El próximo 17 de agosto se cumplirán 176 años del paso a la inmortalidad del general José de San Martín, el Libertador de Argentina, Chile y Perú. No es una efeméride de cartón: es una invitación a recordar una idea de país construida con disciplina, coraje y una mirada continental.
San Martín murió el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-Mer, Francia, donde vivía junto a su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y sus nietas. Había elegido el exilio después de una vida atravesada por las guerras de independencia y por una profunda decepción ante las disputas internas que desgarraban al país por el que había peleado.
En Buenos Aires, el recuerdo tiene una parada inevitable en la Plaza San Martín, en Retiro. Allí funcionó el antiguo Campo de Marte, donde el general organizó y entrenó al Regimiento de Granaderos a Caballo en 1812. El monumento ecuestre que domina la plaza, obra del escultor francés Louis Daumas e inaugurado en 1862, fue el primero de ese tipo levantado en la Argentina.
La figura de San Martín sigue presente en la ciudad mucho más allá de los actos oficiales: en escuelas, calles, plazas, monumentos, clubes y conversaciones familiares. Su vida deja una enseñanza bastante incómoda para cualquier época: la independencia no se sostiene sólo con discursos, sino con educación, trabajo, organización, soberanía y responsabilidad pública.
Su célebre máxima a su hija Mercedes conserva una vigencia brutal: humanidad, verdad, amor por la libertad y respeto por los demás. En tiempos de peleas chicas, gritos fáciles y memoria selectiva, el paseo a la inmortalidad de San Martín no debería ser solamente una ceremonia. Debería ser una pregunta abierta: ¿qué clase de país estamos dispuestos a construir?