Familias enteras se suman a la Marcha Universitaria
Este martes por la tarde, mientras los cafés de Palermo todavía sirven los últimos cortados de oficina y las bicis zigzaguean entre colectivos sobre avenida Santa Fe, otra postal empezará a repetirse en el barrio: familias completas bajando las escaleras del subte Scalabrini Ortiz rumbo a la Marcha Federal Universitaria.
No serán solamente estudiantes con banderas. Habrá jubilados, docentes, madres cansadas después del trabajo, padres con mochilas colgadas, adolescentes recién salidos del colegio y hasta abuelas que todavía recuerdan cuando la universidad pública argentina era vista como una conquista casi sagrada de la clase media trabajadora.
Desde Palermo, Recoleta, Colegiales, Villa Crespo y Chacarita comenzarán a salir columnas espontáneas hacia Plaza de Mayo para reclamar por el financiamiento universitario, los salarios docentes y el sostenimiento de hospitales escuela y centros de investigación.
La escena tendrá algo profundamente porteño.
A las cuatro y pico de la tarde empezarán a aparecer los primeros grupos sobre Santa Fe. El padre que estudió en la UTN. La madre recibida en Sociales. El abuelo que cursó Derecho en la UBA durante los años setenta. La amiga de la familia que fue profesora en un colegio público toda su vida. Los chicos todavía con uniforme escolar. Algunos llevarán carteles escritos a mano. Otros simplemente caminarán.
Muchos no militan en partidos políticos. Ni siquiera suelen marchar.
Pero sienten que esta vez el tema les toca algo más profundo: la idea de que sus hijos puedan estudiar mañana igual que estudiaron ellos.
Porque en buena parte de la clase media porteña existe una memoria silenciosa que todavía sobrevive. La memoria de los primeros universitarios de la familia. La del abuelo inmigrante que apenas terminó la primaria pero soñó con ver a su hijo médico. La del empleado administrativo que mandó a la hija a Filosofía y Letras. La de generaciones enteras que crecieron creyendo que el ascenso social argentino se construía con educación pública.
Y en esa memoria colectiva aparece hoy una sensación de amenaza.
Las universidades denuncian una caída real de casi el 46% en las transferencias presupuestarias entre 2023 y 2026. Los docentes universitarios reclaman recomposición salarial y las instituciones advierten sobre dificultades crecientes para sostener investigaciones, infraestructura y funcionamiento básico.
Frente a eso, muchos vecinos de Palermo sienten que la discusión ya no pasa solamente por economía. Pasa por identidad cultural.
Porque incluso en barrios históricamente antiperonistas o moderados, la universidad pública siempre ocupó un lugar especial. La UBA no era “de izquierda” o “de derecha”. Era simplemente parte de la vida porteña. Era el orgullo familiar. El título colgado en el living. El hijo que “llegó más lejos”.
Por eso la bronca contra Javier Milei crece especialmente en ciertos sectores urbanos que sienten que el ajuste está golpeando pilares históricos de la Argentina moderna. Hospitales escuela, universidades, ciencia pública y organismos de investigación aparecen en el centro de una discusión cada vez más emocional.
En charlas de almacén, sobremesas y grupos de padres del colegio ya no se habla solamente de inflación o dólar. Se habla del miedo a perder una idea de país.
Y ahí también emerge el enojo contra sectores libertarios que desprecian la universidad pública mientras muchos de ellos crecieron dentro de familias beneficiadas por ese mismo sistema educativo estatal. Una contradicción que para muchos vecinos resulta casi absurda.
“¿Cómo vas a estar en contra de algo que permitió que tu familia progresara?”, repiten docentes, jubilados y profesionales que hoy volverán a marchar.
Desde Plaza Houssay hasta Avenida de Mayo, la movilización promete ser una de las más grandes del año. Pero en Palermo la historia tendrá un tono barrial, casi cinematográfico: familias enteras entrando al subte D con mate, banderas argentinas y bronca acumulada.
No será solamente una marcha política.
Será también una defensa sentimental de cierta Argentina que todavía resiste entre fotocopias universitarias, guardapolvos blancos, bibliotecas públicas y padres convencidos de que un hijo estudiando sigue siendo una forma de esperanza.
Mientras cae la tarde sobre Santa Fe y Scalabrini Ortiz, miles de vecinos bajarán al subte rumbo al centro con una idea simple, vieja y poderosa: que la universidad pública no es un gasto inútil sino una de las pocas máquinas reales de igualdad que todavía quedan en pie en el país.
Y quizás por eso la marcha de este martes no se explique únicamente por consignas partidarias. Se explica también por memoria, orgullo y miedo a perder algo que costó generaciones construir.