Palermo Chico, o Barrio Parque como lo bautizó el paisajista Carlos Thays, es una joya urbana que se despliega como un abanico de elegancia, silencio y secretos en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires. Su trazado curvilíneo, sus calles empedradas, sus mansiones centenarias y su aura diplomática lo convierten en un destino de paseo obligado para quien quiera descubrir una versión refinada de Palermo, muy distinta a la bulliciosa Palermo Soho o la gastronómica Palermo Hollywood.
Orígenes y trazado de un barrio soñado
El nacimiento de Palermo Chico se remonta a 1912, cuando Carlos Thays, director de Parques y Paseos Públicos, proyectó una urbanización ajardinada, en sintonía con los barrios-jardín europeos, sobre terrenos que habían albergado la Exposición Industrial del Centenario. El diseño responde a dos sectores: uno, al norte de la entonces Avenida Centenario (hoy Figueroa Alcorta), con plano radial, centrado en la rotonda de la calle Ombú; y otro al sur, más simétrico, organizado alrededor de plazas como la República de Chile o Grand Bourg.
A diferencia de otros barrios porteños nacidos del damero colonial, Palermo Chico tiene un alma orgánica. Sus calles no se cruzan en ángulos rectos, sino que se entrelazan como en un jardín secreto, flanqueadas por veredas anchas y arboledas centenarias. Caminar por Castex o Eduardo Costa es como entrar en un cuento en blanco y negro.
Embajadas, palacios y fantasmas
Desde el inicio, el barrio se pensó para una elite. Allí se levantaron petit hotels de estilo Tudor, residencias neoclásicas y chalets italianizantes, muchos de los cuales hoy albergan embajadas. La Embajada de España, con su jardín exuberante sobre Figueroa Alcorta; la de Bélgica, con su fachada austera; o la de Polonia, escondida entre jacarandáes en flor.
Pero no todas las casas están habitadas por diplomáticos. Algunas, como la misteriosa «Casa Redonda» de Ortiz de Ocampo y Eduardo Costa, construida por Mario Palanti en 1922, se convirtieron en leyenda. Fue sede de la embajada de Irán, luego galía de arte, y hoy está vacía, con luces que se prenden solas y alarmas que suenan de madrugada. Dicen los vecinos que el alma de una joven que murió de tuberculosis en los años 30 todavía ronda por la torre mirador.
Victoria Ocampo y la modernidad
La calle Rufino de Elizalde es otra joya del barrio. Allí, en el número 2831, Victoria Ocampo encargó al arquitecto Alejandro Bustillo una casa revolucionaria: blanca, con paredes lisas, sin ornamentos. Era 1928 y la modernidad irritaba a la alta sociedad. La casa fue criticada, ridiculizada, adorada. Ocampo la llenó de arte y de intelectuales, convirtiéndola en un faro del pensamiento. Hoy, la vivienda es parte del legado de la Fundación Sur.
Calles que cuentan historias
Las calles de Palermo Chico no son simples vías. Cada una tiene nombre, pasado y personalidad.
Cavia recuerda a Aarón de Anchorena Cavia, político e intelectual uruguayo. Es una de las entradas más señoriales, cerca del Museo de Arte Decorativo. Jerónimo Salguero, jurista y legislador, da nombre a una de las más tranquilas. San Martín de Tours, patrono de la ciudad, está bordeada por casonas dignas de novela.
Ortiz de Ocampo y Eduardo Costa son arterias que mezclan embajadas, mansiones y departamentos modernos. En la esquina de ambas se encuentra la misteriosa Casa Redonda, con su halo de leyenda.
Tagle es famosa por la cercanía con el Teatro Colón (cuando era sede del Instituto) y por la Embajada de España. Zenteno y Aguado, más discretas, serpentean como ríos de adoquines.
La calle Ombú es la perla. Circular, envolvente, coronada por árboles homónimos que proyectan sombras danzantes. No hay quien no sueñe con vivir allí, aunque sea en secreto.
Plazas y pulmones verdes
Pese a su perfil residencial, Palermo Chico está salpicado de plazas. La más conocida es Grand Bourg, homenaje al pueblo donde murió San Martín. La Plaza República de Chile, elegante y minimalista, está frente a la residencia del embajador trasandino. Rufino de Elizalde y Petion son más íntimas, escondidas como secretos barriales.
Algunas de estas plazas tienen esculturas, otras simplemente bancos y robles. Todas son perfectas para leer, pasear al perro o simplemente ver pasar la vida.
Museos y cultura en cada esquina
Palermo Chico no es sólo lujo. Es también cultura. El Museo Nacional de Arte Decorativo, en la Av. del Libertador, es una joya del art nouveau porteño. Fue el Palacio Errázuriz Alvear, diseñado por René Sergent en 1911. Su colección de tapices, muebles franceses y esculturas lo hace uno de los museos más refinados del país.
El Museo de Arte Popular José Hernández, sobre Av. del Libertador también, rescata la tradición criolla. Y a unas cuadras, sobre Figueroa Alcorta, está el icónico MALBA, faro del arte contemporáneo latinoamericano.
De shopping, copas y libros
El Alcorta Shopping es el centro comercial de la zona, donde boutiques de lujo conviven con cafeterías de diseño. A metros, la Casa Cavia es una experiencia multisensorial: restaurante, florería, librería y editorial en una casona de 1927 restaurada a la perfección. Ideal para un brunch literario.
Una postal viva de la aristocracia
Palermo Chico es también el escenario de vidas discretas pero rutilantes. Allí han vivido Mirtha Legrand, Susana Giménez, Mariano Grondona, Carlos Bianchi, Franco Macri. No es raro ver pasar autos de alta gama, ni camiones de mudanza que transportan obras de arte.
Es común también que los jardineros trabajen desde temprano, que los guardias de seguridad cambien turnos con saludos educados, que las mucamas paseen perros con collar de cuero y placa de bronce.
El legado de Mario Palanti
El arquitecto Mario Palanti, creador del Palacio Barolo, dejó en Palermo Chico una obra singular: la ya mencionada Casa Redonda. Su arquitectura neorromántica, con torre mirador, escalinatas de maderas nobles y decoración interior diseñada por el propio Palanti, es un ejemplo de su estética esotérica y monumentalista.
Palanti, de origen italiano, fue un visionario que imaginó una arquitectura simbólica, con referencias al Dante y a las catedrales góticas. La Casa Redonda fue, en palabras de sus contemporáneos, un «templo secreto», una maqueta de universo hermético. Fue sede de la embajada del Sha de Persia hasta 1980 y hoy, cerrada al público, alimenta las leyendas urbanas de la zona.

Conclusión: andar con la historia bajo los pies
Palermo Chico no es sólo un barrio caro. Es un capítulo vivo de la historia urbana de Buenos Aires. Cada una de sus calles, de Ombú a Cavia, de Castex a San Martín de Tours, guarda secretos de poder, arte y arquitectura. Es un museo a cielo abierto que combina el encanto de los jardines franceses, la opulencia criolla y la calma de un rincón del mundo donde el tiempo parece ir más lento.
Década de 1940

Luego de la década de 1940, el barrio comenzó a cambiar su perfil, y comenzaron a construirse los edificios de departamentos, tanto en terrenos que aún estaban sin ocupar, como sobre los que tenían casas que fueron demolidas. En la actualidad, abundan los edificios modernos, particularmente sobre las Avenidas del Libertador y Figueroa Alcorta, donde también está el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires).