En uno de los sectores más tranquilos del Parque Tres de Febrero, muy cerca del Rosedal, se levanta una de las esculturas más elegantes de Buenos Aires: el monumento a George Washington, primer presidente de los Estados Unidos y comandante de la Guerra de Independencia norteamericana. Desde su emplazamiento parece observar, a la distancia, la zona donde hoy se encuentra la Embajada de los Estados Unidos, en una escena cargada de simbolismo.
La escultura fue un regalo de la colectividad estadounidense residente en la Argentina con motivo de los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo. El Congreso Nacional aceptó la donación en 1911 y el monumento fue inaugurado el 4 de julio de 1913, fecha de la independencia estadounidense. La obra es del reconocido escultor neoyorquino Charles Keck, mientras que el basamento de granito fue diseñado por el arquitecto Alfred J. R. E. Zucker.
Washington aparece representado como un estadista más que como un militar. Viste el refinado atuendo propio de un caballero de fines del siglo XVIII: casaca larga con amplias solapas, chaleco abotonado, calzón hasta la rodilla, medias largas y zapatos con hebilla, la moda característica de la época de la independencia norteamericana. Su postura es serena y firme, con la mirada dirigida al horizonte, como quien está a punto de dirigirse a su pueblo.
Uno de los detalles más llamativos es el sillón ubicado detrás de la figura. Sobre él descansa su capa, un recurso artístico que simboliza que el poder no reside en un trono sino en el servicio a la República. Washington fue célebre por renunciar voluntariamente al poder militar y luego abandonar la presidencia tras cumplir dos mandatos, un gesto que marcó la tradición democrática estadounidense.
El monumento tuvo originalmente una escalinata y dos bancos laterales de piedra que en la actualidad ya no existen. Parte de esos elementos desaparecieron durante las modificaciones realizadas en la década de 1920, luego de que uno de los bancos resultara destruido por una explosión.
La inscripción del pedestal recuerda que se trata de un homenaje realizado por los residentes estadounidenses en la Argentina durante las celebraciones del Centenario, reflejando una etapa en la que numerosas colectividades extranjeras donaron monumentos a Buenos Aires como símbolo de amistad entre los pueblos.
Hoy, rodeado por senderos, árboles centenarios y los jardines del Rosedal, el monumento invita a detenerse unos minutos para descubrir una página poco conocida de la historia porteña. Es una obra que combina arte, diplomacia y memoria, y que forma parte del extraordinario patrimonio escultórico del Parque Tres de Febrero, uno de los espacios verdes más importantes de la Ciudad de Buenos Aires.
Para quienes realizan un recorrido por Palermo, esta escultura representa una parada imprescindible: no solo por su calidad artística, sino porque recuerda cómo Buenos Aires supo convertirse, a comienzos del siglo XX, en un verdadero museo al aire libre donde distintas naciones dejaron su huella en homenaje a la Argentina.