El Gobierno empieza a sentir el desgaste del poder
La política argentina tiene algo de sainete criollo y algo de tragedia griega. Cuando el poder se siente invencible, suele empezar a cometer errores de soberbia. Y en la mañana fría de Buenos Aires, mientras los jubilados volvían a aparecer en las pantallas golpeados, gaseados y desbordados frente al Congreso, la Cámara Federal de Casación Penal dejó una señal política y judicial que excede ampliamente una causa puntual: ordenó reabrir la investigación por la represión, apartó jueces federales y exigió avanzar sobre todos los responsables del operativo.
El fallo cayó como una piedra en el estanque del Gobierno nacional. Porque no se trata solamente de un expediente judicial. Se trata de la imagen de un modelo político que empieza a mostrar fatiga, aislamiento y un desgaste acelerado incluso entre sectores que lo acompañaron en silencio durante el primer tramo de gestión.
La resolución de la Sala II de Casación, integrada por Alejandro Slokar, Ángela Ledesma y Guillermo Yacobucci, cuestionó el archivo impulsado por el fiscal Eduardo Taiano y sostuvo que hubo elementos suficientes para investigar la violencia ejercida sobre manifestantes jubilados. El tribunal tomó como base registros audiovisuales donde se observó a fuerzas de seguridad avanzando sobre personas mayores que no ofrecían resistencia.
Y ahí aparece una postal incómoda para la Casa Rosada: jubilados golpeados. Una imagen devastadora en cualquier democracia moderna. Porque hay símbolos que ningún gobierno logra controlar. El jubilado representa la fragilidad social, el final del camino laboral, la memoria viva de un país. Cuando la violencia estatal recae sobre ese sector, la percepción pública cambia rápidamente.
El círculo rojo empieza a soltarle la mano
En paralelo al conflicto judicial, empieza a respirarse otro clima en los sectores empresariales. Ese famoso “círculo rojo” que alguna vez observó con simpatía el experimento libertario hoy empieza a mirar hacia otro lado. No tanto por ideología. En Argentina el empresariado suele adaptarse a casi cualquier gobierno. El problema, dicen por lo bajo, es el deterioro económico real sobre el entramado pyme.
En distintos sectores industriales, comerciales y tecnológicos ya no se habla de “ajuste necesario”, sino de destrucción de mercado interno, caída brutal del consumo y desaparición de pequeñas y medianas empresas que no soportaron el shock económico. La motosierra terminó entrando también en talleres, comercios históricos, fábricas familiares y emprendimientos que sobrevivieron a otras crisis pero no lograron soportar esta combinación de recesión, tarifas y desplome del consumo.
En Palermo, Colegiales, Villa Crespo y Chacarita, la escena empieza a repetirse: persianas bajas, locales vacíos y carteles de alquiler acumulándose como hojas secas de otoño sobre avenidas cada vez más apagadas. El glamour del consumo premium empieza a convivir con una angustia económica silenciosa.
El problema de gobernar desde el enojo
Muchos analistas coinciden en algo: Javier Milei logró construir poder desde la furia, pero gobernar requiere otra musculatura. El problema del enojo permanente es que tarde o temprano agota incluso a los propios. Y dentro del oficialismo ya circulan tensiones internas, diferencias estratégicas y un desgaste evidente en la convivencia política.
La confrontación constante, las peleas públicas, los insultos y la dinámica de amigo-enemigo funcionaron como combustible electoral, pero generan otro efecto cuando pasan los meses: cansancio social. Incluso votantes antiperonistas muy duros empiezan a mostrar dudas cuando la economía cotidiana no mejora.
Y aparece una pregunta incómoda en sobremesas, taxis, bares y oficinas: “¿Cuándo estuvimos mejor?”. La respuesta muchas veces sorprende incluso a quienes la dicen. Porque detrás del rechazo histórico al peronismo empieza a emerger otra preocupación más concreta y brutal: llegar a fin de mes.
Hoy existe un núcleo duro libertario intenso, muy ideologizado y profundamente antiperonista, que todavía sostiene al Presidente. Pero distintos estudios privados muestran que ese piso parece estabilizarse alrededor del 25%. El problema es el resto de la sociedad: comerciantes agotados, trabajadores precarizados, jubilados golpeados y empresarios cansados de la incertidumbre permanente.
La política argentina huele sangre rápido
En Argentina el poder tiene un aroma extraño. Cuando un presidente parece fuerte, todos se alinean. Pero cuando empieza el desgaste, la política detecta la sangre con velocidad feroz. Gobernadores, empresarios, sindicalistas y dirigentes que antes callaban empiezan lentamente a despegarse.
La reapertura de la causa por la represión puede transformarse en algo más grande: un símbolo del cambio de clima político y judicial. Porque cuando los tribunales empiezan a moverse, suele ser porque perciben que el blindaje político ya no es el mismo.
Mientras tanto, en las calles de Buenos Aires crece una sensación rara, espesa, casi porteña hasta la médula: la idea de que el experimento libertario entró en una zona de desgaste acelerado antes de tiempo.
Y la historia argentina tiene memoria para estas cosas. Acá los gobiernos no suelen caer solamente por la oposición. Muchas veces caen porque se quedan solos.