Los policías de antes.

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Volviendo a los recuerdos de nuestro barrio hace 50 años, quisiera hablar hoy de los policías. Por lo menos de los policías que yo recuerdo. En ese tiempo existía el régimen de «Paradas». Esto quería decir que cada cuatro manzanas había un lugar en donde debía haber un policía de guardia. No se quedaban siempre allí, porque cada tanto debía hacer un recorrido por las manzanas que le correspondían. Se comunicaba con el del sector vecino por medio del silbato, que tenía determinados toques para indicar acciones distintas.

Con uno se avisaba que se comenzaba la ronda, con otro se llamaba con urgencia por un hacho delictuoso o una emergencia, con uno más largo se indicaba que se estaba en el lugar y atento. Este último, repetido a intervalos regulares y contestado ordenadamente por los policías vecinos, era una especie de versión modernizada de aquel «Las doce han dado y sereno» que se usaba en la colonia (según nos enseñaban en el colegio cuando se acercaba el 25 de Mayo). Era como una música destinada a tranquilizar a los vecinos por la noche. Era como decirles: «Duerman tranquilos, que nosotros vigilamos».

Los turnos eran de 8 horas rotativos. O sea que para cada parada había tres agentes, a los que veíamos sucesivamente por la mañana, la tarde y la noche cada semana. Yo recuerdo especialmente a dos de ellos. Uno era un cabo bastante grandote, rubicundo, bonachón y cariñoso con los chicos. Como el tránsito en aquella época era muy reducido, ya que en seis manzanas sólo había dos casas que tenían auto, y la calle Acevedo (hoy República de la India) era transitada casi exclusivamente por los carros que traían la basura al depósito de Figueroa Alcorta, dedicaba parte de su tiempo a vigilar a los niños que jugaban en las veredas. Cuidaba que no bajáramos a la calle, que no molestáramos a los transeúntes cuando andábamos en bicicleta, que no hiciéramos demasiado lío cuando jugábamos con agua en Carnaval, y hasta a veces nos contaba historias. Pero había una cos que lo sacaba de su habitual placidez, Era que, jugando al Vigilante y Ladrón, gritáramos «Abajo la Policía». Entonces nos llamaba y nos explicaba que debíamos tener respeto a la Institución, porque en manos de la Policía estaba nuestra seguridad y la de la ciudad en general.

El otro policía que recuerdo era físicamente la antítesis del primero. Muy morocho, delgado, bajito, era la imagen de esos «chafes» provincianos que solían aparecer como figuras cómicas en los sainetes. Acostumbraba cambiar guardias con sus compañeros, porque le gustaba hacer las de la noche. Mi padre solía decir que lo hacía porque era el único capaz de dormir parado sin que nadie lo notara. Pese a eso, y a las copitas de vino que aceptaba gustoso si algún vecino se las ofrecía, cumplía bien su obligación, como aparentemente lo hacían todos, ya que en esa época nunca supimos de un robo en el barrio. Y, pese a la mayor oscuridad de las calles (no por el alumbrado público, sino por el tipo de construcciones distinto), tampoco supe nunca de asaltos o ataques a los que transitaban por las veredas.

Por Norma Drobner