A pocos metros de la avenida Dorrego al 2600/2700, una pequeña cortada sorprende con un edificio que parece detenido en el tiempo. Entre árboles, viejas rejas y balcones ornamentados, sobrevive un rincón que recuerda cómo era el Palermo de las grandes casonas antes de la llegada de las torres.
Quien recorra la cortada María Catalina Marchi, casi escondida entre Dorrego y Luis María Campos, descubrirá uno de esos lugares que todavía conservan el encanto de la Buenos Aires de hace más de cien años. Allí se levanta una extensa casona de estilo italianizante y ecléctico, con balcones corridos, molduras, columnas, ventanas de madera y una ornamentación que refleja la arquitectura residencial que caracterizó a los barrios porteños entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.
La construcción, hoy acompañada por una gomería y otros pequeños comercios, parece resistir el paso del tiempo rodeada por edificios modernos que cambiaron por completo el paisaje urbano de Palermo. Esa convivencia entre distintas épocas convierte a la cuadra en una verdadera postal de la evolución arquitectónica de la Ciudad.
El edificio permite imaginar aquel Palermo de calles tranquilas, quintas, grandes viviendas familiares y patios interiores, mucho antes de que la zona se transformara en uno de los sectores con mayor desarrollo inmobiliario de Buenos Aires.
También llama la atención el contraste entre la delicadeza de sus detalles ornamentales y las nuevas construcciones que lo rodean. Es un recordatorio de que la identidad del barrio todavía puede encontrarse en pequeños rincones que sobreviven casi inadvertidos para quienes pasan todos los días por la avenida Dorrego.
La cortada lleva el nombre de María Catalina Marchi (1883-1973), una destacada educadora y referente en la inclusión de las personas ciegas en la Argentina. Cofundó la Biblioteca Argentina para Ciegos y dedicó gran parte de su vida a la enseñanza, motivo por el cual una calle de Palermo recuerda su legado. (Wikipedia)
Para los amantes de la fotografía urbana, la arquitectura y la historia de Buenos Aires, este pequeño pasaje es una parada obligada. Allí, entre rejas de hierro forjado, balcones centenarios y fachadas que todavía cuentan historias, Palermo demuestra que no todo son cafeterías de moda y edificios vidriados: también guarda fragmentos vivos de la ciudad que alguna vez fue.
Cada rincón antiguo que permanece en pie ayuda a conservar la memoria del barrio y permite comprender cómo fue creciendo Buenos Aires sin perder completamente sus raíces.
¿Creés que estas antiguas casonas deberían ser restauradas y protegidas antes de que desaparezcan? ¿Qué historias imaginás que guardan detrás de esas ventanas centenarias y qué sentiríamos si un día ya no estuvieran allí para contarlas?