Mientras las góndolas argentinas se llenan de colores, promesas fitness, palabras en inglés y envases diseñados como si fueran juguetes, volvió a encenderse una discusión que atraviesa a millones de familias: cómo saber realmente qué estamos comiendo. El posible intento del Gobierno nacional de derogar la Ley de Etiquetado Frontal abrió una grieta profunda entre sectores de la salud pública, empresas alimenticias y consumidores cada vez más confundidos.
La norma, sancionada en 2021 como Ley 27.642 de Promoción de la Alimentación Saludable, obligó a incorporar los conocidos octógonos negros que advierten sobre excesos de azúcar, sodio, grasas, calorías, cafeína y edulcorantes. Para muchos argentinos, esos sellos terminaron funcionando como una especie de semáforo urgente en medio de un supermercado convertido en selva.
Desde la Universidad de Buenos Aires se advirtió que el problema de fondo no es solamente nutricional. También es cultural. La población consume cada vez más productos ultraprocesados sin comprender qué contienen realmente. La velocidad de la vida moderna, el marketing agresivo y la falta de educación alimentaria generan un escenario donde millones comen “a ciegas”.
“El etiquetado frontal tiene como objetivo garantizar el derecho a la salud y a una alimentación adecuada mediante información nutricional simple y comprensible”, explicó Fernando Andrés Grimaldi, licenciado en Gestión de Agroalimentos de la Facultad de Agronomía de la UBA y especialista en Asuntos Regulatorios de Alimentos.
La discusión parece técnica, pero en realidad toca algo profundamente cotidiano. El desayuno de un chico antes del colegio. La gaseosa del almuerzo. Las galletitas del kiosco. El yogur “light” que parece sano pero tiene más azúcar que un postre. Durante décadas, la información nutricional quedó escondida en letras microscópicas al dorso de los envases, casi como contratos de tarjeta de crédito. La aparición de los octógonos rompió con esa lógica.
En barrios porteños como Palermo, Colegiales, Chacarita o Villa Crespo, donde conviven dietéticas premium, cadenas internacionales y almacenes tradicionales, muchos consumidores comenzaron a mirar los envases con otros ojos. El fenómeno se vio especialmente entre jóvenes, familias con hijos y personas con enfermedades metabólicas como diabetes, hipertensión u obesidad.
Los especialistas remarcan que los sellos no “prohíben” alimentos ni convierten automáticamente a un producto en veneno. Lo que hacen es algo mucho más simple y, al mismo tiempo, incómodo para ciertas industrias: transparentar.
“El etiquetado frontal advierte sobre excesos de nutrientes críticos y promueve la prevención de la malnutrición”, sostuvo Grimaldi, quien trabaja justamente analizando fórmulas alimenticias y verificando qué sellos corresponden según la normativa vigente.
La preocupación creció porque, detrás de la posible derogación, muchos ven una batalla más profunda: quién controla la información que llega a la mesa de los argentinos. En una época donde la ansiedad, el consumo rápido y el marketing emocional dominan la vida cotidiana, la comida también se volvió un territorio de manipulación estética.
Hoy un paquete puede decir “natural”, “fit”, “zero”, “wellness”, “eco”, “protein” o “veggie” y seguir siendo un ultraprocesado cargado de sodio, azúcar o grasas. El consumidor promedio no tiene tiempo ni herramientas técnicas para descifrar fórmulas químicas eternas impresas en letra diminuta.
Ahí aparece la gran advertencia que muchos docentes, nutricionistas y profesionales de la UBA vienen señalando: una sociedad cansada, hiperestimulada y económicamente golpeada consume peor y piensa menos lo que consume. El problema ya no es solamente alimentario. También es político, educativo y cultural.
Distintos sectores vinculados a la salud pública consideran que eliminar los sellos implicaría un retroceso importante en materia de derechos del consumidor. Sobre todo porque Argentina atraviesa hace años un crecimiento sostenido de enfermedades crónicas vinculadas a la alimentación.
Mientras tanto, en supermercados y kioscos, la escena cotidiana sigue igual: padres comparando cereales, jubilados buscando precios, adolescentes comprando bebidas energéticas y chicos seducidos por envases brillantes con dibujos animados. La diferencia es que ahora, al menos, existe un octógono negro que rompe el hechizo publicitario y dice algo brutalmente simple: “Exceso en azúcar”.
Y en tiempos donde todo intenta disfrazarse de saludable, quizás esa crudeza molesta más de lo que muchos quieren admitir.