La escultura que desapareció del Rosedal y duerme en el “hospital” de estatuas
Cada 13 de abril se celebra el Día Internacional del Beso, pero en Palermo esa fecha tiene una historia propia: una escultura romántica, ubicada frente al lago del Rosedal, fue retirada tras años de vandalismo y hoy permanece fuera de la mirada pública, en restauración. Un símbolo del amor… que terminó escondido.
En el calendario global, el 13 de abril quedó marcado como el Día Internacional del Beso, una excusa perfecta para hablar de amor, de vínculos y hasta de química corporal. Pero en la Ciudad de Buenos Aires, y más precisamente en Palermo, la fecha arrastra una historia menos conocida, casi una pequeña tragedia urbana: la desaparición de una de las esculturas más románticas del parque.
El beso que estaba en el corazón del Rosedal
Durante años, a metros del lago del Rosedal de Palermo, existió una obra que parecía hecha a medida del lugar: “El Beso”, una escultura en mármol del artista francés Jean Paul Baptiste Gask.
La pieza representaba a Hero y Leandro, dos amantes de la mitología griega unidos por un amor imposible. Él cruzaba a nado cada noche el estrecho guiado por una luz; una tormenta apagó la señal, se perdió en el mar y murió. Ella, al enterarse, se arrojó al vacío. Un beso eterno suspendido entre la pasión y la tragedia.
No era una escultura más. Estaba ubicada estratégicamente sobre la vera del lago, en uno de los rincones más fotografiados del parque, un lugar donde parejas, turistas y vecinos iban —sin saberlo— a convivir con una historia de amor milenaria.
Del romanticismo al abandono
Pero Buenos Aires tiene esa costumbre medio cruel con su patrimonio: lo que enamora, muchas veces termina deteriorado.
Con el paso del tiempo, la escultura empezó a sufrir vandalismo constante. La gente se subía, la tocaba, la forzaba. Lo que era una obra delicada terminó dañada. Y como suele pasar, la solución no fue protegerla mejor… sino retirarla.
La decisión se tomó para preservar la pieza. “El Beso” dejó de estar en el Rosedal y desapareció del paisaje cotidiano.
Y ahí empezó el misterio.
El “hospital de esculturas” en Plaza Sicilia
Hoy, según distintos registros y testimonios, la obra habría sido trasladada al llamado “hospital de esculturas”, el taller de restauración de Monumentos y Obras de Arte (MOA), ubicado en Plaza Sicilia.
Este espacio funciona como un quirófano del patrimonio porteño: allí llegan esculturas vandalizadas o deterioradas para ser reparadas antes de volver —o no— a su lugar original.
El problema es que, en el caso de “El Beso”, el regreso nunca fue claro. Algunos informes señalan que permanece allí desde hace años en reparación, sin una confirmación pública sobre su destino definitivo.
Una especie de limbo artístico. Ni expuesta, ni olvidada del todo.
El beso como símbolo: entre la ciencia y la cultura
Mientras tanto, el mundo celebra el beso. Y no es casual.
La ciencia sostiene que besar libera dopamina, oxitocina y endorfinas: placer, apego, alivio. Baja el estrés, mejora el ánimo y hasta activa el sistema inmunológico. Pero el beso también es otra cosa: es relato.
En el cine, en el teatro, en la literatura, el beso fue siempre el momento clave. El punto de no retorno. El instante donde se juega todo. Y en Palermo, ese símbolo tuvo forma de piedra.
Una escultura que no mostraba un beso cualquiera, sino uno atravesado por el destino. Un amor que no termina bien. Y que, quizás por eso, se volvió más potente.
Palermo, entre el amor y el descuido
El Parque Tres de Febrero, donde vive el Rosedal, es uno de los espacios verdes más emblemáticos de la ciudad, con miles de visitantes, 18.000 rosales y un patrimonio escultórico enorme.
Pero también es un territorio donde el arte público queda muchas veces a la intemperie: sin protección suficiente, sin señalización, sin conciencia colectiva.
La historia de “El Beso” es, en el fondo, la historia de esa tensión. Entre lo que la ciudad muestra y lo que no logra cuidar.
Un beso que todavía espera volver
En el Día Internacional del Beso, Palermo tiene una deuda pendiente. No con el amor —que sobra en los bancos del Rosedal— sino con su memoria.
Porque hubo una escultura que estaba justo ahí, frente al lago, donde el tiempo parece detenerse. Y que hoy no está.
Y en una ciudad donde todo pasa rápido, donde todo se reemplaza, donde todo se olvida…
hay besos que no deberían desaparecer.
Ni siquiera los de piedra.