Desde el paseo comercial puede observarse una antigua construcción levantada junto al Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico. Su torre elevada recuerda los tiempos en que cada movimiento de trenes, vagones y cargas dependía de la mirada atenta de los trabajadores ferroviarios.
Desde uno de los paseos de Distrito Arcos, la vista se escapa inevitablemente hacia una construcción de ladrillo, madera y chapa que parece detenida en otra época. Sobre el techo sobresale una pequeña torre con ventanas, semejante a un puesto de observación. En medio del Palermo contemporáneo, rodeada de locales comerciales, edificios vidriados y visitantes, aquella estructura continúa mirando hacia las vías como si todavía esperara la llegada de un tren carguero.
La imagen permite reconstruir el antiguo paisaje ferroviario del barrio, aunque corresponde realizar una precisión: no encontramos documentación suficiente para afirmar que esa torre fuera específicamente una casilla destinada a subir y bajar barreras. Por su posición elevada y su amplio campo visual, pudo haber cumplido tareas de observación, control o supervisión vinculadas con las maniobras ferroviarias y el movimiento de los depósitos. Es un testimonio visible de un sistema en el que la seguridad dependía mucho más del ojo humano que de las pantallas y sensores actuales.
Los vigilantes del ferrocarril
En los antiguos ferrocarriles existían guardabarreras, cambistas, señaleros, inspectores, capataces de playa y empleados encargados de controlar las maniobras. El guardabarreras trabajaba generalmente cerca de un paso a nivel y debía cerrar el cruce antes de la llegada de una formación. El señalero y el cambista, en cambio, intervenían en la circulación de los trenes y en la orientación de los vagones hacia las distintas vías.
En una playa de cargas, el trabajo era especialmente delicado. Había que comprobar que la vía estuviera libre, verificar la posición de los cambios, observar el desplazamiento de las locomotoras y comunicarse mediante señales manuales, banderas, faroles, silbatos o sistemas mecánicos. Una distracción podía provocar un choque, un descarrilamiento o un accidente entre trabajadores. Por eso, las construcciones elevadas proporcionaban una ventaja sencilla pero fundamental: ver antes y ver más lejos.
La arquitectura también expresaba esa función. Las torres, ventanas y galerías no estaban colocadas únicamente como decoración. Permitían dominar visualmente los andenes, las vías y las zonas de carga. El ladrillo visto, las cubiertas inclinadas y los elementos de madera remiten al lenguaje industrial difundido por las compañías ferroviarias de capital británico, que trasladaron a la Argentina diseños, reglamentos, tecnologías y formas de organizar el trabajo.
De estación terminal a gran nodo porteño
La primera estación Palermo fue inaugurada en 1888 como terminal del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico. Aquel tren comunicaba Buenos Aires con el oeste del país y, especialmente, con las provincias cuyanas. En 1912 entraron en funcionamiento el viaducto y la nueva estación elevada, construidos para prolongar la línea hasta Retiro sin que los trenes atravesaran a nivel las calles cada vez más transitadas de la ciudad.
Debajo de esa infraestructura circulaba todavía el arroyo Maldonado, que fue entubado a partir de 1929. Sobre su antiguo recorrido nació la avenida Juan B. Justo. De esta manera, en unas pocas décadas Palermo pasó de ser un borde urbano atravesado por vías, galpones y terrenos bajos a convertirse en uno de los principales nodos de transporte de Buenos Aires.
La estación forma parte actualmente de la línea San Martín y conserva su conexión histórica con Retiro, José C. Paz, Pilar y Cabred. El entorno se completó en 1940 con la inauguración de la estación Palermo de la línea D de subterráneos. Ferrocarril, subte, colectivos y, posteriormente, el Metrobus convirtieron este rincón del barrio en una verdadera puerta de entrada a Palermo.
El vino que llegaba desde Mendoza
La playa ferroviaria también estuvo profundamente relacionada con las Bodegas Giol. La empresa, fundada en Mendoza por Juan Giol y Bautista Gargantini, utilizó este sector de Palermo para recibir, almacenar, fraccionar y distribuir vino llegado desde Cuyo. Los vagones ingresaban al amplio predio delimitado por Paraguay, Godoy Cruz, Soler y Juan B. Justo, donde funcionaban depósitos, oficinas y construcciones industriales.
Hasta fines de la década de 1980, la estación Palermo mantuvo tráfico de cargas vinculado con Giol. Cuando la actividad cesó, el enorme terreno perdió su función original y atravesó años de abandono. Parte de las instalaciones fue posteriormente recuperada para el Polo Científico Tecnológico, mientras que el sector de la antigua playa de maniobras más próximo a la estación se transformó en Distrito Arcos.
El actual centro comercial funciona en edificios ferroviarios reciclados dentro del predio comprendido entre las avenidas Santa Fe y Juan B. Justo y las calles Paraguay y Godoy Cruz. La información turística oficial de la Ciudad lo presenta como un paseo a cielo abierto instalado en antiguas construcciones del complejo ferroviario, mientras que los antecedentes judiciales de su apertura también lo identifican como parte de la explaya de maniobras del San Martín y de las antiguas Bodegas Giol.
Una mirada que quedó encendida
Hoy ya no se ven aquellos empleados siguiendo vagones desde las ventanas, ni se escuchan las antiguas órdenes de maniobra entre locomotoras, depósitos y cambios de vía. Sin embargo, la torre continúa allí. Su madera envejecida, sus pequeñas aberturas y su silueta sobre el techo permiten imaginar al trabajador ferroviario que debía permanecer alerta durante horas, bajo el sol, la lluvia o la niebla.
Para quien visite Distrito Arcos, vale la pena levantar la vista por encima de las vidrieras. Allí aparece otra capa de Palermo: la del tren, el vino mendocino, los galpones, los cambistas y los hombres que vigilaban cada movimiento. El shopping representa el presente comercial del terreno; la estación conserva el pulso ferroviario, y aquella vieja torre permanece como una discreta centinela del pasado.
Palermo cambió casi todo a su alrededor, pero esa construcción sigue cumpliendo una última misión: recordarnos que, antes de las cámaras y los sistemas automáticos, el ferrocarril avanzaba bajo la responsabilidad de una mirada humana.