Millones de argentinos acompañaron al Presidente porque querían un cambio verdadero, no para que el ajuste cayera otra vez sobre trabajadores, jubilados, comerciantes y pequeños empresarios. El Gobierno perdió frescura, se abrazó al PRO y comenzó a parecerse demasiado a aquello que prometía combatir.
Actualidad | Palermo Tour
No todos los argentinos que votaron a Javier Milei son fanáticos libertarios. Una enorme cantidad de ciudadanos lo acompañó porque estaba cansada de la inflación, la corrupción, los privilegios políticos y el deterioro permanente de la vida cotidiana. Lo votaron trabajadores, comerciantes, profesionales, jubilados y jóvenes que buscaban una salida. No eran enemigos del país ni responsables de la crisis: eran personas hartas que decidieron probar algo diferente.
A esos votantes nadie debería insultarlos, perseguirlos ni tratarlos de ignorantes. Por el contrario, fueron ellos quienes le dieron a Milei una oportunidad histórica. El problema es que el Presidente parece haber confundido aquel voto desesperado con un cheque en blanco.
La promesa era terminar con la casta. Sin embargo, La Libertad Avanza ahora busca una alianza con Mauricio Macri y con un PRO desgastado después de casi dos décadas de poder en la Ciudad de Buenos Aires. El partido que decía venir a dinamitar la vieja política terminó negociando candidaturas, municipios, listas y estructuras con los mismos dirigentes que antes señalaba como parte del fracaso argentino.
No fue el votante quien cambió. Cambió Milei.
El ajuste llegó, pero la prosperidad nunca apareció
A los argentinos se les pidió paciencia. Primero fueron seis meses. Después un año. Más tarde se explicó que la recuperación llegaría cuando se ordenaran las cuentas públicas, bajara la inflación, apareciera el crédito y desembarcaran las inversiones. El sacrificio fue inmediato; los beneficios, en cambio, siempre quedaron para el próximo trimestre.
La inflación desaceleró, pero los precios no volvieron atrás. Los alimentos, los alquileres, los servicios, los medicamentos y el transporte continúan consumiendo buena parte de los ingresos. El salario puede aumentar algunos puntos en una estadística y seguir sin alcanzar en la caja del supermercado. Esa diferencia entre el Excel y la heladera es el lugar donde comenzó a romperse el relato oficial.
La desocupación llegó al 7,8% durante el primer trimestre de 2026, según el INDEC. A eso deben sumarse el empleo informal, la inestabilidad laboral y los trabajadores que conservan una ocupación, pero cobran salarios insuficientes. Tener trabajo y seguir siendo pobre no puede presentarse como una victoria económica.
El Gobierno celebra el equilibrio fiscal, pero evita una pregunta elemental: ¿equilibrio para quién? Una cuenta pública ordenada sirve de poco si se consigue deteriorando hospitales, universidades, jubilaciones, pequeñas empresas, infraestructura y consumo interno. Un país no es solamente una planilla del Ministerio de Economía. Un país es la gente que debe vivir dentro de esa planilla.
Las inversiones prometidas no llegaron a los barrios
Milei aseguró que la desregulación, el RIGI y los beneficios concedidos a los grandes capitales provocarían una lluvia de inversiones. Sin embargo, la inversión extranjera directa recibida por la Argentina durante 2025 habría sido muy inferior a la captada por Brasil, México, Chile, Colombia y hasta Costa Rica.
Existen anuncios millonarios vinculados con minería, petróleo y gas. Pero anunciar un proyecto no significa haber invertido todo ese dinero, y exportar recursos naturales no garantiza crear empleo masivo. Una inversión que extrae riqueza, importa equipamiento, contrata poco personal y deja escaso valor agregado en el país difícilmente pueda convertirse en el motor de una recuperación social.
El mercado financiero puede comprar bonos argentinos y retirarse al día siguiente. La inversión productiva es otra cosa: abre fábricas, contrata trabajadores, desarrolla proveedores, paga salarios y permanece durante años. El Gobierno consiguió entusiasmar a ciertos operadores financieros, pero todavía no logró encender la economía real.
Las tasas bancarias revelan esa contradicción. Mientras un plazo fijo puede pagar alrededor del 20% anual, un crédito personal llega a cobrar tasas mucho mayores y alcanzar costos financieros totales cercanos al 200%. En una economía verdaderamente estable, una familia debería poder financiar una vivienda y una pyme debería conseguir crédito para comprar máquinas. Cuando solamente pueden endeudarse quienes no necesitan hacerlo, el sistema dejó de cumplir su función.
Milei ya no parece un rebelde: parece otro político tratando de conservar el poder
El oficialismo detectó que perdió buena parte de su identidad “anticasta”. No es una percepción caprichosa. Los acuerdos entre dirigentes, las negociaciones por candidaturas, los escándalos, los funcionarios desplazados y las reuniones con Mauricio Macri destruyeron la imagen de una fuerza ajena al sistema tradicional.
Milei llegó prometiendo patear el tablero. Ahora discute cómo repartirse las fichas.
El Monitor Sociopolítico y Electoral de la UBA registró que el 61% quiere un cambio de Gobierno en 2027, el 58% desaprueba la gestión presidencial y el 59% califica como “muy mala” la situación social y económica. Otro relevamiento, de CB Global Data, ubicó la aprobación de Milei en el 35,1% y su imagen negativa en el 62,8%.
Estos números no determinan por anticipado una elección, pero revelan que el Gobierno perdió una parte importante del respaldo social que lo llevó al poder. También muestran algo más profundo: muchos de quienes lo votaron ya no están defendiendo al oficialismo. Están esperando una alternativa que no los obligue a regresar a los errores del pasado.
El desencantado no tiene que pedir perdón
Quien votó a Milei y ahora se siente defraudado no tiene que disculparse. Votar es elegir con la información disponible y volver a evaluar cuando aparecen los resultados. Cambiar de opinión frente a la realidad no es traición: es sentido común.
El verdadero problema sería continuar apoyando una política perjudicial solamente para no reconocer una decepción. Ningún dirigente merece semejante fidelidad. Los presidentes son empleados temporales de la sociedad, no líderes religiosos ni propietarios del voto recibido.
La oposición también tiene una responsabilidad enorme. No alcanza con esperar que Milei fracase, agitar viejos símbolos o reunir dirigentes rechazados. Necesita construir una propuesta seria que conserve el orden fiscal, pero descarte la crueldad; que combata la corrupción sin destruir al Estado; que apoye la inversión privada sin regalar los recursos nacionales; y que vuelva a poner el trabajo, la producción y la movilidad social en el centro del país.
La estaca que puede terminar con el proyecto libertario
El Gobierno todavía conserva poder, pero su relato está herido. La supuesta rebelión contra la casta terminó convertida en un acuerdo con la casta. La promesa de prosperidad quedó reducida a inversiones que no generan suficiente empleo. La motosierra, presentada como una herramienta contra los privilegios, terminó cortando salarios, jubilaciones, comercios y oportunidades.
La estaca de plata que puede atravesar el corazón del proyecto libertario no será un discurso opositor. Será mucho más concreta: la falta de trabajo bien remunerado.
Un Gobierno puede sobrevivir a una encuesta adversa. Puede resistir una marcha, una derrota parlamentaria y hasta un escándalo. Lo que difícilmente puede superar es que millones de personas trabajen, hagan sacrificios y descubran que, después de todo, viven peor.
Los argentinos que votaron a Milei querían terminar con una decadencia. No votaron para ser castigados, perder el empleo o contemplar cómo unos pocos hacen negocios mientras la mayoría espera. Fueron ellos quienes le abrieron la puerta del poder. También pueden ser quienes se la cierren en 2027.