Sobrevivieron a todo
Entre las palmeras, los reflejos del lago y el ruido lejano de los colectivos que pasan por Avenida del Libertador, una pequeña comunidad vive a otro ritmo en el corazón de Palermo. Son los gansos del Rosedal. Caminan despacio, duermen al sol, discuten entre ellos con graznidos escandalosos y observan a los turistas como si fueran ellos los verdaderos visitantes. En una ciudad donde todo parece acelerado, los gansos del Rosedal conservan una calma casi antigua. Hoy forman una familia numerosa y estable, pero durante años su historia fue bastante más complicada.
Los vecinos más veteranos recuerdan épocas en las que los gansos desaparecían de manera misteriosa. No era un secreto demasiado sofisticado: algunos terminaban siendo robados para consumo. Buenos Aires atravesó distintas crisis económicas y, en ciertos momentos, las aves de parques y lagos públicos fueron vistas por algunos vivos como una comida gratis. Patos, gansos y otras especies sufrieron robos que obligaron a reforzar controles en varios espacios verdes. Sin embargo, la historia terminó tomando otro rumbo. Con mayor presencia de cuidadores, más circulación de gente y una conciencia diferente sobre el patrimonio urbano, los gansos lograron mantenerse y multiplicarse. Hoy son parte inseparable del paisaje de Palermo, fotografiados por turistas brasileños, europeos, estudiantes, jubilados y familias que se acercan a pasar la tarde.
El escenario donde viven tampoco es cualquier lugar. El Rosedal forma parte del Parque Tres de Febrero, uno de los espacios verdes más emblemáticos de la Argentina. Su construcción comenzó en 1914 bajo la dirección de Benito Carrasco, discípulo del célebre paisajista Carlos Thays, y rápidamente se convirtió en una postal porteña. Entre puentes blancos, lagos artificiales, senderos y miles de rosales, el lugar fue creciendo hasta transformarse en uno de los paseos más visitados de Buenos Aires. Actualmente alberga más de 18.000 rosas y es considerado uno de los jardines más importantes de América Latina.
Lo curioso es que, entre semejante despliegue de flores, esculturas y arquitectura paisajística, muchas veces los protagonistas terminan siendo los animales. Los gansos se transformaron en una especie de símbolo popular del lago. Algunos descansan sobre las orillas de tierra, otros se deslizan por el agua con una elegancia que parece estudiada y varios ya están acostumbrados a convivir con corredores, fotógrafos y parejas que buscan una foto romántica. Son parte de una Buenos Aires que todavía conserva pequeños milagros urbanos: aves viviendo en libertad a pocos metros de avenidas congestionadas y edificios de lujo.
El Rosedal tiene algo que ninguna campaña publicitaria puede fabricar. Es una mezcla extraña de ciudad y naturaleza, de historia y mate compartido, de turistas con cámaras y vecinos que pasan todos los días por el mismo banco. Los gansos, sin saberlo, forman parte de esa identidad. Sobrevivieron a crisis económicas, a descuidos, a robos y a los cambios permanentes del barrio. Mientras Palermo sigue construyendo torres cada vez más altas, ellos continúan haciendo lo mismo de siempre: caminar junto al lago, cuidar a sus crías y recordarle a la ciudad que todavía existen rincones donde el tiempo baja un cambio. Y quizás por eso, cuando alguien visita Buenos Aires por primera vez, termina descubriendo que el verdadero lujo no está en las torres que aparecen detrás de las palmeras, sino en esos viejos gansos que siguen viviendo tranquilos frente al agua.