Hay lugares donde Buenos Aires baja la voz. El Cementerio Israelita de La Tablada, en el partido de La Matanza, es uno de ellos. Ahí no hay mármol ostentoso ni ángeles barrocos mirando al cielo como en Recoleta. En Tablada hay otra lógica: la de la tierra, la memoria y el silencio. Un silencio pesado, antiguo, bíblico. El cementerio judío más grande de América Latina guarda más de 150.000 sepulturas y una historia atravesada por inmigración, dolor, rituales milenarios y también vandalismo antisemita.
La historia formal del predio comenzó en 1930, cuando un decreto firmado durante el gobierno de José Félix Uriburu habilitó un cementerio de la comunidad sefaradí. Después, en 1935, la Jevrá Kedushá —la organización encargada de los entierros y rituales funerarios judíos— adquirió gran parte del terreno. Finalmente, en 1936 quedó inaugurado oficialmente el cementerio ashkenazí. Desde entonces, La Tablada se convirtió en una especie de ciudad de los muertos dentro del Gran Buenos Aires.
Entrar a Tablada no es como entrar a cualquier cementerio argentino. El acceso tiene algo de institución religiosa y algo de frontera simbólica. Hay vigilancia, oficinas administrativas, sectores claramente organizados y una fuerte presencia de la AMIA, entidad histórica de la comunidad judía argentina. El orden importa muchísimo en la tradición funeraria judía: cada sector tiene reglas específicas y muchas familias conocen exactamente la fila y orientación de cada tumba desde hace generaciones.
Uno de los aspectos más desconocidos para el mundo no judío es el lavado ritual del cuerpo antes del entierro. Ese procedimiento se llama “Tahará”. No es una limpieza común: es un acto religioso profundamente espiritual realizado por miembros especializados de la Jevrá Kedushá. El cuerpo es lavado con respeto absoluto porque, según la tradición judía, el cuerpo fue el recipiente del alma y debe volver puro a la tierra. No hay maquillaje exagerado, ni exhibición estética de la muerte. La lógica es otra: humildad frente a Dios y frente al tiempo.
Por eso también el velorio suele hacerse con cajón cerrado. En el judaísmo tradicional se evita exhibir el cuerpo porque se considera que la muerte no debe transformarse en espectáculo. El fallecido merece dignidad, intimidad y respeto. Además, existe una idea muy fuerte: todos somos iguales frente a la muerte. Por eso los cajones suelen ser sencillos, muchas veces sin adornos lujosos y, tradicionalmente, incluso sin partes metálicas para facilitar el regreso natural del cuerpo a la tierra.
El entierro judío tiene una estructura ritual muy precisa. Primero ocurre la sepultura casi inmediata —generalmente dentro de las 24 horas— porque la tradición indica que el cuerpo no debe permanecer demasiado tiempo sin entierro. Luego viene el período de duelo conocido como Shivá, siete días de recogimiento familiar. Aproximadamente al mes se suele ordenar y trabajar la tierra de la tumba, lo que muchos llaman coloquialmente “hacer el jardincito”. Más adelante, al cumplirse el primer año, suele colocarse la lápida definitiva, pesada y permanente. Esa piedra no es decoración: es memoria material. Es decirle al mundo “esta persona existió”.
Y ahí aparece una de las imágenes más conocidas de los cementerios judíos: las pequeñas piedras sobre las tumbas. Mucha gente cree que es un gesto ornamental, pero en realidad es antiquísimo. En tiempos bíblicos las tumbas se marcaban con montículos de piedras para protegerlas del viento y de los animales. Con el tiempo quedó el símbolo: quien visita una tumba deja una piedra como señal de presencia, respeto y recuerdo. Las flores se marchitan. La piedra permanece. Hay algo brutalmente poético en eso.
La Tablada también es un archivo de la historia argentina. Ahí descansan figuras como la poeta Alejandra Pizarnik, el periodista Pepe Eliaschev, el conductor Jorge Guinzburg, el fiscal Alberto Nisman, el ajedrecista Miguel Najdorf, el empresario Alejandro Romay y Mauro Viale, entre muchos otros.
Pero el cementerio también sufrió ataques. Y varios. En 1999, en vísperas de Iom Kipur, fueron dañadas 62 lápidas. En 2009 y nuevamente en 2021 aparecieron más de cien tumbas destruidas. En 2022 se denunciaron robos de más de 300 placas y daños a monumentos vinculados a las víctimas del atentado a la AMIA. Cada uno de esos ataques no fue solamente vandalismo: para la comunidad judía significó una profanación espiritual.
Dentro del predio hay monumentos muy importantes: memoriales por las víctimas del Holocausto, por los desaparecidos judíos durante la dictadura militar argentina, por las víctimas del atentado a la Embajada de Israel y también por los muertos en el atentado a la AMIA de 1994. La Tablada funciona así como cementerio y como mapa del dolor colectivo judío en Argentina.
Hay además detalles de color que parecen salidos de una novela porteña. Algunos visitantes dejan papelitos con pedidos en ciertas tumbas de rabinos reconocidos. Otros van antes de Rosh Hashaná o Iom Kipur a visitar familiares y limpiar cuidadosamente las lápidas. Los sectores más antiguos tienen tumbas escritas en ídish, hebreo, ruso y polaco, huellas directas de las olas inmigratorias que llegaron escapando de pogromos, hambre y persecuciones europeas.
El Cementerio de La Tablada no es solamente un lugar donde descansan muertos. Es una especie de espejo silencioso de la inmigración judía en Argentina. Un pedazo de Europa enterrado en el conurbano bonaerense. Un sitio donde las piedras hablan más que las flores y donde cada lápida parece repetir la misma vieja advertencia del tiempo: nadie se lleva nada, salvo el recuerdo que deja en los demás.