Bajo los árboles del Parque Tres de Febrero, entre perfumes de jazmín y bronces oxidados, funciona un taller secreto donde las esculturas rotas vuelven a la vida.
A puertas cerradas, entre sombras de eucaliptos y bancos de hierro forjado, el corazón escultórico de Buenos Aires late en silencio. Se trata del MOA, la Coordinación de Monumentos y Obras de Arte, una suerte de hospital silencioso que, desde el pulmón verde de Palermo, repara las heridas de la historia cincelada en mármol y bronce.
Un quirófano para estatuas
Cada mes, unas 25 obras públicas pasan por las manos de los 25 restauradores del MOA. Quince trabajan en los talleres instalados en las antiguas caballerizas de Juan Manuel de Rosas —allí donde el poder olía a caballo y a pólvora—, mientras que los diez restantes recorren la ciudad para operar in situ aquellas esculturas imposibles de mover.
Buenos Aires cuenta con más de 2.000 monumentos, estatuas, bustos, jarrones, mástiles y placas. Y cada año, entre 160 y 170 son restauradas, ya sea por el implacable paso del tiempo o por una causa mucho más cruda: el vandalismo. Pintadas, roturas, robos sistemáticos de bronce —para su venta ilegal— y el abandono cotidiano hacen de cada obra un paciente en estado crítico.
El Patio de las Esculturas: el nuevo museo vivo
Pero todo va a cambiar. El MOA prepara la apertura del Patio de las Esculturas: un museo a cielo abierto en Plaza Sicilia donde las obras serán restauradas a la vista del público. Un gazebo metálico con paneles de policarbonato correrá sobre rieles para proteger y exhibir, según haga falta, hasta cinco esculturas. Como un quirófano transparente. Como una performance de cirugía cultural.
El predio será protegido con rejas y alambres, como el Jardín Botánico, para evitar los robos. También se abrirán nuevos accesos y caminos adoquinados desde Av. Berro. Las visitas serán gratuitas y abiertas a vecinos, turistas y estudiantes, que podrán ver en vivo la pericia artesanal que rescata nuestra memoria urbana.
Réplicas en la calle, originales en custodia
Algunas piezas —por su valor artístico o su deterioro irreversible— ya no volverán al espacio público. En su lugar, se colocarán réplicas. Los originales, en cambio, quedarán resguardados en el MOA. Así, lo que no puede ser protegido entre autos y cemento, será preservado entre glicinas y silencio. Es una práctica común en ciudades con vasto patrimonio, como Roma o París, pero aquí cobra otra resonancia: la de defender nuestra memoria en una ciudad que parece olvidar rápido.
Rodin entre jacarandás
Entre las joyas ocultas del taller, se encuentran —según quienes lo visitaron— un par de esculturas de Auguste Rodin. No es un museo cualquiera. Es una cápsula de tiempo. Un palacio discreto donde cada obra restaurada tiene una historia que contar. Un susurro del pasado que se hace visible mientras el cincel suena bajo la parra.
Una herida cultural que aún sangra
La principal causa de daño en las esculturas no es el clima, ni el paso del tiempo. Es la desidia, el olvido, y en muchos casos, la codicia. El robo de piezas de bronce para su posterior comercialización sigue siendo una amenaza constante. ¿Qué dice de una ciudad que vende sus monumentos al peso?
Palermo: más que un barrio, un museo al aire libre
Los Bosques de Palermo, entre el Rosedal, el Jardín Botánico y la Plaza Sicilia, son una galería sin techo. Allí conviven esculturas como La Flora, La loba romana, el busto de Freud o la Venus del Botánico. Es un museo extendido, fragmentado y vivo que se reinventa desde las ruinas.
¿Quién decide qué vale la pena restaurar? ¿Por qué hay obras que se abandonan y otras que se salvan? ¿Qué lugar ocupa el arte público en una ciudad que atraviesa crisis tras crisis?
Una cosa es cierta: mientras exista el MOA, mientras haya restauradores que pulan con paciencia cada herida en el mármol, la ciudad tendrá memoria.
¿Ya visitaste el Patio de Esculturas o viste en acción al equipo del MOA? ¿Qué opinás sobre la protección del arte público?