La avenida del Libertador se abre al cielo porteño y, a escasos metros del Rosedal, emerge el Campo Argentino de Polo. Inaugurado en 1928 y conocido en todo el mundo como “la Catedral”, el estadio fue concebido por el Ejército para ejercicios hípicos, pero pronto quedó consagrado al taco y la bocha. Con sus tribunas de hormigón y esa alfombra de césped perfecta para el galope, la Cancha N.º 1 —15 000 asientos, todos sentados— ha sido testigo de casi un siglo de golpes exactos, chukkers frenéticos y victorias épicas.
Cada primavera, los domingos de octubre y noviembre se convierten en romería cuando arranca el Campeonato Argentino Abierto de Polo, considerado el torneo de clubes más importante del planeta. El ritual se repite: las barreras se llenan de botas lustrosas, sombreros de ala ancha y mate amargo; el murmullo queda suspendido hasta que suena la campana y los ocho caballos explotan sobre el césped. En la edición 2024, La Natividad alzó el trofeo tras un duelo memorable contra La Dolfina, 13-11, revalidando su título y demostrando que la dinastía Castagnola-Pieres llegó para quedarse.
La leyenda empezó mucho antes. Juan Carlos “Juancarlitos” Harriott, mito nacido en Coronel Suárez, se llevó el Abierto de Palermo en veinte ocasiones entre 1957 y 1979. Tenía diez goles de hándicap y un estilo que mezclaba elegancia y fiereza: se decía que medía los pases con la misma paciencia con la que un orfebre pule la plata. Ya en la era moderna, Adolfo Cambiaso pulverizó marcas con 32 participaciones en el Argentino Abierto, fundó La Dolfina y exportó la audacia criolla al circuito global sin perder el acento de Cañuelas. Entre ambos extremos del tiempo desfilan apellidos que cada melómano del taco recita de memoria: Heguy, Novillo Astrada, Merlos, Pieres, Ulloa.
Jugar o mirar polo en Palermo no es solo una cita deportiva; es un acontecimiento cultural. A la salida de los partidos, las peñas se extienden en los restoranes de Libertador o en “Bocha”, el corredor gastronómico que se montó detrás de la tribuna Dorrego. Allí se brindan clases introductorias, se alquilan cascos para fotos y se consigue la anhelada entrada para una práctica —la forma más económica de ver en acción a los cracks, sin la multitud que copa las finales— .
La cancha N.º 1, orientada de norte a sur para evitar el sol en contra, fue diseñada con medidas exactas: 275 m de largo por 145 m de ancho. El silencio sólo se interrumpe cuando el público corea el nombre de su favorito o cuando, en los entretiempos, los caballos cambian de sangre y se percibe el resoplido húmedo de la bravura. En los últimos años, la Catedral también fue habilitada para recitales masivos; se escucharon desde Metallica hasta Dua Lipa, pero la liturgia sigue perteneciendo al polo, y ningún concierto logra opacar el eco de un taco bien pegado.
Para el turista curioso, asistir a un chukker es una postal inolvidable: basta llegar en Subte D hasta Palermo o en el tren San Martín hasta 3 de Febrero y caminar un par de cuadras. Las boleterías abren temprano y los precios varían según la instancia; en las clasificatorias la entrada general es accesible y, con suerte, se comparte grada con alguna estrella retirada que comenta la jugada. En la antesala, el museo informal —fotos firmadas, trofeos, tacos gastados— recuerda que aquí se afianzó el dominio argentino en este deporte, mientras el aroma a eucalipto y corte de pasto mezcla pasado y presente.
Cae la tarde, el cielo se tiñe de rojo y las tribunas se vacían despacio camino a la avenida Dorrego. La Catedral queda muda hasta el siguiente chukker, custodiada por los magnolios y el run-run de los colectivos. Y, sin embargo, la leyenda nunca duerme: en cada brizna de césped hay una jugada de Cambiaso, el eco de Harriott y la promesa de que, año tras año, Palermo volverá a ser la capital mundial del polo.