Un Gobierno que pierde autoridad mientras crece el desempleo en la Ciudad
Primero fue el relato de la austeridad. Después llegaron las fotos, los vuelos, los inmuebles, las explicaciones a media máquina y las causas judiciales. Y ahora el nombre de Manuel Adorni quedó pegado a una palabra que el Gobierno detesta: sospecha. En una administración que prometió superioridad moral, orden y transparencia, el caso del jefe de Gabinete empezó a perforar el discurso oficial justo cuando la economía real se sigue endureciendo y el desempleo aprieta en Buenos Aires.
La situación política se volvió especialmente incómoda porque Adorni no es un funcionario menor ni un nombre lateral. Fue, y sigue siendo, una de las caras más visibles del mileísmo, uno de los voceros más filosos de la moral del ajuste y de la prédica contra “la casta”. Por eso la investigación sobre quién pagó sus vuelos privados a Punta del Este, las dudas sobre la evolución de su patrimonio y las inconsistencias en torno a propiedades no detalladas con claridad lo golpean en el centro mismo de su capital político.
Según las actuaciones judiciales y las denuncias impulsadas por diputados opositores, entre ellos Esteban Paulón, la Justicia puso la lupa sobre un viaje en avión privado a Uruguay y sobre posibles hechos que podrían encuadrarse, si se corroboran, en dádivas o enriquecimiento ilícito. La investigación quedó bajo la órbita del juez Ariel Lijo y el fiscal Gerardo Pollicita, mientras se pidieron informes sobre contratos y sobre el financiamiento de esos traslados.
Uno de los puntos que más ruido hizo fue la contradicción sobre quién pagó esos vuelos. La pesquisa judicial avanzó justamente sobre ese punto sensible: si Adorni costeó los viajes de su bolsillo, como sostuvo, o si fueron cubiertos por terceros vinculados a su entorno. Ese detalle no es menor. En cualquier gobierno ya sería grave. En uno que hizo del sermón moralista una bandera, el costo político es todavía más alto.
A eso se sumó el frente patrimonial. En los últimos días se publicaron datos sobre un departamento en Caballito en el que vive actualmente y que no figuraba en su última declaración jurada presentada ante la Oficina Anticorrupción, además de nuevas preguntas sobre otros bienes familiares y sobre la casa de su esposa en un country. Adorni respondió que su patrimonio fue construido durante 25 años en el sector privado y sostuvo que no tiene nada que esconder, pero evitó despejar del todo las dudas sobre las fechas, los montos y el detalle fino de esas operaciones.
Eso es, justamente, lo que más erosiona. No solo la existencia de denuncias, sino la sensación de opacidad. Porque cuando un funcionario que predica pureza republicana se atrinchera en explicaciones incompletas, la sospecha no baja: crece. Y en Palermo, Recoleta y buena parte del corredor norte porteño, donde muchos votaron a Milei con la expectativa de un gobierno duro pero prolijo, el caso Adorni empezó a ser leído como una mancha demasiado visible. No hace falta una condena para que se rompa la confianza; a veces alcanza con que el relato se agriete.
Ese desgaste, además, llega en el peor momento. Porque mientras el oficialismo intenta apagar el incendio político, los números del mercado laboral en la Ciudad no traen alivio. El IDECBA informó que en el cuarto trimestre de 2025 la desocupación en CABA alcanzó al 7,3% de la población económicamente activa, equivalente a unas 126.000 personas. Y si se suma la subocupación demandante y el resto de quienes buscan activamente mejorar su situación, la presión sobre el mercado laboral trepa al 12,7% de la PEA.
Dicho sin maquillaje: hay más porteños sin trabajo, más gente rebuscándosela con menos horas de las que necesita y más personas tratando de entrar o reingresar a un mercado que no responde. La tasa específica de actividad se ubicó en 64,1% y la de empleo en 59,4%, mientras que la subocupación horaria llegó al 9,3%. El cuadro no describe una recuperación robusta sino una sociedad tironeada, donde el esfuerzo individual ya no alcanza para ordenar la vida cotidiana.
En barrios como Palermo y alrededores eso no siempre se traduce en imágenes de derrumbe abierto. Se ve de otro modo: profesionales que ajustan honorarios, comercios con menos movimiento, trabajadores independientes que facturan menos, jóvenes que no consiguen estabilidad y familias que, aun con ingresos, viven mirando la cuenta. La crisis no entra siempre pateando la puerta. A veces se instala en silencio, como humedad en pared vieja.
Por eso el combo pega más fuerte. De un lado, un funcionario central del Gobierno cercado por denuncias, contradicciones y explicaciones flojas. Del otro, una Ciudad donde el desempleo sube, la subocupación aprieta y la promesa de normalidad económica sigue sin llegar. Cuando la moral oficial se abolla al mismo tiempo que el trabajo se deteriora, lo que se pierde no es solamente imagen: se pierde autoridad.
Ese es hoy el problema de fondo para el Gobierno. No solo defender a Adorni en tribunales o en conferencias de prensa, sino explicar por qué mientras se exigía sacrificio, disciplina y fe en el ajuste, uno de sus hombres más visibles quedó atrapado en un pantano de privilegios, patrimonios discutidos y viajes bajo investigación. Y todo eso ocurre mientras miles de porteños siguen buscando trabajo o más horas para no caerse del sistema.
En Palermo Actualidad, la lectura empieza a volverse áspera: si el discurso de la transparencia se deshilacha arriba y la realidad laboral se complica abajo, la decepción puede avanzar incluso entre quienes acompañaron al oficialismo con entusiasmo. El caso Adorni, más que un episodio aislado, empieza a parecer un síntoma. Y la desocupación, más que una cifra, una advertencia.