Viejo almacén. La palabra suena a madera gastada, a balanza de platillos, a libreta con cuentas escritas en lápiz. Y aunque hoy parece una postal romántica, lo cierto es que ese universo tenía reglas claras, números concretos y un contexto económico y social muy distinto al actual.
- Palermo no es solo presente acelerado, cafés de especialidad y vidrieras modernas: es también un territorio donde, si uno afina la mirada, todavía sobreviven huellas materiales de aquel mundo de almacenes, despensas y despachos de bebidas. No hablamos de ruinas arqueológicas en el sentido clásico, sino de “arqueología urbana viva”: fachadas, esquinas, locales reciclados y estructuras que todavía respiran algo de ese pasado comercial barrial. Caminar Palermo con esa lógica es como leer un palimpsesto: debajo de cada cartel nuevo, hay una historia vieja que insiste.
- En la esquina de Honduras y Acuña de Figueroa todavía se reconocen líneas arquitectónicas típicas de antiguos comercios de cercanía, con entradas angostas y fondo largo.
Sobre calle Honduras, varios locales conservan persianas metálicas y molduras que delatan su pasado como almacenes reconvertidos.
En Cabello y Lafinur funcionó uno de esos clásicos almacén con despacho de bebidas, hoy transformado pero aún legible en su estructura.
La esquina de Ugarteche y Cerviño conserva la lógica de esquina social, donde supo haber un despacho de bebidas frecuentado por vecinos.
En las inmediaciones del Parque Las Heras todavía sobreviven construcciones bajas que remiten a comercios de mediados del siglo XX.
Sobre Avenida Las Heras pueden rastrearse antiguos locales que fueron despensas de mayor escala en zonas de mayor poder adquisitivo.
En Palermo Viejo, especialmente en pasajes y calles menos intervenidas, aparecen fachadas con azulejos y marcos originales.
Algunas construcciones sobre calle Guatemala mantienen proporciones típicas de comercios de principios del siglo XX.
Ciertas ochavas en calle Gascón permiten imaginar la lógica de atención al público desde el mostrador a la calle.
Y en rincones dispersos del barrio, donde hoy hay bares o tiendas, todavía asoman las huellas de un Palermo que no vendía experiencias: vendía lo justo, lo necesario y lo cotidiano.
Para entenderlo hay que situarse entre las décadas de 1930 y 1970 en la Ciudad de Buenos Aires. En ese período, según datos del antiguo Censo Comercial y relevamientos municipales, más del 70% del abastecimiento de alimentos en barrios como Palermo, Almagro o Caballito se realizaba a través de pequeños comercios de cercanía: almacenes, despensas y despachos de bebidas. No existían supermercados como los conocemos hoy —el primero en Argentina abrió recién en 1951— y su expansión masiva no se dio hasta finales de los años 70.
Los almacenes eran, en términos económicos, unidades comerciales familiares de baja escala. Generalmente atendidos por inmigrantes españoles e italianos, funcionaban con márgenes ajustados y alta rotación diaria. No había stock excesivo: la lógica era vender rápido, reponer seguido y trabajar con proveedores mayoristas del Mercado Central o distribuidores barriales.
El sistema de venta era fraccionado. Según registros de precios históricos del Banco Central, durante la década del 40 una familia trabajadora destinaba entre el 40% y el 60% de sus ingresos a alimentos. Eso obligaba a comprar en pequeñas cantidades: 100 gramos de yerba, medio kilo de harina, unos pocos centavos de azúcar. El famoso papel de estraza no era un detalle pintoresco: era una necesidad económica y logística.
Los productos disponibles también reflejaban una Argentina menos industrializada. La oferta de alimentos enlatados era limitada porque la industria conservera nacional recién se estaba desarrollando. Por ejemplo, el corned beef —muchas veces importado o producido por frigoríficos ligados a la exportación— era considerado un producto relativamente accesible pero no cotidiano. Las sardinas españolas dominaban el mercado porque la producción local era insuficiente.
La falta de refrigeración masiva es otro dato clave. La heladera eléctrica comenzó a difundirse recién en los años 50 y no era accesible para todos. Por eso, los fiambres se colgaban en fiambreras de alambre y se consumían rápido. La cadena de frío, tal como la conocemos hoy, simplemente no existía.
En cuanto a las bebidas, el consumo estaba fuertemente marcado por la producción nacional. Datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura muestran que Argentina tenía uno de los consumos de vino per cápita más altos del mundo: en los años 60 superaba los 80 litros anuales por persona. El vino común dominaba el mostrador, mientras que bebidas como el whisky o el coñac eran importadas y quedaban reservadas a sectores de mayor poder adquisitivo, lo que explica su presencia en despensas más que en almacenes.
Las despensas, justamente, representaban otro escalón socioeconómico. Eran comercios más grandes, con mayor capital y acceso a productos importados o de mejor calidad. Muchas formaban parte de cadenas comerciales —como las Grandes Despensas Argentinas— que anticipaban, en cierta forma, el modelo de supermercado. Allí ya se vendía por volumen, no por centavos, y el cliente tipo era de clase media consolidada o alta.
Por su parte, los despachos de bebidas cumplían una función social además de comercial. No eran solo lugares para tomar: eran espacios de sociabilidad masculina. En una época en la que el ocio estaba menos institucionalizado, estos locales funcionaban como clubes informales. Se jugaba a las cartas, se discutía de política, de fútbol o de trabajo. Según estudios sociológicos de mediados del siglo XX, estos espacios eran claves para la construcción de identidad barrial.
El crédito informal —el famoso “fiado”— también tenía un peso económico real. Antes de la masificación del sistema bancario y de las tarjetas de crédito, la libreta del almacén era una herramienta financiera básica. Comerciantes y clientes sostenían relaciones de confianza que, en muchos casos, eran la diferencia entre comer o no a fin de mes.
El quiebre de este modelo comenzó en los años 70 y se profundizó en los 90. La llegada de las grandes cadenas de supermercados, la industrialización alimentaria, la expansión de la refrigeración doméstica y los cambios en los hábitos de consumo transformaron por completo el sistema. Según datos de la Cámara Argentina de Supermercados, para el año 2000 más del 60% de las compras de alimentos en áreas urbanas ya se realizaban en grandes superficies.
Así, el viejo almacén dejó de ser el eje del abastecimiento cotidiano y pasó a convertirse en una pieza de memoria urbana. Con su desaparición no solo se perdió un formato comercial, sino también una forma de vínculo: la charla larga, la yapa, el fiado y ese tejido invisible que hacía del barrio algo más que un conjunto de calles.
Porque al final, más allá de la nostalgia, lo que se fue no fue solo un negocio. Se fue una manera de vivir.
El Viejo Almacén
El Viejo Almacén es una tradicional tanguería ubicada en Balcarce 793 e Independencia, a metros de la avenida Paseo Colón el barrio porteño de San Telmo, fundada el 9 de mayo de 1969 por el cantante Edmundo Rivero sobre una edificación colonial y declarada Sitio de Interés Cultural por el Concejo Deliberante en 1982. Anteriormente, en ese lugar funcionaba El Volga, un restaurante ruso fundado por inmigrantes de aquel país en 1900, que servía como punto de reunión de diferentes artistas y poetas. El nombre elegido hace referencia al tango Sentimiento gaucho, que menciona un viejo almacén de Paseo Colón donde van los que tienen perdida la fe.
Diversos artistas, como Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Roberto Goyeneche y Leopoldo Federico, entre otros, han actuado en sus escenarios. Además de funcionar como tanguería, el espacio promovió diversas expresiones culturales, como el ciclo de Poesía Abierta que se extendió por una década, así como la presentación de libros y álbumes, y reuniones de instituciones, como la Academia Porteña del Lunfardo.
En 1977, durante la gestión del intendente de facto Osvaldo Cacciatore se planeó su demolición. El escritor Ernesto Sabato fue uno de los notables que se opuso a esta decisión. Si bien este proyecto no se concretó, se suprimieron 140m² del edificio durante la ampliación de la avenida Independencia. En 1993 debió cerrar sus puertas por problemas financieras, pero fue reinaugurado tres años después.
Fuente: Palermonline
Sección: Historia de Palermo
Almacen en 1924
DESPACHOS, ALMACENES Y DESPENSAS