La ceremonia donde la Argentina se mira al espejo bajo las bóvedas de la Catedral
Cada 25 de mayo, mientras Buenos Aires despierta entre banderas celestes y blancas, uniformes de gala y el eco lejano de las campanas, ocurre uno de los rituales más antiguos y simbólicos de la vida argentina: el Tedeum patrio en la Catedral Metropolitana. No es solamente una misa. Tampoco es un acto político común. Es una ceremonia donde se mezclan la liturgia católica, el protocolo republicano, la historia colonial y el pulso nervioso de un país que todavía discute qué quiere ser.
El Tedeum —del latín “Te Deum laudamus”, que significa “A ti, Dios, te alabamos”— es un himno cristiano antiquísimo de acción de gracias atribuido a San Ambrosio y San Agustín en el siglo IV. Desde los tiempos del Virreinato del Río de la Plata, esta celebración era utilizada para bendecir acontecimientos políticos importantes y legitimar públicamente a las autoridades. Cuando nació la Primera Junta en mayo de 1810, una de las primeras decisiones tomadas por el nuevo gobierno revolucionario fue ordenar un Tedeum en la Catedral de Buenos Aires para agradecer el inicio del nuevo tiempo político.
Y ahí aparece algo profundamente porteño: la política argentina, desde su nacimiento, caminando hacia la Catedral.
La ceremonia tradicional se realiza frente a Plaza de Mayo, en la Catedral Metropolitana, ese enorme templo neoclásico que parece más un palacio romano que una iglesia colonial. El edificio actual comenzó a levantarse en el siglo XVIII y terminó consolidándose en el siglo XIX, mezclando estilos españoles, italianos y franceses. Allí descansan además los restos del General José de San Martín, custodiados por los Granaderos a Caballo.
Por eso el recorrido tiene una carga simbólica enorme. El Presidente de la Nación suele salir caminando desde Casa Rosada junto a ministros, funcionarios y jefes militares. Cruza la Plaza de Mayo escoltado por Granaderos y Patricios mientras los fotógrafos buscan capturar el gesto político del día: quién saluda a quién, quién queda afuera, quién sonríe y quién aprieta los dientes. Antes de ingresar al templo, las autoridades suelen detenerse frente al mausoleo de San Martín para rendir homenaje.
Pero una vez que las puertas de la Catedral se cierran, cambia el lenguaje.
Ahí empieza la liturgia.
El Tedeum no funciona como una misa ordinaria de parroquia. Tiene un tono solemne, casi ceremonial de Estado. El órgano monumental de la Catedral —uno de los más antiguos y grandes de Sudamérica, instalado en el siglo XIX— acompaña los cantos litúrgicos mientras ingresan obispos, sacerdotes, representantes diplomáticos, jueces, militares y líderes religiosos de otros credos.
La ceremonia suele incluir:
- Lecturas bíblicas.
- Oraciones por la patria.
- Peticiones por el pueblo argentino.
- Invocaciones por la paz social.
- Un momento de acción de gracias nacional.
- La homilía del arzobispo.
Y ahí aparece el verdadero corazón político del Tedeum: la homilía.
Porque aunque formalmente es una ceremonia religiosa, históricamente los arzobispos utilizan ese momento para hablarle al poder cara a cara. Sin conferencia de prensa. Sin panelistas gritándose encima. Sin TikTok. Un micrófono, silencio absoluto y las máximas autoridades del país sentadas a pocos metros.
A veces el mensaje es conciliador. Otras veces es durísimo.
En distintos Tedeum se habló de pobreza, corrupción, violencia política, odio social, narcotráfico, desigualdad, jubilados, desempleo y fractura nacional. El arzobispo Jorge García Cuerva, por ejemplo, afirmó en el Tedeum de 2025 que “se está muriendo la fraternidad, la tolerancia y el respeto”, además de reclamar por los jubilados y los sectores excluidos.
La historia argentina está llena de momentos tensos dentro de la Catedral. Juan Domingo Perón, enfrentado con la Iglesia Católica, decidió no asistir al Tedeum de 1955, algo que quedó marcado como un hecho histórico y simbólico en plena crisis política.
Otros presidentes utilizaron el acto para enviar señales de unidad nacional. En el Centenario de 1910 participaron delegaciones extranjeras y miembros de la realeza española. En 1973, el Tedeum coincidió con la asunción de Héctor Cámpora y reunió a mandatarios latinoamericanos como Salvador Allende. En 2003, Néstor Kirchner participó junto al entonces arzobispo Jorge Bergoglio, futuro Papa Francisco.
En Buenos Aires, además, el Tedeum tiene una dimensión urbana muy particular. La Catedral, la Plaza de Mayo, el Cabildo y la Casa Rosada forman una especie de escenario ceremonial donde todavía resuenan las discusiones fundacionales de la Argentina. Ahí estuvieron los revolucionarios de Mayo. Ahí desfilaron militares, obreros, inmigrantes, sindicalistas, estudiantes y presidentes. La ciudad guarda memoria en las piedras.
Y quizá por eso el Tedeum sigue existiendo.
Porque más allá de la religión, funciona como una vieja ceremonia republicana donde la Argentina se obliga, aunque sea por una hora, a detenerse y escuchar algo distinto al ruido permanente de la pelea política diaria.
Una ciudad puede tener rascacielos, subtes, pantallas LED y redes sociales. Pero mientras un presidente siga cruzando Plaza de Mayo para entrar a la Catedral un 25 de mayo por la mañana, Buenos Aires seguirá conservando algo de aquella aldea colonial donde empezó todo.