En la Plaza Intendente Seeber, frente al entorno de la residencia del embajador de Estados Unidos y a pasos del Rosedal, una construcción circular de ocho columnas invita a detener la caminata. Su historia conecta los antiguos jardines del Palacio Bosch con una tradición europea que convirtió a los pequeños templos en protagonistas del paisaje.
Hay rincones de Palermo que merecen algo más que una foto al pasar. El templete de la Plaza Intendente Seeber es uno de ellos: una pequeña construcción de inspiración clásica, levantada sobre una elevación del terreno, que aparece entre árboles y senderos como una escena de otro tiempo. Su escala permite acercarse, rodearlo y descubrir cómo unas pocas columnas pueden transformar la manera de mirar un parque.
Está en la plaza delimitada por las avenidas del Libertador, Sarmiento, Colombia y John Fitzgerald Kennedy, dentro del conjunto paisajístico del Parque Tres de Febrero. Es el sector vecino a la Embajada de Estados Unidos y al Palacio Bosch, residencia de su embajador. Del otro lado de la avenida del Libertador se encuentra Plaza Holanda, donde está el Rosedal: una continuidad de espacios verdes que permite organizar un paseo sin alejarse de este rincón de Palermo.
Un templete vinculado con el Palacio Bosch
La historia de esta estructura está ligada a Ernesto Bosch y Elisa de Alvear, quienes encargaron los jardines de su residencia al paisajista francés Achille Duchêne, reconocido por su trabajo con la tradición de los grandes jardines franceses. Las reseñas históricas del lugar vinculan el templete con ese conjunto y con el deseo de contemplar, desde el palacio, una construcción clásica inspirada en los jardines del Petit Trianon de Versalles. Su estilo suele identificarse como Luis XVI. Palermo Tour Noticias
Al hablar de su autoría conviene distinguir el proyecto del jardín de la ejecución del edificio: Duchêne es el paisajista asociado al encargo de los Bosch, pero las fuentes consultadas no identifican de manera concluyente al constructor material del templete. La datación hacia 1917 que acompaña su descripción debe entenderse como aproximada, sin convertirla en una fecha de inauguración documentada.
Ese origen explica parte de su encanto. La construcción conserva el lenguaje de los jardines de una gran residencia, aunque hoy se disfruta dentro de un paseo público. Su relación con el Palacio Bosch permite imaginar un Palermo de principios del siglo XX, cuando las mansiones y sus parques incorporaban referencias europeas para componer vistas, perspectivas y pequeños escenarios.
Por qué había pequeños templos en los jardines
Los templetes recuperan formas de la arquitectura de la Antigüedad, entre ellas las construcciones circulares rodeadas de columnas. Sin embargo, en los jardines europeos adquirieron una función diferente: podían actuar como refugios, puntos de contemplación o piezas ornamentales que daban profundidad al paisaje.
Durante el siglo XVIII, el jardín paisajista inglés difundió recorridos sinuosos, escenas aparentemente naturales y construcciones que aparecían entre árboles, lagos y praderas. Un templete permitía introducir una referencia clásica dentro de ese paisaje. A veces albergaba una escultura; otras veces, su presencia alcanzaba para organizar la vista.
El Templo del Amor del Petit Trianon, construido para María Antonieta por el arquitecto Richard Mique y terminado en 1778, es uno de los ejemplos más conocidos. Tiene doce columnas corintias y una cúpula rebajada. La semejanza con el templete porteño pertenece a esa familia de formas y sensibilidades: no implica que sean construcciones idénticas. Château de Versailles
Ocho columnas para mirar Palermo de otra manera
Según la descripción arquitectónica del templete, su altura ronda los siete metros, mientras que la plataforma circular tiene aproximadamente siete metros de diámetro. Cuatro escalones bajos permiten llegar al interior, delimitado por ocho columnas corintias, reconocibles por las hojas de acanto que decoran sus capiteles.
Sobre ellas descansa una estructura curva con cornisa y un cuerpo superior ornamentado con ocho mascarones de leones, alineados con las columnas. La cubierta culmina en una bóveda rebajada. El piso suma otro detalle que merece atención: baldosas calcáreas pequeñas, dispuestas en un diseño geométrico de cuatro colores.
Su interior abierto es parte esencial de la experiencia. Desde afuera, el templete funciona como una figura dentro del parque; desde adentro, las columnas encuadran fragmentos de árboles, senderos y edificios. Basta cambiar de posición para que cambie también la escena. La visita puede durar apenas unos minutos, pero recompensa a quien mira hacia arriba y hacia abajo, además de posar para la fotografía.
Las esculturas que acompañan el paseo
La Plaza Seeber permite prolongar la visita con un recorrido por obras de distintas épocas. La más visible es el monumento ecuestre a Juan Manuel de Rosas, realizado por el escultor Ricardo Dalla Lasta e inaugurado en 1999, cerca del cruce de Libertador y Sarmiento.
También forman parte del patrimonio de la plaza dos esculturas de ciervos, de Prosper Lecourtier y Arthur Jacques Leduc; el grupo Lucha del tigre, de Louis Samain y Julien Dillens; y una columna dórica ornamental. A ese conjunto se incorpora Más allá del tiempo, de Marie Orensanz, una instalación de doce agujas de reloj de acero inoxidable espejado que introduce otra manera de observar el entorno.
Conviene distinguir estos puntos del Monumento de los Españoles, situado en el cruce de Sarmiento y Libertador, y de las esculturas distribuidas alrededor del Rosedal. Están cerca y pueden integrar la misma caminata, pero pertenecen a emplazamientos diferentes.
Una parada para sumar al recorrido del Rosedal
El templete puede ser el comienzo de una salida por los Bosques de Palermo. Una propuesta sencilla es recorrer primero la Plaza Seeber, detenerse en sus esculturas y continuar hacia Plaza Holanda y el Rosedal por los cruces peatonales habilitados. En los alrededores también aparecen La Rural, el Ecoparque y la arquitectura del Palacio Bosch, que puede apreciarse desde el espacio público.
Para fotografiarlo, vale la pena buscar una vista completa desde el sendero y después acercarse a los capiteles, los leones y el dibujo del piso. La luz lateral de la mañana o de la tarde ayuda a destacar los relieves y la profundidad entre las columnas.
Entre tantos destinos conocidos de Palermo, este pequeño pabellón propone una escala más íntima. Su atractivo está en esa combinación de arquitectura, árboles e historia: un lugar para hacer una pausa y descubrir que el paseo también puede estar en los detalles.