Plaza Italia
Año 1904. La brisa fresca de junio revuelve las capas de los hombres elegantes que han acudido a la inauguración del Monumento a Giuseppe Garibaldi en Plaza Italia. En un palco improvisado, Julio Argentino Roca y Bartolomé Mitre observan con atención. La colectividad italiana aplaude con fervor, como si la estatua ecuestre de bronce representara no solo al héroe de los Dos Mundos, sino también su propio ascenso en la sociedad argentina.

Entre la multitud, un hombre mayor, con un bastón de marfil y el bigote pulcramente encerado, observa en silencio. Es Lorenzo di Salina, descendiente de una antigua familia de la aristocracia criolla, cuyos orígenes se pierden en los tiempos coloniales. Su porte es el de un hombre que sabe que su mundo se desvanece. El monumento frente a él no es solo un homenaje a Garibaldi, es un símbolo de una Buenos Aires que ya no le pertenece.
Recuerda cuando era un joven de levita que recorría la Plaza de los Portones, cuando el sitio era apenas un paso abierto entre las vastas quintas de Palermo. Allí, los compadritos de cuchillo fácil se apostaban en las esquinas, mientras los tranvías de caballos arrastraban su ritmo cansino por Santa Fe. Pero ahora, esos mismos tranvías llevan en sus tableros el nuevo nombre de Plaza Italia. Los inmigrantes han hecho suyo el lugar. Los portones han desaparecido. En su lugar, se erige la escultura de un hombre que él nunca admiró.
El caballo de bronce se alza en una postura de batalla. Garibaldi, con el sable en alto y la mirada clavada en un horizonte imaginario, parece desafiar a los viejos órdenes, como lo hizo en Italia. A los costados del pedestal, las figuras de la Libertad y la Victoria sostienen sus símbolos de emancipación. Bajo el monumento, los bajorrelieves muestran episodios de la vida del general: la batalla de San Antonio en Uruguay, la partida de los Mil en Quarto. Los símbolos de la revolución y la modernidad están grabados en la piedra, como un testamento de que el tiempo avanza sin piedad.
Lorenzo di Salina, con su guante de cabritilla sosteniendo el bastón, suspira. Sabe que este es su propio Risorgimento, pero al revés: no es la unificación de un pueblo lo que presencia, sino la fragmentación del suyo. Su apellido alguna vez fue pronunciado con respeto en los salones de la elite, pero ahora, en una Buenos Aires donde los nombres terminados en «-ini» y «-etti» son cada vez más comunes, él se siente un vestigio de otro siglo.
Un joven inmigrante se acerca al monumento y toca la cadena de hierro que rodea la estatua, un gesto casi reverencial. Lorenzo lo observa. Se pregunta si aquel muchacho, con su traje modesto y su mirada ilusionada, verá en este bronce el reflejo de su propia esperanza. Quizás su nieto, dentro de algunas décadas, será quien pronuncie discursos en la Casa Rosada.
La frase de Tancredi en Il Gattopardo resuena en su mente como un eco amargo: «Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie». Lorenzo entiende que ya no es su tiempo. Aprieta el bastón y, con paso lento, se aleja por la avenida Santa Fe. El sol se posa sobre la estatua de Garibaldi. Buenos Aires ha cambiado. Y seguirá cambiando.

Plaza Italia
Italia fue la primera nación extranjera, aparte de España, que nos dio su nombre para una de nuestras plazas. Otras la siguieron como plaza Británica, plaza Francia, plaza Irlanda, ello como reconocimiento del pueblo argentino a los países europeos que se asociaron a los festejos patrios del Centenario de la Revolución de Mayo. El nombre fue consecuencia de la instalación del monumento a Garibaldi en la hasta entonces plaza de Los Portones. El monumento se inauguró el 19 de junio de 1904.
El lugar de la Plaza Italia fue un sitio abierto al paso público desde muy antiguo. Fue tenida en cuenta al ver la gran afluencia de gente que concurrió a la primera Exposición de la Sociedad Rural Argentina, que se realizó en 1878. Siguió cobrando animación, con la creación del Jardín Zoológico en 1890; el Jardín Botánico en 1892.
Su antiguo nombre se lo darían unos inmensos portones que constituían la entrada al Parque 3 de Febrero, creado en 1875, ellos daban frente a la actual Plaza Italia. En 1917 desaparecieron los «Portones de Palermo».
La decoración de la plaza solo tenia a fines del siglo pasado una fuente en su centro, que era una de las dos que se habían retirado de la actual Plaza de Mayo. Los árboles, el césped y las flores que se ven actualmente vendrían muchos años mas tarde.
En el Barrio de Palermo se encuentra la Plaza Italia, donde es atracción predominante el Monumento a Giuseppe Garibaldi.
Es una estatua ecuestre donada a la Ciudad por los residentes italianos en 1904.
El monumento
El 19 de junio de 1904 fue erigido el monumento a Giuseppe Garibaldi. La obra es de autoría de Eugenio Maccagnani , quien confeccionó una réplica de la existente en Brescia, Italia. Tomás Ambrosetti tuvo a su cargo la entrega del monumento a nuestra ciudad, fue el titular de la comisión organizadora del homenaje, y ponderó las cualidades de Garibaldi, refiriéndose a su participación al frente de las campañas en América del Sur (especialmente en Uruguay, Brasil y Argentina) denominándolo «hombre universal».
El acto de inauguración estuvo encabezado por el presidente Julio A. Roca, junto a Bartolomé Mitre en el palco oficial. Se encontraban presentes el intendente Alberto Casares, el propio autor Eugenio Maccagnani, a los que se sumaron representantes diplomáticos de todo el mundo. En el monumento se incluyen la gran estatua ecuestre del general, las dos figuras alegóricas de la Libertad y de la Victoria, y los altos relieves de la batalla de San Antonio y el embarco de los Mil en la playa de Quarto, cerca de Génova.
Después del emplazamiento de la estatua a Garibaldi, rodeada de postes de hierros unidos con cadenas, a su frente, y sobre los costados de «los Portones», se destacaban dos plazoletas de figura triangular. La decoración de la plaza sólo tenía a fines del siglo XIX una fuente en su centro, que era una de las dos que se habían retirado de la actual Plaza de Mayo. Los árboles, el césped y las flores que hacen al paisaje general de la plaza vendrían muchos años mas tarde.
A partir de la instalación del monumento a Garibaldi, la afluencia de concurrentes a la plaza comenzó a cobrar mayor número y significación, ya que se convirtió en punto de concentración de las sociedades italianas, especialmente cada 20 de setiembre, fecha que recuerda la entrada de las tropas en Roma en el año 1870.