Inflación: el número que no cierra y el debate que vuelve a encenderse en la Argentina
En la Argentina hay cifras que pesan más que otras. El precio del dólar, la inflación mensual y el valor de la carne en la carnicería del barrio suelen marcar el humor social con más precisión que cualquier encuesta. Esta semana, una de esas cifras volvió a encender la discusión económica: el índice de inflación de febrero.
El dato oficial informó una suba del 2,9%, una cifra que, en apariencia, consolidaría el sendero de desaceleración que el Gobierno busca mostrar desde hace meses. Sin embargo, una admisión inesperada desde el propio oficialismo abrió una nueva polémica: si se hubiese aplicado la nueva metodología del Índice de Precios al Consumidor (IPC), la inflación habría superado el 3%.
El número que cambia según cómo se mida
La discusión gira alrededor de un tema técnico, pero de enorme impacto político: las ponderaciones del índice de inflación.
El IPC argentino mide la variación de precios de una canasta de bienes y servicios que consumen los hogares. Pero esa canasta no es estática: cambia con el tiempo, porque también cambian los hábitos de consumo de la sociedad.
La actualización más reciente se basa en la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (ENGHo 2017/2018), que refleja un consumo más actual que la base anterior utilizada por el INDEC.
Según el director del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE), Felipe Núñez, si esas ponderaciones nuevas se hubieran aplicado en febrero, la inflación habría estado entre 3% y 3,1%.
Otros centros de análisis económico estimaron cifras similares:
- Romano Group: 3,1%
- CEPA: 3%
- Equilibra: 3,05%
Es decir, el dato oficial habría quedado por debajo del nuevo cálculo.
Tarifas, subsidios y el corazón del problema
La diferencia no es casual. La nueva metodología da mayor peso a los servicios, especialmente:
- electricidad
- gas
- transporte
- agua
- alquileres
Justamente los rubros que más aumentaron durante el proceso de quita de subsidios y recomposición tarifaria impulsado por el Ministerio de Economía.
En otras palabras: cuando el índice refleja más el peso de esos gastos en el presupuesto familiar, la inflación resulta más alta.
Los economistas explican que se trata de un “trade off estadístico”. En la vieja medición los alimentos tenían mayor peso relativo; en la nueva lo tienen los servicios.
Y en 2024 y 2025, justamente, los servicios fueron los que más subieron.
La meta del “IPC con cero”
El Gobierno sostiene que la inflación continúa en proceso de desaceleración. El ministro de Economía, Luis Caputo, volvió a argumentar que el país atraviesa una “corrección de precios relativos” después de años de distorsiones económicas.
El presidente Javier Milei, incluso, planteó una meta ambiciosa: que la inflación mensual pueda comenzar con cero hacia mediados de 2026.
Pero el escenario internacional amenaza con complicar ese objetivo.
La reciente escalada de tensión en Medio Oriente disparó el precio del petróleo en los mercados globales. Ese aumento ya comenzó a trasladarse al precio de los combustibles en Argentina, un factor que suele impactar en toda la cadena de costos.
En un país donde el transporte mueve cada precio del supermercado, la energía siempre termina influyendo en la inflación.
Un debate que excede la estadística
La polémica por el índice no es nueva en la historia argentina.
Durante décadas, el número de inflación fue mucho más que un indicador técnico: se transformó en un símbolo de credibilidad económica y política.
Los gobiernos intentan mostrar que baja.
Los economistas discuten cómo medirla.
Y la gente, mientras tanto, la mide de otra manera: mirando cuánto cuesta llenar el changuito del supermercado.
En las mesas de café de Buenos Aires, en los bares de Palermo o en la fila de la panadería, la pregunta sigue siendo la misma de siempre:
¿La inflación realmente está bajando… o simplemente se está midiendo distinto?
En la Argentina, esa pregunta —como tantas otras en la economía— todavía no tiene una respuesta definitiva.