El Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori realizará este sábado 26 de septiembre, a las 15.30, el taller “Ventanas hacia los mundos”, una actividad para chicos y chicas de 6 a 12 años que parte de la retrospectiva dedicada a Agustín Riganelli. La propuesta está incluida con la entrada al museo, en avenida Infanta Isabel 555, frente al puente del Rosedal, y busca que el público observe las obras antes de proyectar y modelar su propia escultura.
Palermo suele ser contado desde sus parques, su gastronomía, sus terrazas, el circuito de moda o la vida nocturna. Pero en el borde del Rosedal, dentro de un edificio que muchos cruzan sin registrar, el Museo Sívori propone este sábado una escena distinta: sentar a los chicos frente a esculturas, dibujos y grabados para que no sólo miren una obra sino que entiendan que una forma también piensa.
El taller se llama “Ventanas hacia los mundos” y acompaña la exposición “Agustín Riganelli. La estilización del esfuerzo. Retrospectiva. Colección Sívori”. No es una actividad para llenar una tarde con cartulinas. La idea es más interesante: recorrer las salas, detenerse frente a las piezas y trabajar después con el volumen, los materiales y la imaginación propia.
Riganelli no es un nombre tan repetido como Xul Solar, Antonio Berni o Benito Quinquela Martín, aunque su obra permite entender una parte decisiva del arte argentino del siglo XX. Fue escultor, dibujante y grabador; trabajó madera, mármol, bronce, piedra, yeso y otros materiales. Miró cuerpos de trabajadores, madres, niños, figuras populares y personajes de una ciudad desigual sin convertirlos en decoración sentimental.
La retrospectiva del Sívori reúne cerca de 200 obras y se nutre del mayor acervo de Riganelli existente: más de 800 piezas conservadas por el propio museo. La muestra está curada por Teresa Riccardi y Ayelén Pagnanelli y permanecerá abierta hasta el 22 de noviembre. El dato no es menor. Mientras muchas instituciones porteñas exhiben obras aisladas o muestras de circulación internacional, el Sívori pone en primer plano un archivo municipal de enorme escala que necesitó años de catalogación, investigación y restauración para poder ser visto con seriedad.
Un artista que venía del oficio
Agustín Riganelli nació en 1890 y murió en 1949. Fue hijo de inmigrantes de origen humilde y tuvo una formación casi autodidacta. Antes de consolidarse como artista, trabajó como ebanista y carpintero tallista. Esa experiencia de oficio dejó una marca visible en su producción: no pensaba la materia como una superficie abstracta sino como algo que ofrece resistencia, veta, peso, textura y posibilidades.
La madera, por ejemplo, no aparece en Riganelli como un material secundario frente al mármol académico. Tiene espesor, nervio y presencia. En sus tallas, las figuras no buscan reproducir una anatomía perfecta de manual. Muchas veces se simplifican, se alargan, se comprimen o se vuelven más compactas. No porque el artista “no pudiera” hacer otra cosa, sino porque estaba buscando una forma de expresar trabajo, cansancio, dureza, maternidad, pobreza o espera.
Esa es una de las claves de la muestra: Riganelli no fue solamente un escultor de monumentos o bustos. Fue un artista que tomó las tensiones sociales de su época y las llevó al volumen. Su mundo estaba poblado por obreros, niños de la calle, madres populares, figuras ligadas al tango, a la bohemia y a los barrios de Buenos Aires.
La Ciudad describe su obra como una producción atenta a la figura humana, atravesada por el interés por el trabajo, los cuidados, las mujeres que los realizan y los sectores populares. No es una definición administrativa sin consecuencias. Significa que sus esculturas nacieron en una Buenos Aires que crecía con inmigración, fábricas, conventillos, sindicatos, nuevas formas de ocio y una desigualdad que no podía disimularse bajo el brillo del Centenario.
Boedo, tango y arte del pueblo
Riganelli estuvo vinculado con los círculos intelectuales y artísticos del sur de la ciudad, especialmente con la sensibilidad de Boedo. No se trata de encasillarlo de manera automática en una etiqueta escolar. Boedo fue, en las décadas de 1920 y 1930, una zona de cruces: escritores, artistas, militantes, imprentas, revistas, trabajadores y discusiones sobre el papel social del arte.
Mientras algunos sectores defendían un arte más cosmopolita, refinado y orientado a las vanguardias europeas, otros discutían cómo representar la vida popular sin convertirla en una postal paternalista. Riganelli pertenece a ese clima. Su obra no renuncia a la experimentación formal, pero tampoco se despega de la calle, del oficio, de la familia trabajadora ni de las figuras que quedaban fuera de los salones más aristocráticos.
Eso explica la presencia de las “Madres del pueblo”, uno de los núcleos reconocibles de su producción. No son figuras decorativas de maternidad idealizada. Son cuerpos con peso, pliegues, tensiones y una dignidad que no depende de verse elegantes. En una ciudad que durante décadas reservó los monumentos para militares, presidentes, próceres y empresarios, esas mujeres introducen otra pregunta: quién merece ser convertido en forma pública.
También trabajó retratos, escultura decorativa, piezas funerarias y obras por encargo. La retrospectiva no esconde esas zonas. Al contrario, permite ver que un artista puede convivir con distintos registros: el trabajo artesanal, la obra pública, la pieza íntima, el retrato, el objeto decorativo y la experimentación personal.
El museo que guarda más de 800 obras
El Museo Sívori conserva el mayor conjunto de obras de Riganelli. No es sólo una colección almacenada: es un patrimonio municipal que empezó a ser revisado mediante un proyecto específico de puesta en valor del fondo documental, el archivo y la producción artística del escultor.
Ese trabajo incluye investigación, catalogación, restauración y digitalización. El museo anunció una colección digital que permitirá acceder a imágenes, documentos e información especializada. Es un avance importante, porque muchas colecciones públicas existen pero no son fácilmente consultables por docentes, estudiantes, investigadores o vecinos.
La palabra “patrimonio” a veces se vuelve una fórmula cómoda. Parece que alcanza con poner una obra en una vitrina, inventariarla y conservarla lejos de la humedad. Pero un patrimonio que no se investiga ni se comparte queda reducido a depósito. La exhibición de Riganelli muestra el otro camino: restaurar no sólo para salvar materia, sino para devolverle contexto, nombres, fechas, técnicas y discusiones a una obra.
El Sívori viene trabajando en esa dirección desde hace tiempo. Ubicado dentro del Parque Tres de Febrero, el museo no tiene la monumentalidad de otros edificios culturales porteños. Tal vez por eso muchas personas lo ven como una parada menor frente al Jardín Japonés, el Rosedal o el Planetario. Es un error. Su colección y su programación permiten conocer artistas argentinos que no circulan con la misma frecuencia en los rankings, las redes o las vidrieras del mercado.
El museo funciona en un edificio que tuvo otros usos antes de ser sede cultural. La zona formó parte de la antigua quinta de Juan Manuel de Rosas y luego del Parque Tres de Febrero. El inmueble fue lactario municipal y también confitería antes de convertirse, en 1995, en la actual sede del Sívori. Esa acumulación de usos importa: el edificio no cayó del cielo para alojar arte. Es parte de la historia material de Palermo y de las decisiones urbanas sobre qué se conserva, qué se transforma y qué se vuelve público.
Un taller para mirar antes de hacer
“Ventanas hacia los mundos” está destinado a chicos y chicas de 6 a 12 años. El nombre resume una pedagogía razonable: antes de pedir que alguien produzca algo, hay que darle tiempo para mirar. Observar una obra no es quedarse quieto frente a una pared esperando que aparezca una emoción correcta. Es preguntar de qué está hecha, qué figura presenta, cómo está resuelto un gesto, qué parte del cuerpo pesa más, por qué una línea está curvada o por qué una superficie fue pulida o dejada áspera.
En un taller de escultura, ese proceso puede transformarse en experiencia concreta. Un niño que modela una figura descubre rápidamente que una cabeza muy grande hace caer el cuerpo; que una base define si una pieza se sostiene; que una mano puede expresar miedo, trabajo, abrazo o enojo sin necesidad de escribir una explicación. No hay algoritmo que reemplace esa relación entre ojo, mano y material.
La actividad también puede ser una buena excusa para que los adultos se corran de la lógica del paseo apurado. Palermo ofrece demasiados estímulos: comida, bicicletas, ferias, espectáculos, parques, fotos y consumo. El museo propone otro ritmo. Entrar, mirar, conversar, hacer una actividad y volver a salir al parque con una pregunta encima.
La entrada al taller está incluida con la entrada del museo. Como se trata de una actividad con cupo físico, conviene llegar con anticipación. No hay que suponer que por ser una propuesta infantil tendrá lugar ilimitado ni que la experiencia será una guardería de fin de semana. La información oficial confirma el horario de las 15.30 y la dirección de avenida Infanta Isabel 555.
Cómo llegar y qué hacer cerca
El Museo Sívori está en avenida Infanta Isabel 555, dentro del Parque Tres de Febrero, frente al puente del Rosedal. La referencia es útil porque el parque tiene recorridos extensos y no siempre es fácil identificar entradas o edificios a simple vista.
Desde el subte D, la estación Plaza Italia es una opción razonable para continuar en colectivo, bicicleta o caminata. También se puede llegar desde el entorno de Libertador, Sarmiento y Casares. Para ir en auto, conviene considerar que los fines de semana el estacionamiento en la zona suele ser complicado, especialmente cuando coinciden ferias, actividades deportivas o propuestas masivas en los Bosques de Palermo.
La salida puede combinarse con una caminata por el Rosedal, el lago, el Jardín Japonés o el Planetario, pero no hace falta convertir el día en una maratón de atracciones. Riganelli pide tiempo. Una visita de una hora y media, entre salas y taller, puede rendir más que cinco paradas hechas para cumplir con una lista.
Para familias con chicos, alcanza con ropa cómoda, agua y una capa liviana si el clima cambia. Para estudiantes de arte, diseño o arquitectura, conviene llevar libreta: la exposición permite observar proporciones, resoluciones de superficie, bases, materiales y modos de construir una figura humana sin caer en el realismo fotográfico.
Datos útiles
- Actividad: “Sábados creativos: Ventanas hacia los mundos”.
- Fecha: sábado 26 de septiembre.
- Hora: 15.30.
- Destinatarios: chicos y chicas de 6 a 12 años.
- Lugar: Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori.
- Dirección: avenida Infanta Isabel 555, Parque Tres de Febrero, frente al puente del Rosedal.
- Entrada: actividad incluida con la entrada al museo.
- Muestra relacionada: “Agustín Riganelli. La estilización del esfuerzo. Retrospectiva. Colección Sívori”.
- Vigencia de la exposición: hasta el 22 de noviembre de 2026.
- Fuentes: actividad oficial, Museo Sívori y programación de exposiciones.
Preguntas para los lectores
La exposición de Riganelli vuelve sobre madres, obreros, niños, trabajo y ciudad: ¿qué figuras de la vida actual de Palermo y Buenos Aires deberían ser representadas hoy por un escultor, y cuáles siguen quedando fuera de la imagen pública?
El Museo Sívori conserva un acervo enorme de artistas argentinos que no siempre forman parte de la conversación cotidiana: ¿qué herramientas deberían tener los museos de barrio para que las escuelas, las familias y los vecinos conozcan realmente esas colecciones?