Jorge Luis Borges el vecino de Palermo.

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El vecino Jorge Luis de la calle Borges. Jorge Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899 en un solar del barrio porteño de Palermo. Kodama recuerda que Borges tenía la mitad de su biblioteca ocupada con libros de filosofía.









Palermo

Palermo era una despreocupada pobreza. La higuera oscurecía sobre el tapial; los balconcitos de modesto destino daban a días iguales; la perdida corneta del manisero exploraba el anochecer; sobre la humildad de las casas no era raro algún jarrón de manpostería; coronado áridamente de tunas…

Hacia el poniente había callejones de polvo que no ivan empobreciéndose tarde afuera; había lugares en que un galpón de ferrocarril o un hueco de pitas o una brisa casi confidencial inauguraba lmalamente la pampa; O si no, una de esas casas petizas sin revocar, de ventana baja, de reja- a veces de una amarilla estera atrás, con figuras- que la soledad de Buenos Aires parece criar, sin participación humana visible. Despúes: el Maldonado, como reseco y amarillo zanjón, estirándose sin destino desde la Chacarita y que por un milagro espantoso pasaba de la muerte de sed a las disparatadas extensiones de agua violenta, que arreaban con el rancherío moribundo de las orillas.
Hára unos cincuenta años, después de ese irregular zanjón o muerte, empezaba el cielo: un cielo de relinchos y crines y pasto dulce, un cielo caballiar…

Ahí se entristecía Palermo, pues las vías de hierro del Pacífico bordeaban el arroyo, descargando esa peculiar tristeza de las cosas escalavizadas y grandes, de las barreras altas, como pértigo de carreta en descanso, de los derechos terraplenes y andenes. Una frontera de humo trabajador, una frontera de vagones brutos en movimiento, cerraba ese costado; atrás, crecía o se emperraba el arrollo. Lo están encarcelando ahora: ese casi infinito flanco de soledad que se acavernaba hace poco, a la vuelta de la truquera confitería de La Paloma, será reemplazado por una calle tilínga, de tejas anglizantes…

Las calles de Buenos Aires

Entre los fondos del cementerio colorado del Norte y los de la Penitenciaría, se iba incorporando del polvo un suburbio chato y despedazado, sin rebocar: su notoria denominación, la Tierra del Fuego. Escombros de principio, esquinas de agresión o de soledad, hombres furtivos que se llaman silbando y que se dispersan de golpe en la noche lateral de los callejones, nombraban su carácter. El barrio era una esquina final.

«Las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña. / No las ávidas calles, / incómodas de turba y ajetreo, / sino las calles desganadas del barrio, / casi invisibles de habituales /… Hacia el Oeste, el Norte y el Sur/ se han desplegado -y son también la patria- las calles; / ojalá en los versos que trazo/ estén esas banderas», escribe Jorge Luis Borges (1899-1986) en su poema «Las calles», donde condensa el apego por la ciudad ya desde el poema inicial de su primer libro, «Fervor de Buenos Aires» (1923).

El escritor descubrió ese afecto por la ciudad luego del primer viaje a Europa con su familia, en 1919, adonde llevó el único libro de poemas que escribió Evaristo Carriego, en el que retrata los barrios porteños, y que influirá luego en él.

Es el Borges joven

Es el Borges joven, veinteañero, que escribe poemas ultraístas impregnados de metáforas, y que se reconoce como parte de esa ciudad que aún conserva un aire campero, en cuyos márgenes orilla el barrio de Palermo, donde vivió de los dos a los quince años.

«Para querer a Buenos Aires me tuve que ir, y extrañarla más», dijo el escritor más relevante de la literatura argentina del siglo XX en un reportaje sobre la ciudad que compartió junto a Manuel Mujica Láinez.

En Palermo, sobre la calle Borges 2135 (ex Serrano), aún puede observarse el solar de su casa, de la manzana de Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga, sitio en el que metafóricamente fija el nacimiento de la ciudad, que aparece en su poema «Fundación mítica de Buenos Aires», del libro Fervor.

«Palermo junto con La Boca y Barracas conformaban a principios del 1900 la orilla de la ciudad, estaban a poca distancia del río y se los llamaba Tierra del Fuego, por su lejanía respecto del centro», explica a Télam Mariano Pini, del Ente de Turismo de Buenos Aires.

La ciudad también se hará presente poéticamente en «Luna de enfrente» y «Cuaderno San Martín» y en los tres de ensayos escritos en la década del 20, donde Borges sorprende con la emoción que le producen los barrios humildes.

Para el propio Borges, «Fervor de Buenos Aires» es el nudo originario de su obra posterior y así lo expresa en «Ensayo autobiográfico» (1970), donde dice: «En retrospección, creo que nunca he superado ese libro ‘Fervor de Buenos Aires‘. Creo que toda mi obra posterior solo ha desarrollado temas inicialmente planteados allí; creo que durante toda mi vida sólo he estado reescribiendo ese libro».

«Yo coincido con él, siento que el núcleo de lo que luego desarrollará de distintas maneras está en sus tres primeros libros de poemas», sostiene Josefina Delgado, encargada del área de Letras del Ministerio de Cultura porteño, en diálogo con Télam.

«Cuando él dice ‘he estado y estaré siempre en Buenos Aires‘ -al margen de que se vaya- él lleva a Buenos Aires consigo y en su literatura. Es una coyuntura que haya muerto en Ginebra», sostiene Delgado.

«Buenos Aires es para Borges su raíz, la nostalgia del lugar en el que nació, donde vivió los mejores momentos de su vida y está en esos libros», afirma Delgado, quien lo conoció en 1981, cuando trabajaba para la editorial internacional Círculo de Lectores que le pidió al escritor que hiciera un prólogo para una publicación sobre Shakespeare, con la asistencia de Delgado.

Durante esos meses, en las charlas que tenía con Borges, «surgía su gusto por el compadrito, un mundo que le venía de cuentos que había escuchado en su infancia, lo cual también tiene que ver con el mito del coraje, que es un eje de su obra y que surge alrededor de ese personaje que era marginal», cuenta.

Otras veces hablaba sobre su viaje en el tranvía 23 a la biblioteca Miguel Cané -ubicada en Carlos Calvo 4321- donde trabajaba como empleado. La biblioteca continúa en ese lugar y conserva los muebles que Borges transitó entre 1937 y 1946.

«Ahí nadie sabía que era escritor y ya tenía libros publicados. Un día alguien le dice: ‘leí en un diccionario que hay alguien que se llama como vos y es escritor‘, y el miró como diciendo ‘mirá como son las cosas, no?‘ con una modestia total», recuerda con una sonrisa Delgado.

De esa experiencia con Borges, Delgado rescata sus caminatas. «Era plena dictadura y en la calle, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo lo paraban para agradecerle las declaraciones contra la desaparición de personas, que a veces prejuiciosamente se olvida», advierte.

El escritor Álvaro Abós, que en su libro «Al pie de la letra» registró la relación de Borges con la ciudad y la literatura, recuerda que como corresponsal de un medio extranjero cubrió el juicio a las Juntas Militares en 1985, donde un día Borges presenció una de las audiencias en la que declaraba un hombre que había sido torturado.

«Tengo la sensación de que he asistido a una de las cosas más horrendas de mi vida. Espero que la sentencia sea ejemplar», dijo Borges el 22 de julio de 1985, fecha en que Víctor Basterra dio testimonio.

En ese momento y hasta poco antes de su muerte -ocurrida un 14 de junio en Ginebra- Borges vivía en Maipú 944 -lo que se recuerda con una placa del 24 de agosto de 1996, del entonces Concejo Deliberante- y frente a esa casa, en un bar de la Galería del Este, firmaba libros de su autoría que la gente le acercaba. También recorría Plaza San Martín, título de un poema dedicado a Macedonio Fernández.

Los barrios de Balvanera y San Telmo, así como Constitución, donde sitúa «El Aleph», publicado por primera vez en 1945 en la revista Sur, formaban parte de su preferencia y recorridos. «Habían sido barrios de clase alta y él disfrutaba de acercarse a los bares y teatros de la avenida 9 de julio, que a partir de su expansión desaparecieron», recuerda Pini.

Sobre la calle Garay, en cercanías de la estación Constitución ubica ese cuento, uno de los más representativos de su obra, «donde en una casa sombría existe un objeto que suma todas las visiones humanas. Allí Borges juega con contrastes y realiza una utilización muy virtuosa de la ciudad», sostiene Abós.

De la misma manera, «El sur», cuento recogido en «Ficciones» (1956), está inspirado en hechos reales de la vida del escritor. Con elementos propios de la literatura fantástica, remite al puente ubicado detrás de la estación de Constitución y al bar, que hoy ya no existe, de avenida 9 de Julio y Garay.

El cuento «Juan Muraña», publicado en «El informe de Brodie» (1970) «es un magnífico ejemplo de cómo un escritor utiliza la ciudad para ambientar una historia. El pasaje Russel, del barrio de Palermo, forma parte del nudo de la historia, por lo tanto no podría suceder en otro lugar», dice Abós.

En «Emma Sunz», también publicado en «El Aleph», «la fábrica donde ocurre la venganza contra ese horrible patrón que había humillado al padre de la protagonista está en el barrio periférico que era Villa Crespo, y luego usa avenida Paseo Colón, muy cerca del puerto de Buenos Aires, frecuentado por marineros, para que Emma pierda su virginidad».

«El libro de arena», homónimo del libro que lo reúne, alude también a su vida, a los lugares que habitó y donde trabajó. Hacia el final, el narrador en primera persona cuenta que ese libro que le produjo sentimientos encontrados, como el temor a perderlo y el temor a tenerlo, es ubicado fuera de su casa, en un anaquel de la Biblioteca Nacional, de la calle México 564, donde fue director, desde 1955 a 1973.

De las reflexiones que la figura y la obra de Borges pueden generar, Abós destaca «un aspecto ético, por su entrega y subordinación humana a la literatura, que lo hacen volver una y otra vez a su obra».

El otro aspecto es «la curiosidad» que lo llevó a trabajar en Crítica, un diario antiyrigoyenista -cuando él era partidario del gobierno de Yrigoyen- donde hizo el suplemento literario en el que fue publicando su primer libro de cuentos, «Historia universal de la infamia», con lo cual «no trepidaba en vivir su tiempo».

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AP DEL: 27-11-2020

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