Seis de cada diez argentinos consideran que su situación económica está empeorando. El dato surge de una encuesta de Giacobbe Consultores difundida este lunes y vuelve a poner en primer plano una realidad que se escucha cada vez más en comercios, oficinas, fábricas y hogares: ingresos que no alcanzan, deudas que se acumulan y una creciente incertidumbre laboral.
Según el relevamiento, el 58,9% de las personas consultadas percibe un empeoramiento económico. Dentro de ese grupo, el 48,9% afirma sentirlo directamente en su vida cotidiana, mientras que el 9,5% observa un deterioro general aunque dice no padecerlo de forma personal. La cifra es cuatro puntos superior al 54% medido entre fines de mayo y comienzos de julio.
El panorama se vuelve más preocupante al sumar al 5,3% que considera que la economía está estancada: cerca de dos tercios de los encuestados no registran una mejora. Del otro lado, el 35,8% sostiene una visión positiva, aunque solo el 28,5% dice estar sintiendo concretamente esa recuperación en su bolsillo.
La encuesta también midió la evaluación sobre el programa económico de Javier Milei. El 47,8% lo considera equivocado y cree que provoca sufrimiento sin un horizonte claro. Un 22,4% respondió que hay que resistir el ajuste con la expectativa de una mejora futura, mientras que el 16,8% estima que el ajuste no es tan severo y que el rumbo es correcto.
Detrás de los porcentajes hay escenas concretas. Despidos comunicados por WhatsApp, empleos que desaparecen sin demasiada explicación, pequeños negocios que venden menos y familias que se sostienen con tarjeta, préstamos personales o deuda informal. Un vecino contó a este medio que un amigo suyo recibió la noticia de que 15 personas fueron despedidas de una empresa mediante un mensaje de WhatsApp. Es un testimonio particular, pero retrata un temor extendido: que el próximo aviso llegue al propio celular.
El Gobierno nacional sostiene que el ordenamiento fiscal, la baja de la inflación y la liberación de variables económicas permitirán una recuperación. Sin embargo, para una parte importante de la sociedad, esa promesa todavía no se traduce en trabajo estable, consumo ni alivio cotidiano. La discusión ya no pasa solamente por los indicadores macroeconómicos: pasa por la heladera, el alquiler, la cuota, la farmacia y la posibilidad de conservar el empleo.
La Argentina parece atravesar un temblor económico y social de profundidad. No toda crítica al Gobierno implica negar la necesidad de ordenar las cuentas públicas; pero ordenar no puede significar dejar a una parte del país a la intemperie. Si la estabilización no llega acompañada de producción, salarios y trabajo, el costo de la crisis seguirá cayendo sobre quienes menos margen tienen para aguantar.