cerca de la primavera, el césped que bordea el lago empieza a poblarse nuevamente. El picnic del Rosedal no nació aquí ni le dio origen a la palabra, pero Buenos Aires lo convirtió en una tradición propia. Es un turismo modesto, popular y entrañable: tomar un tren, encontrarse con los amigos y viajar hasta una manta extendida sobre el pasto.
Palermo Tour