y … todavía discute qué significa cuidar la cultura
La Plaza República del Perú, junto al MALBA, es hoy una parada turística de Palermo. Pero antes fue una obra de arte jugable del gran paisajista brasileño Roberto Burle Marx: una espiral de hormigón, vegetación nativa y juegos infantiles. Fue demolida en 1995. La visita actual también debería contar esa ausencia.
Quien llega a la Plaza República del Perú, entre Figueroa Alcorta, Salguero, Martín Coronado y Jerónimo Salguero, suele mirar hacia el MALBA. Es lógico: el museo es una de las postales culturales más fuertes de Buenos Aires y un imán para visitantes locales y extranjeros. Pero hay una historia incómoda debajo —y alrededor— de ese paseo: la gran obra que Roberto Burle Marx proyectó allí en 1972 ya no existe.
La aclaración importa, sobre todo frente a una foto antigua: el caracol o espiral de cemento que aparece en imágenes de época no está escondido, no fue trasladado ni espera una restauración. Fue demolido en 1995 por el Gobierno de la Ciudad. Lo confirma el propio MALBA al recordar que se trataba de la única obra realizada de Burle Marx en la Argentina; seis años después, en 2001, abrió el museo en la misma manzana.
Una plaza que era también una obra de arte
Burle Marx no entendía el paisaje como un decorado. Para él, plantas, rampas, colores, sombra, recorridos y arquitectura componían una obra viva. La Plaza República del Perú condensaba esa idea: un espiral de hormigón que era a la vez banco, recorrido, tobogán y patio de juegos; junto a él, un círculo con la estatua del Inca Garcilaso de la Vega, que permanece en el lugar. La plaza usaba especies autóctonas y convocaba a habitar el arte, no a mirarlo desde una soga.
Roberto Burle Marx nació en São Paulo el 4 de agosto de 1909 y murió en Río de Janeiro el 4 de junio de 1994. Fue artista plástico, naturalista y uno de los grandes arquitectos paisajistas del siglo XX. Su marca está en el paseo de Copacabana, el Parque do Flamengo y numerosos jardines de Brasil y del mundo. La UNESCO define su Sítio Roberto Burle Marx como un laboratorio de paisaje donde convirtió ideas modernistas y flora nativa en “obras de arte vivas”.
Su importancia no se resume en un pavimento célebre ni en una firma prestigiosa. Burle Marx llevó la abstracción de la pintura al suelo urbano: masas de color, curvas, contrastes y vegetación tropical para que una plaza fuera una experiencia cotidiana. Por eso la espiral de Plaza Perú era más que un juego infantil de una época: era patrimonio moderno, una pieza de arte público latinoamericano hecha para Buenos Aires.
La ausencia antes que el museo
Hay que poner las fechas en orden, porque ahí se vuelve más nítida la discusión. La plaza se ejecutó en 1972. La intervención de Burle Marx fue demolida en 1995. El MALBA abrió sus puertas en 2001. Es decir: no es exacto afirmar que el museo demolió aquella obra para construir su sede; la demolición fue anterior. Pero tampoco corresponde borrar la relación espacial y política entre ambos hechos: el museo creció en la misma manzana donde la Ciudad había eliminado una obra excepcional que podía haber sido parte de un gran circuito de arte público.
Esa es la paradoja que sigue doliendo. Buenos Aires ganó un museo relevante y perdió una plaza irrepetible. No hay contradicción necesaria entre celebrar el patrimonio del MALBA y exigir memoria sobre lo que fue barrido. La cultura no se defiende sólo comprando, exhibiendo o importando obras; también se defiende conservando las que ya están bajo nuestros pies.
Una excepción que obliga a recordar
En 2011 y 2012, la Legislatura porteña autorizó el permiso de uso del subsuelo de la plaza para ampliar el MALBA. La norma estableció condiciones concretas: reforestación de al menos la mitad de la superficie verde, mobiliario e iluminación, reposición de la plaza y una restauración que hiciera referencia al diseño original de Burle Marx. No fue una carta blanca: fue un permiso especial, temporal, gratuito e intransferible, sujeto a obligaciones públicas.
Ese punto vuelve actual la historia. La ampliación anunciada recientemente para el museo, a cargo de la arquitecta Frida Escobedo, propone crecer bajo la plaza y mantener su carácter abierto al público. La promesa vale como compromiso urbanístico: una ciudad que ya perdió el original no puede permitirse una restitución meramente decorativa, sin la potencia espacial, lúdica y vegetal de la obra de 1972.
La discusión, entonces, no es “museo sí o museo no”, ni mucho menos una pelea contra Frida Kahlo, contra una exposición extranjera o contra el arte latinoamericano. Es más sencilla y más profunda: ¿qué pasa cuando el poder económico y político decide qué cultura merece un edificio, una gala y una campaña, y cuál puede desaparecer con una topadora? Un museo grande no debería clausurar esa pregunta; debería ayudar a formularla.
Visitar Plaza Perú con otros ojos
Para el turismo cultural, Plaza Perú merece una parada de diez minutos antes o después del MALBA. No para inventar ruinas que ya no están, sino para hacer visible la historia. Buscar la estatua del Inca Garcilaso de la Vega, recorrer el borde de la plaza, mirar el edificio del museo y pensar que allí hubo un espiral monumental donde los chicos podían trepar, correr, descansar y jugar dentro de una obra de uno de los maestros del paisajismo moderno.
La plaza actual sigue siendo espacio público y debe seguir siéndolo. Pero su mejor futuro no será el de una explanada prolija que borra las huellas del pasado: será uno que explique qué hubo allí, recupere el espíritu de Burle Marx con rigor y devuelva a vecinos y visitantes una experiencia que una arte, juego, sombra, biodiversidad y memoria.
El turismo más interesante no es el que sólo muestra lo brillante. También señala las grietas: los sitios donde una ciudad se contradijo y tiene la oportunidad de corregirse. Plaza Perú es uno de esos lugares. Frente al MALBA, Buenos Aires exhibe una gran institución; al mismo tiempo, debe recordar la obra genial que no supo conservar.