Una Argentina que soñaba en grande
La construcción que aparece en la imagen no es una capilla, ni una torre medieval perdida en Palermo. Es uno de los tantos edificios técnicos que la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad fue levantando por Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XX. A simple vista parece un pequeño castillo lombardo plantado entre árboles, pero en realidad era parte de una gigantesca red de distribución eléctrica que alimentaba a una ciudad que crecía a una velocidad descomunal. La electricidad era el símbolo del progreso, y la Ítalo entendió algo que hoy parece ciencia ficción para muchos funcionarios contemporáneos: que la infraestructura también podía ser bella.
Aquellas subestaciones, usinas secundarias y transformadores fueron diseñados bajo una lógica casi renacentista. El arquitecto italiano Giovanni Chiogna creó una identidad visual que se repitió por toda la ciudad. Ladrillos vistos de color anaranjado, arcos de medio punto, torres almenadas, molduras, escudos, ventanas geminadas y detalles inspirados en la arquitectura medieval italiana. La idea era que cualquier vecino reconociera inmediatamente que ese edificio pertenecía a la Ítalo. No importaba si estaba en La Boca, Palermo, Caballito o Barracas: la marca estaba presente en la arquitectura.
El ladrillo anaranjado no era una casualidad estética. Era resistente, relativamente económico, fácil de conseguir y transmitía una sensación de solidez industrial. A eso se sumaban basamentos de piedra, revoques que imitaban bloques pétreos y materiales traídos de distintas regiones del país. En muchas construcciones porteñas de aquella época se utilizaron piedras provenientes de las canteras bonaerenses y marplatenses, especialmente cuarcitas y piedras utilizadas en obras públicas, chalets y edificios institucionales. La mezcla entre ladrillo, hierro y piedra buscaba transmitir permanencia. Eran edificios pensados para durar cien años. Y muchos efectivamente siguen en pie más de un siglo después.
La Ítalo nació en 1911. Aunque su nombre hacía pensar en una empresa italiana, en realidad detrás había capitales suizos vinculados al holding Motor Columbus, además de compañías como Pirelli y Franco Tosi. El nombre «Ítalo» era una estrategia comercial destinada a conectar emocionalmente con la enorme inmigración italiana que poblaba Buenos Aires. La empresa obtuvo una concesión para distribuir energía y rápidamente comenzó a competir con la poderosa CATE alemana. En pocos años Buenos Aires quedó dividida entre gigantes eléctricos que alimentaban tranvías, comercios, industrias y hogares.
Lo fascinante es que aquellas empresas construían infraestructura con una ambición monumental. La ciudad todavía conserva numerosos ejemplos. El caso más espectacular es la actual Usina del Arte en La Boca, originalmente una central eléctrica de la Ítalo inaugurada entre 1912 y 1916. Su enorme torre recuerda al Palazzo Vecchio de Florencia y sus fachadas de ladrillo son uno de los ejemplos más extraordinarios del patrimonio industrial argentino. Pero también sobreviven pequeñas estaciones distribuidas en Palermo, Parque Patricios, Caballito, Almagro, Barracas, Constitución y varios puntos del conurbano. Son como fósiles de una época en la que la electricidad era una conquista tecnológica comparable a la inteligencia artificial de nuestros días.
Sin embargo, detrás de esa arquitectura grandiosa también hubo una historia oscura. La Ítalo protagonizó algunos de los mayores escándalos de corrupción del siglo XX argentino. Investigaciones posteriores revelaron sobornos, negociaciones con funcionarios y maniobras para extender concesiones que debían finalizar. El famoso escándalo de la CHADE también alcanzó a la empresa. Décadas después, durante la dictadura militar, el Estado terminó comprando la compañía en una operación que generó enormes controversias y denuncias sobre sobreprecios y activos obsoletos. Incluso la desaparición del funcionario Juan Carlos Casariego quedó vinculada a las discusiones alrededor de aquella compra.
La paradoja argentina aparece justamente ahí. Por un lado, empresas privadas que construyeron obras extraordinarias y ayudaron a modernizar una ciudad que quería parecerse a París o Milán. Por otro, negociados, corrupción y acuerdos entre poder económico y político que terminaron debilitando al propio Estado. Y después vino otra etapa igual de brutal: décadas de desindustrialización, privatizaciones mal planificadas, destrucción de capacidades productivas y abandono del patrimonio industrial. Muchos de aquellos edificios fueron demolidos, otros quedaron vacíos y algunos sobrevivieron por puro milagro.
Cuando uno mira estas torres de ladrillo escondidas entre los árboles de Palermo entiende algo que suele perderse en los debates económicos hechos por gurúes de televisión y liberales de PowerPoint. La riqueza de un país no nace solamente de los mercados financieros ni de los discursos sobre inversiones. Nace de la capacidad de construir infraestructura, tecnología, conocimiento, industria y ciudades que perduren. La Ítalo dejó edificios que todavía siguen en pie más de cien años después. La pregunta incómoda es otra: ¿qué obras de esta época seguirán en pie dentro de un siglo para contar quiénes fuimos nosotros?
Porque esas torres de ladrillo anaranjado no son simplemente viejas subestaciones eléctricas. Son monumentos silenciosos de una Argentina que alguna vez pensó en grande, levantó castillos para la electricidad y creyó que el progreso debía verse, tocarse y durar generaciones.