Una historia de fileteado, galope lento y corazones enamorados.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los bosques de Palermo eran atravesados por carruajes adornados con flores, estrellas, campanillas y filetes porteños que parecían bailar sobre las ruedas. Eran los mateos, los últimos románticos de la tracción a sangre, una postal viviente de una Buenos Aires que ya casi no existe.
Hoy, ya no están más ni en la puerta del Ecoparque (ex Zoológico), ni frente al Rosedal, ni siquiera estacionados con paciencia en la glorieta del Monumento a los Españoles. Desaparecieron sin estridencias, como un tango que se esfuma al final de la milonga. Pero su memoria late en los adoquines de Palermo, en las anécdotas de los abuelos y en los recuerdos de los chicos que les dejaban chupetes, dibujos o muñequitos al terminar el paseo.
Los carruajes de un Buenos Aires elegante
Desde fines del siglo XIX, las victorias, tiradas por un solo caballo y guiadas por cocheros con galera, formaban parte del paisaje de la ciudad tanto como el tranvía o la milonga. Transportaban pasajeros desde las estaciones de tren, llevaban a los dandys a sus tertulias y a las familias a pasar una tarde de picnic en los lagos.
En 1910, se contabilizaban casi 4700 mateos en la ciudad. Pero ya para 2008 quedaban apenas ocho. Y hasta hace poco, unos quince cocheros mantenían vivo el oficio en dos paradas: una sobre Las Heras, frente al Ecoparque; otra sobre Avenida del Libertador, frente al Monumento de los Españoles.
Los días de gloria se vivían los fines de semana: turistas de todo el mundo, familias porteñas, enamorados en busca de una foto única, y hasta chicos con sus abuelos, buscaban en el trotecito lento de los caballos un momento de paz y belleza.
¿Por qué se llaman «mateos»?
Hasta 1923, se los llamaba placeros, porque solían estar apostados en las plazas más importantes de la ciudad. Pero ese año, el dramaturgo Armando Discépolo estrenó en el Teatro Nacional una obra titulada “Mateo”. Narraba la historia de un cochero inmigrante que, frente a la miseria y el olvido, le hablaba a su viejo caballo —llamado Mateo— como único confidente.
El impacto fue tal que desde entonces, el nombre mateo quedó para siempre asociado a estos carruajes. Y con él, toda la carga melancólica del tango, del inmigrante, del oficio noble que resiste ante el avance del tiempo.
El arte de los filetes y los recuerdos del paseo
Cada carruaje era una obra de arte rodante. Fileteados a mano, con frases filosóficas, flores, estrellas y colores intensos. En sus entrañas, guardaban más que banquitos: quedaban allí mamaderas, ositos de peluche, dibujos infantiles, bufandas olvidadas, perfumes de historias vividas a paso de caballo.
Los cocheros pasaban casi los 365 días del año juntos. Eran compañeros de trabajo, de mate, de asado y de silencio. Lo mismo ocurría con los caballos, animales nobles que reconocían el camino como si supieran de memoria la nostalgia de Palermo.
El comienzo del final
El cierre del Zoológico en 2016 y su transformación en Ecoparque cambió el pulso del barrio. La afluencia de turistas se desplomó de 30.000 personas diarias a unas 2.000. Los carruajes, sin clientes, comenzaron a desvanecerse.
A eso se sumaron las denuncias de organizaciones animalistas, que acusaban condiciones de maltrato, falta de sombra y tracción forzada en temperaturas extremas. Algunos caballos fueron retirados, otros trasladados a centros de rehabilitación. Y poco a poco, los permisos se fueron venciendo o no renovando.
Hoy, ya no hay carruajes en Sarmiento ni en Las Heras. Ya no se escucha el galope sobre los adoquines ni las campanillas anunciando la partida.
¿Un adiós definitivo?
No hay resolución oficial que declare el fin de los mateos, pero su ausencia es una sentencia silenciosa. Los corralones que los albergaban —como el de Castillo 1471 o el viejo galpón en Lacroze— hoy apenas contienen la memoria. Quedan un puñado de carruajes, algunos restaurados como piezas de museo, otros guardados como fantasmas del esplendor perdido.
¿Hay lugar para ellos en una ciudad de monopatines eléctricos, autos blindados y selfies instantáneas? ¿Tiene sentido conservar un paseo que fue bello, pero que ya no encaja en el vértigo contemporáneo?
La huella que dejaron
Los mateos de Palermo no eran sólo un paseo: eran un símbolo. Como el bandoneón, el farolito o la boina del abuelo. Decían algo de nosotros, de nuestro ritmo, de la posibilidad de mirar el paisaje sin apuro. En tiempos de apps y algoritmos, esa pausa era casi revolucionaria.
Hoy, su ausencia deja un hueco que no llena ni el mejor Uber. Porque los mateos eran historia viva, romanticismo rodante, nostalgia con ruedas y crines.
Y aunque ya no estén en las esquinas donde los encontrábamos, siguen galopando en el alma de Buenos Aires.
¿Vos llegaste a subirte a uno? ¿Te gustaría que volvieran?