La televisión argentina despidió este miércoles a Samuel “Chiche” Gelblung, una de las figuras más singulares, discutidas y persistentes del periodismo nacional. Tenía 82 años y una vida entera dedicada a la noticia. Se fue después de atravesar un cuadro de salud complejo, pero hasta casi el final siguió ligado al aire, a la radio, a la conversación política y a esa máquina implacable que fue siempre su vocación.
Chiche entrevistó a presidentes, ministros, jueces, policías, empresarios, artistas, deportistas, vedettes, delincuentes, testigos de crímenes y personajes anónimos que, por una noche, podían contar algo que el país necesitaba escuchar. Por su mesa y por su cámara pasaron desde Carlos Menem hasta Cristina Fernández de Kirchner; desde Guillermo Moreno hasta Moria Casán; desde Alfredo Yabrán —convertido en símbolo de una Argentina oscura— hasta decenas de protagonistas de los casos policiales que marcaron época.
No buscaba una charla tibia. Buscaba una respuesta. A veces la conseguía con paciencia; otras, con una insistencia que dejaba al entrevistado contra las cuerdas. “A mí me gusta preguntar lo que otros no preguntan”, decía. Era una frase de cabecera y también una declaración de método: donde había un silencio, Chiche olía una noticia.
Su ciclo “Memoria” fue una escuela de televisión periodística en los años noventa. Allí mezcló archivo, investigación, denuncias, policiales, política, escándalos y una forma de narrar que llevó el periodismo al centro del living familiar. Fue una televisión intensa, muchas veces excesiva, pero difícil de ignorar. En tiempos sin redes sociales, el debate nacional podía estallar después de una entrevista de Chiche.
Hubo polémicas de sobra, porque Gelblung no era un hombre diseñado para la armonía. Se cruzó en vivo con Guillermo Moreno, protagonizó peleas memorables con Moria Casán y mantuvo fuertes discusiones con dirigentes y figuras públicas de todos los colores. También enfrentó críticas por su estilo, por el límite entre información y espectáculo, por el tono de algunas coberturas. Nunca fue un periodista de consenso; fue un periodista de presencia.
Conducía como quien se juega una partida de truco: miraba fijo, amagaba, dejaba hablar y en el momento menos pensado tiraba la pregunta que cambiaba el clima. “No hago periodismo para caer bien”, decía también. Puede gustar o incomodar, pero esa sinceridad brutal explica por qué su figura sobrevivió a tantas décadas, canales, formatos y modas.
Palermo Tour lo recuerda con cariño porque Chiche fue parte de la geografía sentimental de Buenos Aires: el periodista de la radio prendida temprano, del televisor encendido a la noche, de la charla de café que seguía después de una entrevista fuerte. Era hijo de una ciudad que discutía mucho, que vivía la política y el espectáculo como si fueran asuntos personales, que todavía entendía la noticia como un drama colectivo.
Se fue un maestro del periodismo televisivo, con luces y sombras, como los grandes personajes de verdad. Quedan sus archivos, sus frases, sus peleas, sus entrevistas y una enseñanza que no pierde vigencia: preguntar no es molestar; preguntar es trabajar.