Turismo en Palermo: libros, vino natural y el verde que no se rinde
En pleno otoño porteño, cuando las hojas secas alfombran las veredas y el cielo se viste de plomo pero no pierde su carácter, Palermo sigue latiendo como el corazón cultural y turístico de Buenos Aires. Esta vez, el barrio se convierte en protagonista de una escena vibrante donde conviven la literatura, la gastronomía audaz, la conciencia ecológica y la nostalgia urbana de los bosques.
La 49ª Feria del Libro llegó a La Rural con multitudes y con polémica. A metros del Planetario y del Rosedal, bajo los techos históricos del predio ferial, los stands de las editoriales se mezclan con la bronca contenida de los asistentes. El discurso de apertura del secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, fue interrumpido por abucheos y gritos: el funcionario, al agradecer al presidente Javier Milei y a su hermana Karina, dejó al descubierto la grieta que no se disimula ni en los eventos más nobles. La feria sigue, sí, pero con un murmullo de fondo que ya no se apaga.
En paralelo, Palermo también fue anfitrión de la Bioferia 2025, un encuentro verde y consciente que ocupó el Hipódromo con más de doscientos expositores. Hubo charlas sobre reciclaje, talleres de cocina sin desperdicio y espacios de reflexión sobre un consumo que no devore el planeta. La Bioferia se instaló como una suerte de contrapeso ético a los excesos de la ciudad: mientras algunos corren detrás del dólar o del algoritmo, otros siembran compost.
Pero Palermo no es solo escenario de ferias; es, sobre todo, una coreografía de rincones. A pasos del Planetario, casi oculto entre senderos menos transitados, el Lago Victoria Ocampo ofrece una pausa sin guion. Ahí, donde el ruido urbano se apaga, algunos vecinos encuentran una suerte de tregua con el tiempo. No hay carteles, ni guías turísticas que lo señalen con pompa. Es un secreto a voces, de esos que se pasan de boca en boca como los buenos vinos.
Y hablando de vinos, otro fenómeno se viene gestando en las noches palermitanas. En una esquina donde antes funcionaba una vieja casa reciclada, abrió “Vini”, un bar de vinos naturales que parece importado de París o Londres, pero con acento porteño. Se acabó la pose del sommellier pedante: en Vini la gente habla de uvas como quien habla del amor, con torpeza y deseo. A unas cuadras de ahí, «Lado V», un restaurante plant-based, se animó a aceptar criptomonedas. En pleno auge del ajuste y los recortes, la gastronomía de Palermo apuesta al riesgo: cocina de vanguardia, pagos digitales y platos que no le temen al brócoli.
Sin embargo, no todo lo que brilla es orgánico. Palermo se encuentra en el ojo de la tormenta por la proliferación de alojamientos turísticos temporarios. Con más de 5.000 unidades ofrecidas en plataformas como Airbnb, el barrio enfrenta un dilema: ¿cómo equilibrar la llegada constante de turistas con la vida cotidiana de los vecinos? La postal de una familia desalojada convive con la del turista que alquila un dos ambientes con vista al jardín japonés. El progreso, a veces, se siente como invasión.
Así es Palermo en este abril de 2025. Un barrio donde se discute a Milei en los pasillos de la Feria del Libro, se cultivan hábitos sustentables entre ferias eco y copas de Malbec sin pesticidas, y se camina con la duda de si todo este esplendor turístico puede sostenerse sin perder el alma barrial.
¿Turismo o identidad? ¿Progreso o resistencia? ¿Espectáculo o pertenencia?
Como siempre en Buenos Aires, las respuestas no se encuentran en los afiches sino en la calle. Y Palermo, que nunca se deja domesticar del todo, sigue siendo el mejor lugar para hacer la pregunta.