Hubo un tiempo —no tan lejano pero ya irrecuperable— en que el corazón verde de Palermo latía al ritmo de cascos sobre el adoquín. No era el ruido del tránsito ni el zumbido eléctrico de la modernidad: era el trotecito manso de los mateos, esos carruajes tirados por caballos que supieron ser símbolo de paseo, de domingo, de infancia y de ciudad.
Hoy no están más. Y lo que queda es memoria. Una memoria que huele a pasto recién cortado del Rosedal de Palermo, a maní con chocolate comprado en la vereda, a abuelos señalando con el dedo y diciendo: “Mirá, ahí vamos a subir”.
El origen: de “placeros” a mateos
Mucho antes de ser atracción turística, estos carruajes eran transporte real. Desde mediados del siglo XIX, las llamadas “victorias” recorrían Buenos Aires llevando pasajeros desde estaciones, plazas y teatros. En 1866 incluso fueron reguladas por ordenanza municipal, con reglas que hoy suenan casi poéticas: faroles obligatorios en noches sin luna y tarifas pactadas de palabra.
Pero el nombre “mateo” no vino de la calle, sino del teatro. En 1923, la obra Mateo, escrita por Armando Discépolo, retrató la vida de un cochero que dialogaba con su caballo como si fuera su único confidente. La obra pegó fuerte. Tanto, que desde entonces los carruajes dejaron de ser “placeros” para siempre.
La época de oro: miles, no decenas
A principios del siglo XX, Buenos Aires llegó a tener cerca de 4.700 mateos. Era otra ciudad: más lenta, más humana, más de charla y menos de bocina.
En Palermo, el circuito se volvió un clásico:
- Salían desde Plaza Italia
- Pasaban por el Zoológico (cuando todavía era zoológico)
- Rodeaban los lagos
- Entraban en los bosques
- Cerraban el paseo en el Rosedal
Un recorrido simple, pero perfecto. Un loop emocional.
Los coches estaban fileteados, con flores, estrellas y campanillas. Cada mateo tenía su personalidad. Algunos llevaban recuerdos de chicos que se olvidaban juguetes o chupetes, que con los años quedaban como reliquias del propio carruaje.
Y los cocheros… tipos de otra época. Con boina, con historias, con códigos. Sabían cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio hiciera su trabajo. Porque el paseo también era eso: una pausa.
El último bastión: del turismo a la nostalgia
Con la prohibición de la tracción a sangre en 1960, los mateos empezaron a desaparecer de la ciudad. Resistieron como pudieron, hasta quedar confinados casi exclusivamente a Palermo.
Durante años, sobrevivieron en dos puntos clave:
- Avenida Sarmiento y Monumento de los Españoles
- Avenida Las Heras, frente al antiguo zoológico
En 1910 eran miles. En 2008, apenas ocho.
Y aun así, seguían ahí. Esperando turistas, parejas, familias. Dando vueltas como si el tiempo no avanzara.
El final: sin acto, sin anuncio, sin duelo
No hubo un gran titular ni una despedida oficial. Simplemente dejaron de estar.
Entre regulaciones, debates por el bienestar animal, cambios urbanos y una ciudad que aceleró sin mirar atrás, el mateo fue quedando fuera de época. Primero menos recorridos. Después menos coches. Hasta que un día ya no estaban.
Y eso es lo más brutal: no hubo cierre. Hubo desaparición.
Lo que dicen los que se subieron
Hoy, los que fueron chicos en los 90 o principios de los 2000, lo recuerdan con una mezcla rara de ternura y pérdida:
- “Me acuerdo del caballo más que del paseo.”
- “El cochero me dejó agarrar las riendas.”
- “Era caro, pero mi abuelo igual nos subía.”
- “Parecía una película vieja.”
Y hay algo en común en todos esos recuerdos: la sensación de que eso no va a volver.
Arqueología urbana: lo que quedó
Hoy, si uno camina por Palermo, puede cerrar los ojos e imaginar el sonido. Puede ver mentalmente el carruaje doblando lento, el caballo respirando, el cochero saludando.
Pero no está.
Queda el fileteado como arte, queda el recuerdo en fotos, queda la historia en textos y en la memoria oral. Y queda esa pregunta que siempre aparece cuando algo desaparece sin reemplazo real:
¿Qué ganamos y qué perdimos?
Porque sí, la ciudad es más moderna, más rápida, más eficiente. Pero también es más fría.
Y en ese balance, los mateos eran algo más que un paseo turístico: eran un pedazo de identidad.
Epílogo: lo que no vuelve, enseña
Los mateos de Palermo no eran solo carros con caballos. Eran una forma de mirar la ciudad. De recorrerla sin apuro. De entender que no todo tiene que ir rápido para valer la pena.
Hoy no están. Y tal vez no deban volver como eran. Pero lo que representaban —esa pausa, ese vínculo, ese ritmo humano— sigue siendo una deuda pendiente en la Buenos Aires de hoy.
Porque al final, entre tanta velocidad, uno se pregunta:
¿En qué momento dejamos de pasear y empezamos solamente a movernos?