En Buenos Aires hay vecinos que viven sobre French o cruzan Beruti todos los días sin saber que esos nombres no pertenecen a dos próceres prolijos de manual escolar. No eran figuritas sonrientes repartiendo cintitas celestes y blancas como si estuvieran en una kermés patria. Domingo French y Antonio Luis Beruti fueron tipos duros, militantes revolucionarios, organizadores callejeros y hombres dispuestos a empuñar armas para voltear un sistema colonial que se caía a pedazos.
En estos días de mayo, cuando Palermo Tour vuelve a caminar la memoria porteña entre adoquines, cafés y esquinas con apellido histórico, vale recordar que French y Beruti no fueron decoración patriótica. Fueron operadores políticos de la Revolución de Mayo. Y bastante más intensos de lo que muchos imaginan.
Los días previos: barro, conspiración y miedo
La Buenos Aires de mayo de 1810 no era una postal elegante. Era una ciudad húmeda, embarrada, con olor a caballo, grasa, velas y pólvora. Las noticias llegaban desde Europa después de meses de demora y el imperio español se estaba desmoronando porque Napoleón había invadido España y Fernando VII estaba preso.
Ahí empezó el tembladeral.
Los criollos más politizados entendieron algo fundamental: si España estaba ocupada y el rey no gobernaba, el Virreinato podía autogobernarse. Pero no todos querían eso. Había comerciantes españoles, militares realistas y burócratas coloniales que querían mantener el orden viejo. El negocio de unos pocos dependía de que nada cambiara.
French y Beruti aparecieron en ese escenario como cuadros militantes de calle. No eran filósofos de escritorio. Eran activistas. Organizaban grupos armados, presionaban políticamente y movilizaban gente en la Plaza Mayor, hoy Plaza de Mayo.
¿Quiénes eran realmente French y Beruti?
Domingo French había nacido en Buenos Aires en 1774. Era cartero, empleado público y después militar. Antonio Beruti, nacido en 1772, venía de una familia vinculada a la administración colonial. Los dos terminaron convertidos en piezas clave del grupo revolucionario más radical de la época.
Formaban parte de los llamados “chisperos”.
Y no era un apodo simpático.
Los “chisperos” eran agitadores políticos revolucionarios que encendían la chispa popular en las calles. Metían presión, organizaban grupos armados y vigilaban a los enemigos de la revolución. Algunos historiadores sostienen que actuaban casi como una fuerza parapolicial revolucionaria. No iban a tomar chocolatada al Cabildo.
Durante la Semana de Mayo se movieron con pistolas y cuchillos. Reclutaron hombres. Custodiaron accesos. Apretaron políticamente a los indecisos. Impidieron que los sectores realistas dominaran la plaza.
Muchos relatos antiguos suavizaron esto porque la historia oficial argentina durante décadas quiso mostrar una revolución elegante, casi administrativa, cuando en realidad había tensión social, amenazas, miedo y posibilidad concreta de violencia.
Las famosas cintas: ni tan blancas ni tan inocentes
La historia escolar dice que French y Beruti repartían escarapelas celestes y blancas entre la gente. El problema es que ni siquiera está del todo claro que fueran exactamente así.
Algunos documentos hablan de cintas blancas. Otros de cintas rojas y blancas. Otros sostienen que servían para identificar revolucionarios dentro de la plaza.
O sea: no era merchandising patrio. Era identificación política.
En medio del caos, necesitaban distinguir aliados de enemigos.
La revolución no era TikTok. Era supervivencia.
El 24 de mayo: el día en que casi les roban la revolución
El 24 de mayo de 1810 pasó algo decisivo y muchas veces olvidado.
Después del Cabildo Abierto del 22, donde se discutió si debía seguir gobernando el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, el Cabildo intentó una jugada política para conservar el poder español disfrazado de cambio.
¿Qué hicieron? Armaron una junta presidida… por el propio Cisneros.
Sí. El mismo virrey.
Una especie de “cambiamos todo para que no cambie nada”. Vieja tradición rioplatense.
French y Beruti explotaron de furia. Los grupos revolucionarios salieron a presionar en las calles. Hubo gritos, amenazas y movilización popular. Esa noche y durante la madrugada del 25 la ciudad fue una olla a presión.
Los chisperos recorrieron casas buscando apoyos y advirtiendo a los tibios. Se organizaron milicias urbanas y se prepararon para resistir si el Cabildo insistía con sostener a Cisneros.
Sin esa presión callejera probablemente la Revolución de Mayo terminaba en un arreglo moderado y no en la Primera Junta.
¿Eran “zurdos”, peronistas o algo parecido?
Aplicar categorías modernas a 1810 es complicado, pero hay algo bastante evidente: French y Beruti estaban del lado de una revolución popular contra una élite colonial concentradora.
Defendían la movilización política de las masas, desconfiaban de las élites comerciales españolas y creían en una transformación profunda del poder.
Si hoy caminaran Buenos Aires probablemente no serían señores de country defendiendo privilegios virreinales desde Puerto Madero. Eran tipos de calle, nacionalistas rioplatenses y enemigos del colonialismo económico.
Eso seguro.
La historia argentina tiene una costumbre curiosa: convierte revolucionarios incómodos en estampitas escolares. Les liman el carácter, les planchan las ideas y les borran el barro.
Pero French y Beruti fueron bastante más peligrosos de lo que aparece en las láminas.
Las calles French y Beruti: dos apellidos que siguen caminando Palermo
En Palermo, las calles French y Beruti atraviesan zonas elegantes, edificios modernos, cafés de especialidad y departamentos donde mucha gente pasa sin mirar las placas.
Pero esas calles recuerdan a dos hombres que caminaron una Buenos Aires infinitamente más áspera.
La calle Beruti cruza barrios donde alguna vez hubo quintas, hornos de ladrillo y terrenos inundables. French atraviesa sectores donde hoy hay diseño y gastronomía, pero hace dos siglos circulaban carretas y patrullas militares.
Y hay algo poético en esa esquina simbólica entre French y Beruti: dos nombres inseparables, dos agitadores de Mayo convertidos en coordenadas urbanas de una ciudad que a veces olvida de dónde viene.
Porque antes de ser calles, fueron hombres.
Y antes de ser próceres, fueron revolucionarios.