Palermo Tour | Historia y patrimonio
Quienes hoy recorren los senderos del Parque Tres de Febrero, entre la avenida Belisario Roldán, Figueroa Alcorta y las vías del ferrocarril Mitre, difícilmente imaginen que allí funcionó uno de los escenarios deportivos más importantes de América Latina. El Velódromo Municipal de Buenos Aires fue durante décadas el gran templo del ciclismo argentino, un símbolo del deporte nacional y una de las obras impulsadas durante el gobierno de Juan Domingo Perón para los Primeros Juegos Panamericanos de 1951.
Nació para los Juegos Panamericanos
La construcción comenzó a fines de la década de 1940 como parte del enorme plan de infraestructura deportiva que preparó a Buenos Aires para recibir los Juegos Panamericanos de 1951. El país levantó estadios, autódromos, complejos deportivos y el nuevo velódromo, que rápidamente se convirtió en uno de los mejores del continente.
Su pista de ciclismo de alta velocidad estaba acompañada por importantes tribunas de hormigón capaces de albergar miles de espectadores. Durante muchos años fue considerado el tercer velódromo más importante de América para el ciclismo de pista.
La época dorada
Entre las décadas de 1950 y 1980, el lugar fue escenario de campeonatos nacionales e internacionales, pruebas de velocidad, persecución y fondo, además de recibir a los mejores ciclistas argentinos y extranjeros.
Durante aquellos años el ciclismo movilizaba multitudes. Las tribunas se llenaban para ver competencias que hoy forman parte de la memoria deportiva de la ciudad.
Cuando dejó de ser un velódromo
Con el paso de los años comenzaron a aparecer problemas estructurales. La construcción había sufrido fallas de ejecución que, sumadas a décadas sin mantenimiento, deterioraron seriamente las tribunas y la pista. Los estudios técnicos concluyeron que una restauración integral era inviable desde el punto de vista económico.
Mientras el ciclismo perdía protagonismo, el predio empezó a utilizarse para recitales, espectáculos masivos y diversos eventos. Incluso fue escenario de producciones teatrales y musicales, alejándose poco a poco de su función original.
La demolición
En 2013 la Legislatura porteña autorizó la demolición de las estructuras existentes, preservando únicamente los históricos pórticos ornamentales de acceso, considerados parte del patrimonio del lugar. (Documentos Boletín Oficial)
Las tribunas fueron retiradas y el viejo óvalo dejó de existir como escenario competitivo.
El nuevo parque deportivo
Entre 2016 y 2017 el predio fue transformado completamente. Sobre el antiguo trazado nació uno de los skateparks más importantes de Sudamérica, acompañado por canchas de hockey, senderos aeróbicos, espacios verdes y sectores recreativos.
En 2026 la Ciudad completó una nueva etapa de recuperación integral de más de 42.000 metros cuadrados, restaurando los accesos históricos, mejorando la iluminación, las veredas, el drenaje y la circulación peatonal para integrar definitivamente el predio al sistema de parques de Palermo.
Los pórticos que aún cuentan la historia
Las fotografías muestran uno de los pocos elementos originales que sobrevivieron a la demolición: los grandes pórticos de acceso.
En sus muros todavía pueden verse relieves escultóricos dedicados al ciclismo, con figuras de corredores lanzados en plena competencia. Son un homenaje permanente al destino deportivo que tuvo este predio desde 1951 y constituyen una de las piezas patrimoniales más valiosas conservadas del antiguo Velódromo Municipal.
Hoy esos relieves reciben a corredores, ciclistas, skaters y vecinos que utilizan diariamente este espacio público, uniendo el pasado con el presente.
Un patrimonio que merece ser recordado
Aunque la pista desapareció, el antiguo Velódromo Municipal sigue formando parte de la historia deportiva de Buenos Aires. Allí vibraron generaciones de ciclistas, se escribieron páginas importantes del deporte argentino y se consolidó un espacio que hoy continúa siendo un punto de encuentro para la actividad física.
Caminar por estos senderos es recorrer un sitio donde la velocidad, el esfuerzo y la pasión dejaron una huella imborrable. Los viejos pórticos y sus relieves son el último testimonio de aquella gran catedral del ciclismo que hizo de Palermo uno de los centros deportivos más importantes de América.