Pánico: El coronavirus está generando miedos, fobias, y ataque de pánico.

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PANICO EN PALERMO: Los vecinos dejaron de creer en los comunicados oficiales y en los políticos (que huyeron y cerraron el Congreso y la Legislatura). Mientras los políticos dudan que hacer y no definen que políticas implementrar, los vecinos entraron en pánico. La información estatal es lamentable.

El trastorno de pánico es un tipo de trastorno de ansiedad. Causa ataques de pánico, que son sensaciones repentinas de terror sin un peligro aparente. La persona puede sentir como si estuviera perdiendo el control. También pueden presentarse síntomas físicos, tales como:



Latidos rápidos del corazón (taquicardia)
Dolor en el pecho o en el estómago
Dificultad para respirar
Debilidad o mareos
Transpiración
Calor o escalofríos
Hormigueo o entumecimiento de las manos

Los ataques de pánico pueden ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar y sin previo aviso. La persona puede tener miedo de otra crisis y evitar los lugares en los que sufrió una crisis anteriormente. En algunos casos, el miedo domina su vida y no pueden salir de sus casas.

El trastorno de pánico es más común entre las mujeres que entre los hombres. Suele comenzar entre los adultos jóvenes. Algunas veces comienza cuando una persona se encuentra sometida a mucho estrés. La mayoría de las personas mejora con el tratamiento. La terapia puede demostrarle cómo identificar y cambiar los patrones de pensamiento antes de que lo conduzcan al pánico. Las medicinas también pueden serle de ayuda.

El miedo

El miedo es un recurso por el cual una persona puede anticiparse y evitar determinadas situaciones vividas como peligrosas. La sabiduría popular lo ha plasmado en el dicho: “el miedo no es zonzo”. Si aparece, hay que atenderlo. El miedo funciona como una señal, nos indica que en cierta situación, momento o lugar, estamos en peligro. Su aparición está acompañada por una serie de síntomas somáticos: aceleración de la respiración, del ritmo cardíaco, sudoración, etc. En algunos casos, disponemos de recursos psíquicos suficientes como para elegir evitar esa situación o, luego de evaluar las consecuencias más o menos reales, tomar coraje y atravesarla.

Los miedos y las fobias
Existen otros tipos de miedos que pueden diferenciarse porque se presentan como desproporcionados, ilógicos e incontrolables -por ejemplo, miedo a los lugares cerrados (claustrofobia), al espacio demasiado abierto (agorafobia), a las alturas (vértigo), temor a salir a la calle, miedo a un animal o a una situación específica como viajar en avión-. En algunos de estos casos, el miedo interfiere significativamente en la vida de la persona que lo padece. Por ejemplo, puedo sentir un verdadero terror a los viajes en avión pero, tal vez, yo pueda evitar viajar en avión sin que eso altere significativamente mi vida; puedo argumentar que me apasiona viajar en auto, ir recorriendo, que prefiero conocer lugares cercanos antes de ir al extranjero, etc. Sin embargo, si soy representante de una empresa extranjera y parte de mi trabajo es visitar sucursales en el interior, la situación temerosa ya no es tan simple de evitar.

Frente a este tipo de miedos, los síntomas somáticos se acrecientan: palpitaciones, falta de aire, opresión en el pecho y garganta, sensación de asfixia, temblores, sequedad en la boca, sudoración, etc. A este tipo de miedos se lo denomina fobia. Si una fobia se consolida, el miedo termina convirtiéndose en un eje alrededor del cual gira la vida de la persona. En una escala que va desde la simple evitación hasta la más profunda y dolorosa inhibición, la vida -y también la de aquellos que lo rodean- se organiza alrededor de la fobia.

Paradójicamente, el miedo da -a la vez- seguridad. Establece, para quien lo sufre, un circuito posible: al delimitar lo que no se debe hacer se establece lo que sí se puede hacer y se constituye en una referencia, en ausencia de la cual la persona se siente en peligro de muerte.

En los casos de fobias graves, las medidas “precautorias” con las que la persona intenta defenderse van fallando, se tornan siempre insuficientes: lo que comenzó como una simple evitación va imponiendo cada vez más restricciones en su vida cotidiana. Este es precisamente el mecanismo de la fobia: ante una situación que provoca una angustia desmedida, la persona desplaza el temor hacia el exterior y puede entonces actuar contra él, por medio de la evitación, las medidas precautorias, etc. Y es ante el fracaso reiterado de estas defensas que la persona puede llegar a sufrir crisis de angustia o en algunos casos un ataque de pánico.

El ataque de pánico
Consta de la aparición aislada y temporal de miedo o malestar intensos, acompañada por varios de los siguientes síntomas: palpitaciones, sudoración, temblores, sensación de ahogo, sensación de atragantarse, opresión torácica, náuseas, mareo o desmayo, sensación de irrealidad o de despersonalización, escalofríos o sofocaciones. Cuando la asociación entre estos síntomas lleva a un miedo intenso a volverse loco o a morirse, estamos frente a un ataque de pánico.

Desencadenamientos
Estas crisis pueden desencadenarse por el encuentro con la situación u objeto temidos, pero muchas veces se presentan sin que la persona pueda asociarlas concientemente con algo en particular: se presentan como un desborde inesperado, sorpresivo y terrorífico.
Los factores actuales desencadenantes están articulados a acontecimientos traumáticos anteriores en la vida del sujeto: pérdidas no elaboradas que dejan a la persona en un estado depresivo que será el marco de la fobia o del ataque de pánico.

Lo temido y lo deseado
En estos casos, en la consulta psicoanalítica, escuchamos que el sujeto que sufre estos padecimientos no está pudiendo cumplir con algunos objetivos de su vida: terminar una carrera, alcanzar determinada posición laboral, abordar a una mujer, etc. Y pareciera que la realización de tales deseos es vivida inconscientemente como un peligro, que lo ubica en un laberinto sin salida.

Por eso, las fobias –y, en los casos más graves, la total inhibición- son para quien las padece un modo paradojal de resolver la encrucijada que su deseo le plantea.

El camino que proponemos es la reflexión, el diálogo, la interrogación, el encuentro.

Un camino severamente cuestionado en este nuevo milenio, donde las reiteradas promesas incumplidas van generando cada vez más desconfianza en el valor de la palabra, de los proyectos, de las promesas… del amor.

Pero un camino que -como nos transmite aún el poeta- se va haciendo al andar.