La mandarina conquista las mesas argentinas
Mientras los precios de muchos alimentos siguen subiendo, una fruta se convirtió en la estrella silenciosa de las verdulerías y supermercados: la mandarina Murcott, también conocida popularmente como «mercot», una variedad dulce, jugosa y fácil de pelar que hoy aparece en muchas góndolas a valores cercanos a los $1.000 el kilo.
En Palermo, Colegiales, Belgrano y buena parte de Buenos Aires, es común ver a vecinos llevándose bolsas enteras. Algunos la comen como postre, otros para la merienda, y muchos la eligen simplemente porque es una de las frutas más económicas de la temporada.
¿Qué es la mandarina Murcott?
La Murcott es una variedad híbrida desarrollada a partir del cruce de distintas mandarinas y naranjas. Se caracteriza por su forma redondeada, su color naranja intenso y su gran cantidad de jugo.
Tiene pocas semillas, una pulpa muy dulce y una piel fina que se desprende con relativa facilidad. Por eso suele ser una de las favoritas de chicos y grandes.
¿De dónde viene?
La mayor parte de las mandarinas que llegan a Buenos Aires durante el otoño y el invierno provienen de las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, regiones con una larga tradición citrícola.
Miles de hectáreas están dedicadas al cultivo de cítricos. Los árboles tardan varios años en alcanzar una producción plena, pero una vez establecidos pueden dar frutos durante décadas.
El viaje desde el árbol hasta la mesa
Todo comienza en las quintas citrícolas del Litoral argentino. Allí la cosecha se realiza de manera manual para evitar dañar la fruta.
Una vez recolectadas, las mandarinas son llevadas a empaques donde se lavan, seleccionan y clasifican según tamaño y calidad.
Luego viajan en camiones refrigerados cientos de kilómetros hasta los mercados concentradores, principalmente el Mercado Central de Buenos Aires, desde donde se distribuyen a supermercados, verdulerías y ferias barriales.
En menos de una semana pueden pasar del árbol a la mesa familiar.
¿Por qué ahora están tan baratas?
La explicación es sencilla: estamos en plena temporada.
Cuando una fruta se encuentra en su momento de máxima producción, la oferta aumenta y los precios suelen bajar. Es la misma razón por la que en verano abundan los duraznos o las sandías.
La Murcott tiene su pico entre mayo y agosto, por lo que durante estos meses aparece en grandes cantidades y se vuelve una opción accesible frente a otras frutas más costosas.
Un postre simple y argentino
En una época donde una porción de postre en un restaurante puede costar varios miles de pesos, la mandarina recupera una vieja costumbre argentina: terminar la comida con fruta.
No necesita preparación, no ensucia demasiado, aporta vitamina C, fibra y un sabor fresco que acompaña perfectamente los días fríos.
Quizás por eso, mientras algunos buscan postres sofisticados, miles de argentinos vuelven a elegir algo tan simple como una mandarina recién pelada.
La grieta argentina también pasa por la mandarina
Si hay una discusión gastronómica que divide a las familias argentinas durante el invierno, es la eterna pelea entre la mandarina Murcott y la mandarina criolla.
Los fanáticos de la Murcott destacan su dulzura, su abundancia de jugo y su tamaño generoso. Pero sus detractores tienen una crítica histórica: la cáscara.
«La criolla la abrís en dos segundos; a la Murcott hay que pelearla», dicen muchos consumidores frente a la verdulería.
La mandarina criolla tiene una cáscara más suelta, más aire entre la pulpa y la piel, y suele permitir que el dedo entre fácilmente para comenzar el pelado. Es una maniobra que los argentinos conocen desde la infancia: apoyar el pulgar, encontrar un punto débil y comenzar a desprender la cáscara en grandes pedazos.
La Murcott, en cambio, tiene la piel más adherida al fruto. Exige paciencia, uñas y cierta habilidad. Algunos la consideran una molestia; otros sostienen que el esfuerzo vale la pena por su sabor más dulce.
La discusión ya forma parte del folclore popular. Es una grieta tan argentina como la torta frita con membrillo o con batata, el mate dulce o amargo, la pizza con o sin ananá, o el sifón de soda en la mesa.
En los barrios porteños, la escena se repite cada invierno: alguien llega con una bolsa de mandarinas y automáticamente aparece el debate.
—¿Son criollas?
—No, son Murcott.
—Ah, entonces dejámelas para después.
Más allá de las preferencias, ambas variedades tienen algo en común: anuncian la llegada del invierno y llenan las casas de ese perfume inconfundible que convierte cualquier cocina argentina en un recuerdo de infancia.
El aroma del invierno
Hay pocas cosas más reconocibles que el perfume de una mandarina abierta en una cocina argentina. Es un aroma que remite a la escuela, a los recreos, a las bolsas de frutas de las abuelas y a las sobremesas familiares.
En tiempos difíciles para el bolsillo, la Murcott vuelve a demostrar que muchas veces los mejores sabores de la temporada siguen estando en los productos más sencillos de la tierra. 🍊