Memoria en llamas: a 50 años del golpe, la historia vuelve a ser campo de batalla
Un país que no olvida, aunque algunos quieran domesticar el pasado
En la Argentina, el 24 de marzo no es una fecha más. Es una cicatriz abierta que no termina de cerrar porque, en el fondo, tampoco debe hacerlo. A medio siglo del golpe de Estado de 1976, el debate sobre la memoria volvió a instalarse con fuerza, impulsado por una narrativa oficial que intenta reconfigurar el sentido de aquellos años oscuros. Pero hay algo que no cambia: la dimensión del horror vivido durante la última dictadura militar sigue siendo un límite moral infranqueable.
Porque no se trató de excesos, ni de errores, ni de “dos demonios” en igualdad de condiciones. Se trató de un plan sistemático, ejecutado desde el Estado, para desaparecer personas, robar bebés, apropiarse de bienes y disciplinar a toda una sociedad mediante el terror. Centros clandestinos de detención, vuelos de la muerte, torturas, listas negras, censura, persecución ideológica. Todo bajo una maquinaria fría, burocrática, diseñada para borrar cuerpos y también memorias.
Ese aparato no solo destruyó vidas: también desmanteló un proyecto de país. Se arrasó con la industria nacional, se endeudó al Estado de manera brutal y se consolidó un modelo económico dependiente, alineado con intereses externos. La represión no fue un hecho aislado: fue la condición necesaria para imponer ese programa.
El presente que incomoda: cuando la memoria se discute desde el poder
En este contexto, la irrupción de discursos oficiales que relativizan lo ocurrido no pasa desapercibida. La idea de una “memoria completa” —que equipara el terrorismo de Estado con la violencia política previa— vuelve a poner en tensión un consenso construido con décadas de lucha, juicios y reconstrucción histórica.
El problema no es incorporar nuevas voces al relato. El problema es cuando esa ampliación se convierte en una dilución de responsabilidades. Porque el Estado no es un actor más: es el que tiene el monopolio de la fuerza y la obligación de garantizar derechos. Cuando ese mismo Estado se convierte en verdugo, la gravedad es de otra escala.
Desde distintos sectores se advierte que este tipo de discursos no solo reescriben el pasado, sino que también habilitan nuevas formas de justificar el presente. La deslegitimación de organismos de derechos humanos, la crítica a las políticas de memoria y el cuestionamiento a los juicios por delitos de lesa humanidad forman parte de un clima que inquieta a quienes ven en estas señales un retroceso simbólico.
La calle como archivo vivo
Pero si algo tiene la Argentina es memoria en movimiento. No en los archivos, no en los discursos oficiales, sino en la calle. Madres, Abuelas, hijos, nietos, militantes, estudiantes. Generaciones que no vivieron la dictadura pero que heredaron su historia como propia.
La lucha de los organismos de derechos humanos no fue solo contra los militares. Fue también contra el silencio, contra la indiferencia, contra la impunidad. Y en ese camino, se construyó algo que pocos países lograron: juzgar a los responsables desde la democracia, sin venganza, pero con justicia.
Ese legado no es menor. Es una rareza en el mundo. Y por eso mismo, cada intento de relativizarlo genera una reacción que atraviesa lo político y se instala en lo cultural, en lo simbólico, en lo cotidiano.
Entre la memoria y el futuro
El desafío, entonces, no es solo recordar. Es entender para qué se recuerda. La memoria no es un museo ni una efeméride: es una herramienta para pensar el presente. Para preguntarse qué tipo de país se quiere construir, qué límites no se deben volver a cruzar, qué voces deben ser escuchadas.
A 50 años del golpe, la Argentina sigue discutiendo su historia. Y tal vez eso sea una señal de vitalidad. Porque los países que dejan de discutir su pasado suelen repetirlo, aunque sea con otros nombres, otras formas, otros discursos.
La memoria incomoda. Y está bien que incomode.
Palermo Tour Noticias
Magazine de Palermo. Comuna 14.
La historia no se borra con narrativas. Se sostiene en la verdad, en la justicia y en la memoria colectiva.