Ningún país, ciudad ni persona resiste los años sin que el tiempo deje huella en su rostro. Buenos Aires no es una excepción. La cara de la capital argentina, esculpida desde los barcos que llegaban de Europa en el siglo XIX, no es la que era. La piel blanca y el acento italiano o castizo fueron cediendo terreno al desembarco de otros de distintos puntos del globo para formar el célebre crisol de razas al que se animaba desde la Constitución. Cerca de 400.000 extranjeros que pueblan la capital argentina se agrupan por nacionalidades en diferentes barrios, transformándolos según sus costumbres.
El siglo XX abrió ese abanico de colores, rasgos y timbres de voz que adquiere identidad y ubicación propia en el XXI. Los inmigrantes de hoy encuentran su rincón nacional, por afinidad de bandera, en los diferentes barrios.
Buena parte de los extranjeros que han llegado a Buenos Aires en la última década son vecinos de las Américas de habla hispana. En torno al 40 por ciento provienen de Colombia, México, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú y otros países “hermanosâ€.
El último censo de la ciudad -recogido por el diario La Nación- observa que en la capital argentina hay registrados 381.778 extranjeros. La cifra equivale al 13% de una población que se extiende y se asienta, en estos años, en los barrios de Constitución, Montserrat, Puerto Madero, Retiro, San Nicolás o San Telmo, enclaves con historia y atractivos propios que han seducido a cerca de 51.000 foráneos.
También hay otros que se concentran en zonas de chabolas como Villa Lugano, Villa Riachuelo o Villa Soldati, donde viven 43.742 extranjeros, unos tres mil más de los que se fueron al barrio de Flores o al Parque Chacabuco, lejos de la Recoleta, reducto favorito de españoles expatriados. Pero, como suele suceder en otras capitales, a poca distancia de las familias acomodadas se abren paso zonas de miseria kilométricas como la Villa 21, donde los paraguayos son mayoría.
Las recorridas de Palermotour, el Noticiero de Palermo por el Barrio denotan que es uno de los seis más elegidos por mexicanos, brasileños, uruguayos y colombianos. Juntos, pero no revueltos, se encuentran en los restaurantes y bares de moda que se extiende, por esta zona de calles, con tiendas de diseños modernos y ambiente entre intelectual y juvenil.
En Buenos Aires, cruzar una calle puede significar la diferencia entre estar en el sitio más top a otro considerado de segunda. Eso sucede en Palermo, donde las fruterías con sabor a Colombia se repiten de una manzana a otra hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, se llega a la Plaza de Serrano, el corazón de la movida más gay del barrio.
En Constitución, el barrio que concentra mayor número de extranjeros, los peruanos ofrecen su gastronomía y los dominicanos otra forma y ritmo de entender el mundo. Las peluquerías y manicuras para esculpir uñas trabajan con el merengue como música de fondo. El volumen, de noche y de día, anticipa dónde están.
Otra cara de la inmigración, más silenciosa, es la que ofrece el barrio chino, una especie de Chinatown porteña lleno de supermercados con moluscos nunca vistos y góndolas repletas de ingredientes y productos autóctonos. En los alrededores, restaurantes y tiendas, donde en ocasiones es difícil hacerse entender, funcionan los siete días de la semana. Los chinos, igual que en España, están presentes en todos los barrios, incluido el de Flores donde los coreanos son mayoría seguidos de bolivianos. Unos y otros, de aquí y de allá, poco a poco, van seduciendo con sus hábitos, sabores y formas de vivir para, al final, dar forma a una nueva Buenos Aires.