Ubicada en la esquina de Ortiz de Ocampo y Eduardo Costa, en pleno corazón del refinado Barrio Parque de Palermo Chico, se alza una joya arquitectónica que desde hace un siglo despierta intriga, admiración y un sinfín de conjeturas: la Casa Redonda, diseñada por el arquitecto italiano Mario Palanti junto a Algier. Esta residencia, también conocida como la casa más emblemática del barrio, representa uno de los experimentos más audaces y enigmáticos del autor del Palacio Barolo.

Con una superficie construida de 850 m² sobre un lote de 500 m², esta casa circular parece desafiar los convencionalismos urbanos y arquitectónicos de su tiempo. Su particular forma redonda, coronada por una torre con reminiscencias hindúes, rejas de impronta Art Nouveau y un portón cuyas formas evocan los relieves dantescos, confirman la hipótesis: aquí, una vez más, Palanti quiso rendir homenaje a Dante Alighieri, como ya lo había hecho con el Barolo, concebido como un mausoleo simbólico del poeta florentino.
La Casa Redonda fue edificada en 1922 por la constructora Castiglioni y Colombo, y restaurada completamente en 2006. Fue residencia de la familia Soler y, posteriormente, sede diplomática: funcionó como la Embajada de Irán durante la época del Sha Mohammad Reza Pahlavi hasta 1980. En sus diferentes vidas, también albergó una galería de arte.
En su interior, la casa mantiene maderas nobles, escaleras y muebles originales diseñados por Palanti. Además, cuenta con un búnker de seguridad registrado en el RENAR como RB5, que incluye placas de rebote, comunicación encriptada, sistemas antiarmas automáticas y cabina exterior de vigilancia. ¿Por qué tanta seguridad? Su uso como embajada y su posterior restauración explican parte del misterio, pero alimentan también el imaginario que rodea la propiedad.

Palanti, nacido en Milán en 1885, había llegado a la Argentina en 1909 invitado por su maestro Gaetano Moretti para colaborar en el Pabellón Italiano de la Exposición del Centenario. Su paso por la Academia de Brera y el Politecnico di Milano lo habían nutrido de una visión que combinaba la monumentalidad del eclecticismo con el empuje vanguardista del futurismo y la carga simbólica del medievalismo de Camillo Boito. Esa mezcla estética y filosófica fue la matriz de su obra.
La primera etapa de su carrera en Buenos Aires se caracterizó por encargos que iban desde lo convencional hasta lo utópico: iglesias votivas, catedrales góticas imaginadas, villas medievales y mercados inspirados en modelos europeos. Sin embargo, fue en la segunda etapa, tras su regreso en 1919, cuando cristalizó sus grandes obras: el Palacio Barolo en Buenos Aires y el Palacio Salvo en Montevideo, verdaderas «Columnas de Hércules» del Río de la Plata, concebidas como hitos urbanos con valor simbólico casi religioso.
En ese contexto se inserta la Casa Redonda. Su escala menor respecto al Barolo no le resta audacia ni profundidad simbólica. Por el contrario, su composición circular, las torres, las líneas curvas, los vitrales y ornamentos refuerzan la idea de una arquitectura como «cosmogonía construida», un concepto que Palanti exploró a fondo en su obra.
Palanti, nacido en Milán en 1885, había llegado a la Argentina en 1909 invitado por su maestro Gaetano Moretti para colaborar en el Pabellón Italiano de la Exposición del Centenario. Su paso por la Academia de Brera y el Politecnico di Milano lo habían nutrido de una visión que combinaba la monumentalidad del eclecticismo con el empuje vanguardista del futurismo y la carga simbólica del medievalismo de Camillo Boito. Esa mezcla estética y filosófica fue la matriz de su obra.

La primera etapa de su carrera en Buenos Aires se caracterizó por encargos que iban desde lo convencional hasta lo utópico: iglesias votivas, catedrales góticas imaginadas, villas medievales y mercados inspirados en modelos europeos. Sin embargo, fue en la segunda etapa, tras su regreso en 1919, cuando cristalizó sus grandes obras: el Palacio Barolo en Buenos Aires y el Palacio Salvo en Montevideo, verdaderas «Columnas de Hércules» del Río de la Plata, concebidas como hitos urbanos con valor simbólico casi religioso.
En ese contexto se inserta la Casa Redonda. Su escala menor respecto al Barolo no le resta audacia ni profundidad simbólica. Por el contrario, su composición circular, las torres, las líneas curvas, los vitrales y ornamentos refuerzan la idea de una arquitectura como «cosmogonía construida», un concepto que Palanti exploró a fondo en su obra.
El valor patrimonial de la Casa Redonda no se limita a su estética. Es una pieza clave para entender cómo un arquitecto inmigrante supo resignificar en Buenos Aires el imaginario simbólico de la Europa clásica y medieval, fusionándolo con las demandas del siglo XX en una ciudad que comenzaba a parecerse a París. Palanti no copiaba estilos: los traducía en clave de fantasía, con un talento que hoy parece salido de las páginas de Italo Calvino.
La arquitectura de Palanti, entre el monumento y el delirio, entre el templo y el rascacielos, encuentra en la Casa Redonda una versión más doméstica, pero no menos grandiosa. Es, en palabras de muchos historiadores, la «hermana menor» del Barolo, aunque con una intimidad y sofisticación que la hacen única.
La casa sigue siendo, además, uno de los secretos mejor guardados de Palermo Chico. En una zona dominada por residencias diplomáticas, embajadas y mansiones cerradas a cal y canto, la Casa Redonda es una excepción: cada tanto se abre al público o alberga actividades culturales que permiten vislumbrar su interior, ese mundo cerrado que parece detenido en el tiempo.
Como tantas otras obras de Palanti, la Casa Redonda no responde a una sola categoría arquitectónica. Es templo, es castillo, es mansión, es escultura habitable. Una especie de «Barolo residencial», pensada no para oficinas sino para una familia o, incluso, para albergar a un alma errante que venera a Dante y a la belleza.
Hoy, cien años después de su construcción, la Casa Redonda no ha perdido ni un ápice de su magnetismo. Al contrario: en una ciudad cada vez más estandarizada y entregada a las torres de vidrio, se vuelve refugio de una arquitectura poética, pensada con el alma, tallada con la mano y proyectada como si el arte pudiera desafiar al tiempo.
Queda claro que no es una casa más: es un universo contenido entre curvas, ladrillos y madera noble. Un canto en piedra al genio de Palanti y una pregunta abierta que resuena en el aire de Barrio Parque: ¿Cuántos secretos puede guardar una casa redonda?

Direcciones: Ortiz de Ocampo 2901 / Eduardo Costa 3079
Superficie: Lote: 500m² Construido: 850m²
Año de construcción: 1922
Restauración: 2006
Arquitectos: Mario Palanti & Algier
Constructores: Castiglioni y Colombo
Usos: Residencia privada, embajada, galería de arte
Valor patrimonial: Obra histórica protegida
Inspiración estética: Dante Alighieri, Art Nouveau, arquitectura hindú, medievalismo, eclecticismo monumental