Mucho antes de las etiquetas Soho y Hollywood, Palermo ya era moderno: su trama reúne congresales de la Independencia, exploradores, científicos, escritores, países americanos y una avenida construida sobre un arroyo. Una guía turística para levantar la mirada, leer las esquinas y descubrir la historia escondida detrás de cada nombre.
Hay barrios que se visitan por sus edificios y otros que se comprenden caminando. Palermo pertenece a esta segunda especie. Su verdadera identidad aparece en las veredas, en las fachadas que cambian de una cuadra a otra, en los árboles que forman túneles sobre el asfalto y, especialmente, en esas chapas negras instaladas en cada esquina que casi todos miran sin terminar de leer.
Las denominaciones comerciales llegaron después. Primero estuvieron Santa Fe, Las Heras, Coronel Díaz, Godoy Cruz, Gorriti, Uriarte, Thames, Fitz Roy, Humboldt y Bonpland. Palermo ya era un mapa histórico, político y científico antes de convertirse en una palabra global, una ubicación de Instagram o una recomendación automática del teléfono.
Recorrer sus calles con atención permite entender que el barrio no fue diseñado alrededor de una única historia. Palermo es una superposición: la Independencia argentina, las exploraciones del siglo XIX, la geografía latinoamericana, la literatura porteña y la transformación urbana conviven dentro de una misma cuadrícula.
Las grandes avenidas que abren el barrio
La avenida Santa Fe es una de las puertas naturales de Palermo y también una de las denominaciones más antiguas de esta parte de Buenos Aires. El nombre ya aparece en un plano de 1822 y recuerda tanto a la ciudad como a la provincia de Santa Fe. Hoy conserva su carácter de avenida acelerada, atravesada por colectivos, bicicletas, peatones y bocas de subte, pero basta mirar hacia sus calles laterales para sentir cómo el ritmo comienza a disminuir.
La avenida Las Heras recibió oficialmente su nombre en 1885. Homenajea al general Juan Gregorio de Las Heras, combatiente de las Invasiones Inglesas, jefe del Ejército de los Andes y gobernador de Buenos Aires. Es una avenida de vocación monumental, ancha y solemne, que todavía mantiene ese tono institucional que tenían las grandes arterias porteñas de fines del siglo XIX.
Coronel Díaz, denominada en 1894, recuerda a Pedro José Díaz, militar que participó en Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Fue uno de los primeros oficiales patriotas que ingresaron en Lima y recibió las llaves de aquella ciudad luego de la entrada del ejército libertador. Detrás de una avenida asociada actualmente con el movimiento comercial y residencial aparece, entonces, una historia profundamente vinculada con la campaña sanmartiniana.
Raúl Scalabrini Ortiz introduce otra capa. La avenida lleva el nombre del escritor y periodista nacido en 1898, autor de El hombre que está solo y espera y de sus investigaciones sobre los ferrocarriles y la dependencia económica argentina. Su nombre actual fue establecido durante la década de 1970 y restituido definitivamente en 1984. Es una calle que atraviesa distintos Palermos y parece cambiar de personalidad cada pocas cuadras.
Juan B. Justo, la avenida que esconde un río
La avenida Juan B. Justo recuerda al médico, político y fundador del Partido Socialista argentino que tradujo al castellano El capital, creó el diario La Vanguardia e impulsó la cooperativa El Hogar Obrero. La denominación fue establecida en 1934, pero su singularidad turística no está solamente en el personaje homenajeado.
Debajo de su calzada corre el arroyo Maldonado, canalizado desde 1939 dentro de un enorme conducto de hormigón. La avenida fue construida siguiendo esa antigua cicatriz geográfica: donde hoy circulan vehículos alguna vez hubo un curso de agua que desbordaba, dividía terrenos y condicionaba el crecimiento de la ciudad. Juan B. Justo es, literalmente, una avenida levantada sobre un paisaje desaparecido. El Gobierno porteño confirma que el Maldonado continúa corriendo mayormente bajo esta arteria.
Caminarla permite observar el Palermo más contemporáneo: grandes medianeras, antiguas construcciones industriales, edificios recientes, talleres reciclados y esquinas que todavía conservan una escala baja. Es una avenida de tránsito intenso, pero también una frontera urbana que explica buena parte de la transformación moderna del barrio.
Un Congreso de Tucumán repartido entre las cuadras
Varias de las calles más conocidas de Palermo llevan los nombres de protagonistas del Congreso de Tucumán. No están reunidos en un monumento ni encerrados dentro de un museo: forman parte del tránsito cotidiano del barrio.
Godoy Cruz recuerda a Tomás Godoy Cruz, diputado por Mendoza en el Congreso que declaró la Independencia y gobernador de aquella provincia. José Antonio Cabrera fue representante de Córdoba; José Ignacio Thames, sacerdote y diputado por Tucumán; Pedro Francisco de Uriarte representó a Santiago del Estero; y fray Justo Santa María de Oro, religioso sanjuanino, defendió la organización republicana frente a quienes proponían instaurar una monarquía.
También aparece José Mariano Serrano, diputado por Chuquisaca y Charcas, y José Ignacio Gorriti, dirigente salteño, militar y representante en el Congreso de Tucumán. Muchas de estas denominaciones fueron establecidas en 1882 por disposición de Torcuato de Alvear, entonces presidente de la Corporación Municipal.
El resultado es extraordinario: una parte importante de la historia política de 1816 quedó distribuida por Palermo. Los congresales ya no permanecen sentados en aquella casa de Tucumán; se cruzan todos los días en forma de calles, direcciones, esquinas y recorridos.
Darwin, Fitz Roy, Humboldt y Bonpland siguen explorando Palermo
Otra zona del barrio parece organizada como una expedición científica. Fitz Roy homenajea al marino, astrónomo y geógrafo británico Robert FitzRoy, comandante del Beagle. En aquella embarcación viajó Charles Darwin, cuyo apellido identifica otra calle cercana y recuerda al naturalista que llegó a Buenos Aires en 1832.
La proximidad de ambas denominaciones reconstruye sobre el mapa la relación entre el capitán y el científico. Fitz Roy y Darwin viajaron juntos por las costas sudamericanas y, más de un siglo después, volvieron a encontrarse en la trama porteña.
Humboldt recuerda al naturalista alemán Alexander von Humboldt, explorador del continente americano y estudioso de su geografía, su clima y sus pueblos. Bonpland homenajea a Aimé Bonpland, naturalista francés que acompañó a Humboldt y llegó a Buenos Aires en 1817. El apellido había sido escrito inicialmente como “Bompland” y fue corregido oficialmente en 1928.
A estas calles puede sumarse Cerviño, dedicada al ingeniero Pedro Antonio Cerviño, integrante de las comisiones demarcadoras de límites, director de la Academia de Náutica y autor de un plano topográfico de Buenos Aires realizado en 1814. Para quien quiera recorrer Palermo de una manera diferente, estas arterias forman un pequeño circuito científico a cielo abierto.
Un viaje por América sin salir del barrio
Palermo también contiene un sorprendente mapa latinoamericano. Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador avanzan casi paralelas y permiten viajar simbólicamente por América Central con apenas cruzar algunas cuadras.
La mayoría de estas denominaciones fue establecida en 1893, cuando la ciudad intentaba ordenar su nomenclatura y eliminar la repetición de nombres. El Salvador se llamó originalmente San Salvador y adoptó su forma actual en 1938. Paraguay, en cambio, figura en los registros porteños desde un plano de 1822.
El mapa internacional se amplía con Armenia, nombre impuesto en 1984, y República de la India, establecido en 1961. Son calles que anticiparon el carácter cosmopolita que Palermo terminaría adquiriendo: un barrio conectado con países, culturas y comunidades mucho antes de que la palabra “global” se convirtiera en una consigna publicitaria.
Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Gorriti también muestran diferentes velocidades del Palermo actual. Algunas cuadras conservan casas bajas, balcones, zaguanes y árboles antiguos; otras fueron transformadas por edificios, diseño, gastronomía y vida nocturna. La propia información turística de la Ciudad recomienda caminar sin rumbo rígido por este sector y observar sus fachadas, murales y pasajes. El paseo oficial destaca precisamente la experiencia de perderse por estas calles.
El día en que Serrano se convirtió en Jorge Luis Borges
Una de las transformaciones más significativas del mapa de Palermo ocurrió en 1995. Mediante la Ordenanza 50.243, el tramo de la antigua calle Serrano comprendido entre Honduras y la avenida Santa Fe pasó a llamarse Jorge Luis Borges.
No fue una elección caprichosa. Borges había vivido durante su infancia en Serrano 2135 y convirtió aquel Palermo de orillas, cuchilleros, patios y casas bajas en territorio literario. La calle aparece ligada a su memoria familiar y a poemas como Fundación mítica de Buenos Aires. La Ciudad recuerda que aquel tramo fue renombrado en homenaje al escritor y a su relación con el barrio.
La operación urbana produjo algo casi borgeano: una misma línea cambia de identidad al atravesar Honduras. Hacia un lado continúa Serrano, el jurisconsulto y congresal de la Independencia; hacia el otro comienza Jorge Luis Borges, el escritor que reinventó literariamente esas mismas cuadras. Dos siglos de historia argentina unidos por una sola esquina.
Tres recorridos para leer Palermo con otros ojos
El primer recorrido puede comenzar en Santa Fe y Jorge Luis Borges. Desde allí es posible avanzar por la calle del escritor, cruzar Paraguay, Guatemala, Costa Rica y Nicaragua hasta llegar a Honduras. Al atravesarla, Borges vuelve a convertirse en Serrano. No existe una explicación más clara de cómo una ciudad cambia sin borrar completamente su pasado.
Un segundo itinerario puede unir Godoy Cruz, Gorriti, Cabrera, Thames, Uriarte y Fray Justo Santa María de Oro. Es el Palermo de la Independencia, una cuadrícula que permite reconstruir los nombres de diputados, sacerdotes, militares y gobernadores mientras se observan veredas antiguas, fachadas restauradas y construcciones modernas.
El tercer circuito puede concentrarse en Bonpland, Humboldt, Fitz Roy y Darwin. Es el Palermo de los viajeros y naturalistas, ideal para recorrer con el teléfono guardado y la mirada puesta en las chapas. La ironía es hermosa: en tiempos de mapas digitales, Palermo todavía se entiende mejor leyendo sus esquinas.
Palermo, una ciudad escrita sobre el asfalto
El turismo moderno suele correr detrás de la fotografía inmediata, la recomendación viral o el lugar de moda. Pero las modas cambian de vereda con una velocidad feroz. Las calles permanecen, acumulan generaciones y conservan en sus nombres una memoria que ningún algoritmo puede reemplazar.
Palermo ofrece esa posibilidad: caminar sin ingresar a ningún sitio, sin pagar una entrada y sin depender de un horario. Basta con observar cómo una avenida esconde un arroyo, cómo dos exploradores vuelven a viajar juntos, cómo los congresales de 1816 se reparten por la cuadrícula y cómo Serrano se transforma repentinamente en Borges.
¿Cuántas veces atravesamos Honduras, Gorriti o Godoy Cruz sin preguntarnos quiénes fueron esas personas? ¿Cuántas historias quedan escondidas detrás de una dirección cotidiana? Palermo invita a caminar más despacio. A veces, para descubrir una ciudad, solamente hay que levantar la cabeza y leer el nombre de la calle.