En los 90, cuando aparecieron los pioneros como Ricardo Paz (Arte étnico Argentino), Pancho Salomón (La Pasionaria), Marcos Fernández (Papelera Palermo), Alicia Goñi y Florencia Pieres (Cat Ballou) y Cecilia James (Desde Asia), Palermo Viejo era un barrio desconocido, exótico, al punto de que las clientas de Cat Ballou recibían un mapa con instrucciones para llegar a su tienda. Un barrio porteño sin pretensiones, poblado de talleres, bodegones, almacenes y verdulerías, que compartían veredas con los vecinos.
Con el correr de los años, se aceleró el encanto y se convirtió en un imán para artistas, diseñadores, arquitectos, fotógrafos, escritores, músicos, que fueron desembarcando en un territorio que ya no parecía tan lejano. Fue creciendo, sostenidamente, con la fuerza de estos nuevos jugadores, que en pequeña escala, armaban sus propuestas comerciales, diferentes a las conocidas en la ciudad. Tomaban galpones y los transformaban en restaurantes. Una casa de familia se convertía en una tienda de moda. Un garaje, en una zapatería. Fue viviendo un crecimiento sostenido que se aceleró cuando Jazmín Chebar se instaló en una esquina emblemática. Detrás, asomaron otras marcas que sólo se encontraban en un shopping. A partir del año 2000, cientos de casas se transformaron en comercios, se dispararon los precios de los alquileres y aumentó la competencia. Tanto, que algunos tuvieron que cerrar y otros migraron a nuevos barrios. Hoy, Palermo es un destino turístico dentro de Buenos Aires. Un gran shopping a cielo abierto, con una oferta enorme, por momentos despareja. Es una zona con alto tránsito y sigue generando esa atracción para marcas y entusiastas, pero quien plante bandera aquí debe tener ese toque mágico y hablar en un lenguaje que se adapte al ritmo de sus calles y transeúntes. En ese sentido, como consultoras, nos genera un compromiso: antes de recomendarle a una marca que desembarque en Palermo Viejo, diseñamos y potenciamos un ADN propio, que genere ese “Wow†tan importante para su diferenciación.